Extra-Machina: Carl

15/12/2010 1 comentario

Carl

- ¿Qué tal en el nuevo trabajo, hijo? -preguntó Carl a través de la pantalla móvil.
– Bien, no me puedo quejar -respondió el joven-. ¿Tú cómo estás? ¿Va todo bien por allí? Espero que no te hayan mandado a China de nuevo.
– No hijo, no te preocupes. No puedo decirte dónde estoy, pero pronto volveré, y esta vez me quedaré unos meses por allí. Quizás podríamos ir algún día a ver un partido…
– Claro, papá, descuida.
– ¿Está tu madre por ahí?
– Sí, ahora te la paso. ¡Cuídate! -La cara de la pantalla desapareció y a los pocos segundos apareció la de una mujer de unos 40 años, con el pelo moreno, los labios finos y algunas arrugas que comenzaban a formarse alrededor de su ojos.
– Deb, ¿Cómo estás?
– Bien, Carl. ¿Y tú?
– Te echo mucho de menos Deb.
– Carl, ya hablamos de esto…
– Lo sé, Deb, lo sé. Pero quiero que lo nuestro funcione de verdad. Este va a ser mi último trabajo, te lo juro.
– Siempre decías lo mismo, desde que nació Sean todos han sido últimos trabajos. Ya no te creo. -El rostro de Deborah era firme, aunque la mirada, fija en la pantalla, parecía cansada.
– Esta vez es cierto. El trabajo en el que estoy metido es muy gordo, lo suficiente como para poder volver y montar mi propia empresa allí, contigo y con Sean. -Deborah cruzó los brazos y se mordió el labio superior intentando contener la lágrimas.
– Ya no me importa, Carl. No quiero volver a estar contigo, no quiero que vuelvas -dijo con la voz quebrada-. Cada vez que vienes me cuentas lo mismo, tu empresa, tus trabajos… y al final acabas yéndote a un sitio que no puedes decirme sin saber si…
– Cariño, mira… mírame -dijo Carl acercándose a la pantalla móvil-. No volverá a pasar, de verdad. Quiero estar contigo, quiero disfrutar de mi hijo…
– Tu hijo ya ha terminado la universidad, ahora trabaja y sólo viene los fines de semana -dijo secándose una lágrima de la mejilla.
– Deb, cariño. Por favor, no tomes decisiones precipitadas. Espera unos días a que llegue a casa y hablamos tranquilamente. -Deborah se terminó de limpiar la mejilla con un pedazo de tela que colgaba de la manga de la chaqueta que llevaba.
– No cambiará nada… -el rostro de Deb se desvaneció de la pantalla dejando de nuevo paso al interfaz de la misma.

Carl se dejó caer de nuevo sobre el asiento del coche. Deb tenía razón. Desde hacía más de veinte años había estado recorriendo el mundo trabajando para una empresa de seguridad, al principio protegiendo a empresarios y políticos en las zonas de conflicto, y después tras ganarse la confianza de los directivos de Kerberus, defender los intereses de aquellos a los que antes protegía. Empezaba a estar cansado de estar fuera del hogar. Antes necesitaba este trabajo. No podía aguantar más de dos meses encerrado en una misma ciudad, en una misma casa. Y más aún con un niño pequeño que no le dejaba leer el periódico, cocinar o realizar las prácticas de tiro tranquilamente.

El sol del medio día comenzaba a descender. Pronto debería ser la hora perfecta para llevar a cabo la misión. Durante varias semanas había estado estudiando a su objetivo. Conocía su rutina, sus costumbres. No había sido difícil, son gente sencilla. Durante años había hecho este tipo de misiones en las repúblicas de la antigua China. Cuando los trabajadores de una fábrica o una plantación comenzaban a rebelarse, él se encargaba de quitarles las ganas. No solía hacer daño a nadie, y menos a niños, pero era una jugada que nunca fallaba. Nadie es tan estúpido como para poner en peligro a sus hijos por un sindicato. Esa pandilla de vagos comunistas… Lo único que querían era trabajar poco y cobrar mucho, con seguros sociales, con pagas extra, beneficios de la empresa… Absorto en sus pensamientos, Carl encendió el coche y se dirigió hacia el camino que subía el pequeño monte. “Malditos vagos”, pensó mientras tomaba la primera curva.

La carretera ascendía atravesando un pequeño bosque y giraba unas cuantas veces. La mezcla de olores de la vegetación y el mar le hizo olvidarse por un momento de todas sus preocupaciones. Por un instante se olvidó de los 13 años que le quedaban de pagar de su hipoteca, de la deuda por la universidad de su hijo, de su mujer queriendo dejarle… Había trabajado muy duro para poder tener la vida que tenía. Su hijo tenía un trabajo gracias a la universidad a la que había ido, y gracias a su trabajo él y su mujer podían tener dos coches, una casa con jardín, y una pared de alta definición en la que disfrutar de los partidos de fútbol americano con sus vecinos y las series de televisión por las noches. No había sido fácil, pero se lo merecía. Tenía derecho a todo eso, y no quería menos.

El camino terminó a los pocos minutos en lo alto de un monte en el que se podía ver la silueta de una antigua fábrica. Por el momento decidió no acercarse más. Salió del coche y abrió el asiento trasero del que sacó una maleta de cubierta metálica bastante voluminosa. La abrió y de ella sacó un ornitóptero de cuatro hélices de unos 30 centímetros de diámetro. Este era de última generación, con control automático de posición, estabilidad, velocidad, altura, visión estereoscópica y sobre todo, muy silencioso. Además, este tenía la particularidad de ser totalmente transparente. Estaba hecho a base de polímeros plásticos y piezas electrónicas transparentes que hacían que en pleno vuelo fuese difícil de distinguir e identificar. En su parte de abajo tenía adherida una pistola de dosis inyectables convenientemente cargada, a modo de aguijón. Lo depositó en el suelo y tras recoger la maleta de nuevo se dirigió al asiento del conductor.

Carl extrajo de la guantera el chip de control del ornitóptero y lo pasó por el dorso de su mano. Al instante el aparato le identificó y se activaron las luces de comprobación en los extremos de los rotores. Cada uno de los cuatro rotores funcionaba independientemente, lo que le permitía, con la adecuada combinación de cada uno de ellos, hacer cualquier maniobra por imposible que pareciera con una precisión y estabilidad absolutas. Carl se puso las gafas semi-transparentes y comenzó a mover sus manos. Las gafas detectaban los movimientos de las mismas a través de los chips subcutáneos que llevaba implantados y mostraban una imagen de lo que el ornitóptero veía en tres dimensiones. Tras unos rápidos movimientos de configuración del instrumento, el aparato comenzó a elevarse en el aire suavemente y sin desprender el menos ruido.

Desde el interior del coche Carl lo veía todo como si estuviese allí mismo. Cuidadosamente se aproximó al muro que daba al patio de la antigua fábrica. Poco a poco ascendió hasta sobrepasarlo y pudo ver a Papa Oso caminando por el patio interior. Ese era el nombre que le había puesto al hombre que parecía ser el jefe de la comuna. Era grande y fuerte, y lucía una densa barba sin afeitar, propio de este tipo de gente. Cada vez que lo veía Carl no podía dejar de preguntarse qué es lo que lleva a un hombre se su edad a vivir como un mendigo en un edificio en ruinas. Podía esperar eso de un adolescente, de personas que habían perdido su trabajo, pero él parecía disfrutar de este estilo de vida. No podía dejar de sentir la ironía de que él estaba allí para poder pagar su casa y su futuro negocio y ese hombre ni pagaba hipoteca ni alquiler por ese lugar, donde vivía y mantenía un “negocio”. ¿De quién sería la fábrica? ¿Por qué razón dejaría ese alguien vivir allí a esa pandilla de hippies tanto tiempo a cambio de nada? De repente Papa Oso se giró y Carl descendió el ornitóptero con un rápido movimiento de sus manos. No quería levantar sospechas, así que decidió dar la vuelta a la parte trasera del muro y volver a observar la situación desde allí.

El ornitóptero ascendió por la nave central de la fábrica y planeó suavemente sobre las placas de metal ondulado que cubrían el tejado a dos aguas de la nave. Cuando hubo llegado a la mitad se volvió a asomar y vio a Papa Oso en el centro del patio mirando al muro fijamente. ¿Podría ser posible que le hubiese visto? No parecía probable. Quizás estaba sólo paranoico, ya se sabe como es esta gente… Con Papa Oso distraído en el patio interior podía tener más libertad para estudiar los movimientos en la parte trasera, así que giró y se dirigió al patio trasero, donde habían formado un huerto.

De nuevo, siguiendo la línea del muro exterior, el aparato escudriñó palmo a palmo el terreno. A través de las propias gafas podía escuchar el sonido que captaba el ornitóptero, utilidad que le había servido en muchas ocasiones anteriores.

- Ven aquí, Marie. No hace falta que le preguntes a Caffeine. Yo puedo decirte que sí. -La voz se percibía fuerte y clara, y parecía provenir de un pequeño porche que daba al huerto. Carl realizó una serie de hábiles giros con los que consiguió poner al ornitóptero en la posición correcta para ver la escena.
– Entonces, si hago los deberes, ¿aprenderé a arreglar robots? -La pequeña parecía que iba a terminar pronto sus deberes, y podría ser esta su gran oportunidad. Sabía que había un periodo de tiempo en el que su madre se iba a trabajar dentro de la nave en el que la niña se quedaba sola en el patio trasero, y Carl iba a aprovecharlo.
– Pues claro, cariño.
– ¡Vale! ¡Haré esta multiplicación y luego me iré a aprender cómo reparar robots! -Carl veía con total nitidez la escena. Se sentía extraño al no poder recordar ninguna ocasión en la que él y Sean hubiesen hecho las tareas del colegio juntos. Posiblemente sería mejor así. La educación había que dejarla en manos de los profesores, por algo eran profesionales y podían hacerlo mucho mejor que nosotros.

Al cabo de unos minutos la madre se levantó y la niña se fue corriendo a la parte trasera, más allá del pequeño huerto. La madre se quedó unos instantes mirándola, con una expresión de preocupación en la cara. Por fin, se dio la vuelta y entró en la nave central. Era el momento que Carl estaba esperando. El ornitóptero voló siguiendo de nuevo el muro hacia la parte más alejada del huerto, donde estaba jugando la pequeña. A su alrededor había un montón de chatarra, sucia, probablemente oxidada. ¿Qué clase de madre dejaría a su hija jugar en un lugar así? ¿Cuántas enfermedades y ratas habría? La niña no paraba de moverse de un lado a otro, cogiendo cosas del suelo, agachándose una y otra vez… Necesitaba que se sentase por un momento para no errar en la maniobra. Sabía que sólo tenía una oportunidad.

La pequeña entonces salió corriendo hacia la otra parte del patio. Allí, abrió una pequeña cabaña de chapa de metal. Podría ser un buen lugar también para inmovilizarla. El ornitóptero se puso en posición, encarando la puerta del trastero mientras la niña miraba en cuclillas las herramientas del suelo. Entonces, un ruido alertó a Carl. Era la puerta de la nave que daba al huerto. Con la rapidez de un rayo, movió los dedos y las manos describiendo un círculo en el aire hacia sí mismo, haciendo que el ornitóptero describiese una trayectoria hacia atrás girando sobre sí mismo y ocultándose de nuevo tras el muro exterior a una velocidad superior a la de cualquier pájaro. Una vez repuesto del susto, Carl ascendió para poder ver qué había pasado. En la cabaña había ahora un joven con la pequeña. Había tenido mucha suerte, ya que de haber sido descubierto, la operación podría haber sido abortada y él haber perdido el trabajo que le garantizaba su jubilación de la línea de fuego.

El joven y la pequeña salieron de la cabaña y entraron en la nave central. Parecía que hoy no iba a tener suerte de nuevo. Aun así, no se daba por vencido. Ascendió lo suficiente como para poder ver a través de los cristales de la nave. Había un grupo de gente en una mesa discutiendo y la madre parecía ocupada limpiando en el interior. La niña salía de nuevo al exterior, esta vez hacia el patio delantero. Allí iba a ser demasiado arriesgado intentar nada, y más aún con Papa Oso rondando con la mosca detrás de la oreja. Aún así ascendió por encima del tejado para poder tener controlada a la pequeña.

En el patio interior había una chica con la que su objetivo comenzó a hablar. Parecía que iba a estar un rato allí, así que hizo aterrizar el ornitóptero en el tejado. Durante un rato estuvieron moviendo cajas de un lado a otro y luego se pusieron a bailar. A los ojos de Carl parecían más monos saltando y girando que personas, aunque en el fondo le fascinó la habilidad que mostraba la pequeña. Pronto acabaría el tiempo para realizar la operación de forma segura y Carl estaba a punto de tirar la toalla un día más cuando entró una chica al patio. Ambas chicas hablaron durante un momento y la niña se volvió de nuevo hacia interior de la nave central. Mientras la pequeña cruzaba el patio pudo observar como las dos chicas se fundían en un largo y pasional beso. Carl no sabía que pensar, por un lado le excitaba ver a las dos chicas besándose de esa manera, pero por otra parte, ¿qué otra cosa podía esperar de la gente que iba a ese sitio? Seguramente ambas eran de esas que se acostaban con cualquiera, sin importar ni siquiera el sexo.

Tras un momento de confusión interna, volvió a poner en vuelo el ornitóptero y paso a mirar a través de los cristales de la nave central. No pudo ver a la pequeña. ¿Habría salido de nuevo al huerto? Con un rápido movimiento de sus dedos dirigió de nuevo el aparato a la parte posterior. Allí estaba, sentada tranquilamente al lado del muro, en la parte más alejada. ¿Tendría tiempo suficiente? Parecía que sí. Se le estaba agotando la paciencia con esta misión, así que decidió actuar.

El ornitóptero se aproximó con sigilo a la pequeña por detrás, casi rozando el suelo y sin levantar ningún tipo de sospecha. Era difícil de ver si se quedaba quieto en el aire y no producía ningún ruido. Cuando estuvo a unos metros de su objetivo y tuvo la seguridad de no errar el ataque, un certero embiste dirigido desde el coche al otro lado del muro acertó en la nuca de la niña inoculándole una dosis de sedante suficiente como para dejarla dormida en segundos. Ya estaba hecho. Con una orden automática, el ornitóptero volvió rápidamente al coche entrando por la ventana y el coche arrancó, aproximándose sigilosamente hasta el muro.

Una vez que hubo puesto el coche pegado al muro, salió de él y sacó del maletero una escalera extensible, se subió al techo del todoterreno y la puso al otro lado de la tapia. Su corazón latía fuertemente. Estaba acostumbrado a este tipo de operaciones, pero cada rapto era diferente. Cada hijo, campesino, novia o amante era diferente. Sabía que la madre no tardaría en aparecer, así que saltó el muro y cogió a la pequeña poniéndola sobre su hombro. Subió sin dificultad de nuevo el muro apoyándose en la escalera que, una vez arriba, derribó para no desatar la alarma inmediatamente. Una vez ya al otro lado del muro con la niña, arrojó por encima del muro el comunicador que le había dado el cliente y la metió con cuidado en el maletero. El trabajo estaba hecho. Ahora sólo había que esconderse y esperar.

Con un gran alivio entró de nuevo en el coche y comenzó a bajar la carretera que atravesaba el bosque de camino a Barcelona. Había tenido suerte, nadie le había visto. Estaba ya atardeciendo, por lo que cualquier acción de búsqueda de la pequeña se llevaría ya por la mañana, tiempo más que suficiente para llegar a su escondite. Cogió su pantalla móvil y llamó a su superior.
– Carl, ¿Cómo va el encargo? -se escuchó desde la pantalla.
– Acabo de recoger el paquete, James. Todo correcto.
– Perfecto. ¿Has tenido alguna dificultad?
– Ninguna. Ha sido un trabajo fácil, nada que ver con lo de Venezuela.
– Me alegro de que todo haya salido bien. Llámame cuando llegues al destino.
– Correcto. Hablamos luego.

Estaba apagando la pantalla móvil cuando un sonido estridente le sorprendió detrás suyo. Su reacción natural fue acelerar el coche al máximo e intentar salir de allí lo más rápido posible tomando la curva casi derrapando. Por el retrovisor pudo ver que una de las ventanas estaba rota. ¿Le estaban atacando? ¿O acaso se debía a una piedra que había saltado de la pista de tierra por la que bajaba? Era imposible que alguien le haya seguido hasta aquí, ni siquiera en una de esas bicicletas que tenían en la comuna. Por el retrovisor tampoco pudo ver a nadie siguiéndole. ¿Le estarían disparando? Eso también era imposible, ya que no podía verse la fábrica abandonada desde allí y había rastreado el lugar días antes en busca de puesto de vigilancia y francotiradores.

Debía ser una piedra. Una maldita y extraña casualidad de esas que se dan en años y que ocurre cuando menos te lo esperas. Siguió bajando por el camino sin disminuir la velocidad escuchando como la piedra que había entrado en el coche seguía moviéndose dentro de él y golpeando la maleta metálica del ornitóptero.

A los pocos minutos llegó al pie de la montaña y el camino de tierra terminó, uniéndose a una pequeña carretera que enlazaba a los pocos kilómetros con la carretera de circunvalación de la metrópolis de Barcelona. Pronto llegaría al punto seguro y entonces la rutina de siempre. Estaba cansado de hacer siempre lo mismo, pero incluso en ese momento pensó que lo llegaría a echar de menos tras este último trabajo, cuando estuviese trabajando en su propia empresa en Ohio, pasando las noches con Deb y viajando los fines de semana con Sean a pescar o a ver los partidos de fútbol.

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Extra-Machina: Sonia

12/11/2010 1 comentario

Sonia

La música recorría su cuerpo. Todo movimiento, desde el vaivén de las manos a los giros que describían sus piernas en el aire estaba cuidadosamente sincronizado. Todo su cuerpo se movía al ritmo de la música que nacía de su pantalla móvil ahora en el suelo. La capoeira es así, la ginga misma, base de este arte de lucha no es sino una danza, un baile.

Podría cerrar los ojos y saber qué era lo que iba a hacer la niña que tenía enfrente suyo con la absoluta certeza de no alcanzarla nunca. Ella también bailaba al ritmo hipnótico de la música, combinando los tres o cuatro pasos que le había ido enseñando durante estas últimas semanas con una asombrosa frescura y habilidad. Juntas creaban un espectáculo único de danza y sincronización.

- ¡Sonia! Ya estoy aquí. ¿Cómo estás? -una chica morena y delgada atravesaba el patio de Extra Machina en dirección a donde estaban las dos bailarinas.
– Hola Amaia, mira esta es mi amiga, Marie -dijo recogiendo la pantalla del suelo y apagando la música.
– Hola Marie. Bailas muy bien, ¿lo sabías? -dijo arrodillándose para poner su cara a la altura de la de Marie.
– Gracias… -Marie de repente tuvo vergüenza. Le pasaba a menudo con la gente nueva que venía.
– Marie, vamos a empezar el taller de parkour -dijo Sonia-. ¿Quieres quedarte tú también?
– No, estoy cansadita. Me voy al huerto un poco. Mamá me va a llamar pronto para cenar.
– Vale guapa. ¡Dale un beso a tu mamá de mi parte!

La pequeña Marie se fue atravesando el patio de Extra-Machina para entrar por la gran puerta metálica que daba al bar del recinto. Una vez a solas, Amaia se acercó a Sonia y pasando su mano por detrás de su espalda la abrazó y le dio un largo beso en los labios.

- No sabes cómo te he echado de menos -le dijo al oído.
– Yo también… Me alegro mucho de que hayas venido -le dijo con una sonrisa y mordiéndose el labio inferior.
– Entonces, ¿vamos a hacer los saltos aquí? -preguntó Amaia mirando a su alrededor.
– Sí. Hoy empezaremos por algo sencillo. ¡No quiero que te rompas nada antes de empezar a pasartelo bien con esto!
– ¡Ja! Cariño, soy más dura de lo que tu te crees -dijo quitándose una camisa de tela que llevaba puesta y tirándola a los pies del muro,quedándose con una camiseta de tirantes -. Vaya, veo que ya tienes todo preparado.

Sobre el suelo y la pared había marcadas varias líneas con tiza blanca, además de varias cajas de madera de diferentes tamaños desperdigadas por el recinto.

- Espero que el paseo hasta aquí te haya servido para calentar. ¿Quieres que empecemos?
– ¡Claro que sí! Explícame, ¿de qué va esto?
– El parkour se basa en combinar diferentes movimientos y el uso de elementos del entorno con el fin de alcanzar alturas que de otra forma sería imposible. Hoy vamos a subirnos a este muro con un par de movimientos que voy a enseñarte.

Amaia miró a lo alto del muro y le pareció una hazaña imposible. Medía algo más de tres metros y por mucho que saltase, estaba segura de que sus brazos nunca alcanzarían esa altura.

- Sé lo que estás pensando -le dijo Sonia para tranquilizarla-. No te preocupes, no es nada difícil. Lo primero que vamos a hacer es hacer un doble salto. ¿Ves esa caja? Lo que vamos a hacer es dar un primer salto y después con las dos piernas, dar un segundo impulso sobre la caja.

Sonia hizó una demostración de lo que había explicado anteriormente alcanzando una altura que doblaba prácticamente su propia altura. Amaia casi no podía creer lo que había visto.

- ¿Así de fácil? -preguntó incrédula.
– Vamos, ¡prueba! Si no lo haces nunca lo sabrás.

Amaia cogió carrerilla, saltó primero sobre la caja y se impulsó posteriormente, tal y como le había dicho Sonia, con ambas piernas. El resultado no fue como el de Sonia, pero Amaia quedó sorprendida de la altura de su propio salto. Tanto que por un momento creyó perder el equilibrio en el aire, aunque logró reponerse y caer con seguridad.

- ¡Eso ha sido alucinante! Exclamó ya una vez en el suelo.
– Te lo dije. Es muy fácil, pero tienes que tener cuidado a la hora de aterrizar. Es muy fácil hacerse un esguince.
– Descuida -dijo sonriendo al ver que Sonia se preocupaba por ella.
– Vamos a hacerlo unas cuantas veces más, para ir cogiendo práctica.

Durante unos minutos estuvieron saltando utilizando cajas de diversas alturas y viendo como modificaba la altura y la distancia del salto. Con cada uno, Amaia se sentía más segura de sí misma y más disfrutaba de la sensación de ingravidez que proporcionaba cada uno de los saltos en el momento de llegar a los más alto de la trayectoria.

Una vez Sonia hubo decidido que Amaia ya tenía la práctica suficiente, pasó a explicarle la siguiente parte del entrenamiento.

- Ahora vamos a aprender a andar por las paredes.
– Guapa, tú ya sabes como hacer que me suba por las paredes -dijo Amaia con tono burlesco.
– ¡Pues vas a tener que aprender a hacerlo por este muro! Mira…

Sonia cogió un poco de carrerilla y saltó primero sobre una de las cajas. De allí, con un segundo impulso, llegó al muro, sobre el que puso su pie y dio un par de pasos verticales sobre el muro. Lo suficiente como para llegar con sus manos al borde del mismo. Una vez allí no tuvo más que ayudarse de la fuerza de sus brazos para sentarse sobre él.

- ¿Has visto qué fácil? -dijo orgullosa desde ahí arriba.
– Sí, es lo más fácil del mundo andar por las paredes como Spiderman -dijo Amaia con los brazos en jarra.
– Es más fácil de lo que piensas. Sólo tienes que… -algo distrajo la atención de Sonia por un instante. Algo que le pareció haber visto por el rabillo del ojo.
– ¿Qué pasa?
– Nada, posiblemente no sea nada… -dijo Sonia volviendo su cabeza más para gudizar su oído que para mirar a Amaia.
– Venga, baja. Vamos a ver si puedo hacerlo sin estamparme contra la pared -dijo Amaia echándose hacia atrás para coger carrerilla.

Sonia se levantó dispuesta a bajar del muro y entonces escuchó algo extraño. Era un sonido mecánico, similar a la puerta de un coche. ¿Un coche en Extra-Machina? Miró hacia la parte exterior del muro y pudo ver un coche oscuro aparcado. Era uno de esos coches todoterreno mitad eléctricos mitad gasoil. De pie, al lado suyo, un hombre metía en el maletero un niño pequeño. Por un momento la sangre se le heló a Sonia. Su cuerpo de quedó ríjido y un nudo sordo se cerró en la boca de su estómago. ¡Marie!

El hombre cerró el capó del coche y entró en el asiento del conductor. No tenía tiempo que perder. Sonia comenzó a correr por el borde del muro hacia la parte donde estaba el coche. No sabía qué hacer, salvo correr. En unos segundos saltó sobre el techo de la nave que hacía de bar y lo atravesó en una docena de poderosas zancadas y de un gran salto bajó de nuevo al muro, esta vez en la parte del huerto. Con un fugaz vistazo pudo comprobar que Marie no estaba y que el coche comenzaba a alejarse en dirección al camino de bajada del monte al que daba la espalda Extra-Machina.

Sin pensarlo dos veces, Sonia saltó del muro. Por unos segundos, y ya en el aire, su estómago le dio un vuelco. Nunca había hecho un salto tan grande ni de tanto recorrido. Podría partirse algo, incluso abrirse la cabeza si no lo hacía bien. Como pudo, balanceó su cuerpo en el aire con rápidos giros de sus brazos y cuando estuvo a punto de tocar el suelo de tierra flexionó sus rodillas dejándose llevar por la inercia y haciendo que su cuerpo diese una voltereta en el suelo. Sintió como algunas piedras de grava se clavaban en su brazo y en su costado, pero sin detenerse por un momento siguió corriendo tras el coche que en esos momentos bajaba ya por una de las curvas perdiéndose entre los árboles.

Sonia no se dio por vencida. Sabía que el camino daba varias vueltas a la colina, y si bajaba por el bosque podría llegar a interceptarlo. De un modo casi animal, Sonia comenzó a bajar entre los árboles, a veces esquivándolos y a veces usándolos como apoyo para sus saltos, cada vez más largos y rápidos. La adrenalina hacía que fuese consciente de todo a su alrededor. Sabía en qué piedra iba a pisar, qué rama coger, dónde agacharse, incluso a varios metros antes de llegar allí. En pocos segundos llegó al primer cruce con la carretera, aunque sólo para ver que el coche al que perseguía había pasado ya unos instantes antes que ella. No podía perder más tiempo.

Con la expresión en la cara de un depredador que persigue a su presa, Sonia se dirigió de nuevo a la maleza, sorteando y aprovechando de nuevo el entorno a su antojo. En uno de esos saltos, instintivamente cogió una piedra. No tenía ningún plan, salvo intentar detener el vehículo. A unos metros se podía ver la carretera y el coche que se aproximaba. No lo podía creer, iba a perderlo por segunda vez. No lo podía permitir. Saltó sobre uno de los árboles para coger impulso y dio un segundo salto con el que salió disparada hacia la carretera. Pudo ver como el coche pasaba justo delante suyo, a toda velocidad, y de manera casi instintiva, como un cazador intentando abatir a su presa, le tiró la piedra que llevaba en la mano. Hizo blanco en una de las ventanas, que se rompió al instante dejando un rastro de cristales sobre la carretera y haciendo que el coche acelerara aún más.

Debía conseguir detener ese coche que llevaba a la pequeña Marie dentro. Con el crujido de los cristales bajo sus pies, Sonia continuó bajando con toda la velocidad y la fuerza que le permitían sus piernas y brazos. Comenzaba a sentir que los tobillos y rodillas podían fallar en cualquier momento. Su espalda le abrasaba del salto del muro sobre la grava, pero debía continuar. No tenía tiempo de coger otra piedra del suelo, y sabía que el coche no pararía si se ponía delante suyo. En un momento de lucidez, sacó su pantalla móvil del bolsillo y la agarró con fuerza en su mano derecha. Sólo tenía una oportunidad. Siguió bajando, saltando de roca en roca y de tronco en tronco. Ya podía ver la pista y parecía que esta vez tenía más ventaja que el coche, ya que en ese momento giraba para encara ese tramo de la carretera.

Sonia llegó a la carretera y rectificó su dirección para ponerse en paralelo al coche cuando éste pasase por delante de ella. Debía asegurarse de que conseguía meter el móvil por la ventana que había roto anteriormente. El todoterreno se aproximó a una gran velocidad y Sonia comenzó a correr paralela a la carretera, apoyándose de nuevo en cualquier soporte que le ayudase a ganar velocidad. En el momento en el que el coche estaba a punto de pasar a su lado, se lanzó sobre una roca y dio un salto totalmente en horizontal que la puso a la altura del coche por un instante. Lo justo como para asegurarse de meter su pantalla dentro de él. El aterrizaje fue doloroso, pero ya no le importaba. Había una forma de encontrar a Marie.

Como pudo, se levantó del suelo. Comprobó que no tenía nada roto y comenzó a subir con trote ligero el monte para avisar a la gente de Extra-Machina de lo que había sucedido. Le costó un buen rato llegar, y cuando lo hizo Amaia estaba en la puerta esperándola.

- ¿Qué te ha pasado? -preguntó alarmada cuando la vio llegar en ese estado.
– No te preocupes, estoy bien -dijo aún alterada y abrazándola-. Tengo que entrar, es urgente.

Sonia atravesó la puerta y el patio adentrándose hasta la nave del bar. Allí estaban dos chicos de pie con cara de asustados.

- ¿Dónde está J? -preguntó nada más entrar por la puerta.
– Está en el huerto con Irina. No sabemos lo que ha pasado, pero está muy alterada. Creo que es algo de unos ornitópteros…-contestó.

Sonia salió corriendo por la puerta que daba al huerto. Allí estaba Irina sentada en una silla con la cara desencajada y junto a ella J.

- Espero que Caffeine haya podido rastrear al menos la señal del coche en la que se la llevaron -dijo J levantándose.

Al girarse, vio a Sonia en la puerta con el pelo revuelto, la cara sudorosa y la ropa rota y manchada de tierra. Todavía respiraba agitadamente cuando con una sonrisa de satisfacción dijo:

- Dile a Caffeine que rastree mi pantalla móvil. Vamos a cazar a ese hijo de puta.

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Extra-Machina: J

24/10/2010 Deja un comentario

J

Llevaba un tiempo ya en el patio, escuchando, observando cualquier movimiento por imperceptible que pudiera parecer, pero no lograba verlo. J empezaba a pensar que era todo producto de su imaginación y de la paranoia que cualquier residente de una Extra-Machina llega a desarrollar por necesidad. Hacía unos días que llevaba escuchando el zumbido característico de los ornitópteros espías. Pequeñas máquinas con una gran capacidad de maniobra y que se utilizaban con propósitos muy diversos, desde el simple espionaje y control de las personas que acudían al recinto hasta para sabotaje informático mediante ataques en masa de enjambres de estos insectos cibernéticos.

Desde que llegó a esta fábrica en ruinas hace unos años había tenido temporadas de verdadero acoso por parte de diferentes flotas de helicópteros en miniatura, más parecidos a insectos que a verdaderas máquinas de guerra fría. Sin embargo, hacía unas semanas que no aparecía ninguno, o al menos, no a la altura suficiente como para poder identificarlos. Por un instante le pareció escuchar un zumbido detrás de él y volvió con rapidez su cabeza hacia el muro trasero, pero allí no había nada salvo el musgo que durante lustros había estado creciendo en la parte más alta de la pared de ladrillo. Estuvo a punto de entrar en la sala de servidores para advertir a Caffeine sobre el ornitóptero, pero ni siquiera estaba él mismo seguro de que hubiese uno, y si lo había, necesitarían varias decenas para tumbar la conexión, como pudieron comprobar la última vez.

Estaba J aún inmerso en el proceso de decisión sobre si tratar de buscar más a fondo la existencia de ese pequeño espía en los alrededores o decírselo a Caffeine cuando escuchó unas voces procedentes de la puerta principal metálica de la entrada que se abrió dejando ver a dos jóvenes que hablaban distendidamente. J reconoció a uno de ellos al instante y tras él venía otro joven. ¿Tendría alguna relación esta nueva visita con el ornitóptero que le parecía haber oído?

- ¡Alex! ¿Cómo estás? -Exclamó J desde el patio interior.
– ¡Hola J! ¿Cómo va todo? -dijo el primero de ellos adelantándose y estrechando la mano de J.
– Bien -Relájate J, pensó-. De hecho, estaba deseando que aparecieses. Uno de esos androides tiene problemas y no hay mucha gente que tenga tus manos con esos bichos.
– ¿Cuál es que se ha roto esta vez?
– El batería. Hoy viene un tipo y quiere a Paul, George y Ringo. Como no tenemos muchos que toquen la batería es el que más usamos…
– No te preocupes, J. Llevo a mi amigo a la biblioteca y le hecho un ojo a Ringo -dijo Alex mientras cruzaban el patio camino a la sala de servidores.

Al alejarse, J inspeccionó al joven intruso. Ropa de marca, unos cables a modo de falsos implantes desde la nuca al cuello, una cartera de tela verde, varios implantes subcutáneos en el dorso de la mano… Nada fuera de lo que se puede esperar de un universitario de unos veintipocos años. A veces olvidaba la primera regla de Extra-Machina: Nadie tiene pasado, sólo presente y futuro. Si la gente podía confiar en J, él debía poder confiar en cualquiera que se acercase a Extra-Machina a aprender y a compartir, pero los continuos ataques de las corporaciones habían hecho mella en la confianza de J. Decidió salir fuera y relajarse un poco, necesitaba tranquilizarse. Esta noche habría concierto y debía guardar fuerzas.

Con paso firme, se acercó a la puerta metálica exterior y salió. Tras los muros de Extra-Machina se podía ver el Mediterráneo. Estaban en un pequeño monte rodeados de un bosque en las afueras de la metrópolis de Barcelona. La primera vez que vino aquí estaba todo medio destruido. Anteriormente en Extra-Machina había una comuna okupa que mantenía liberado el lugar como un espacio de encuentro social, abierto a todos los públicos e intentando luchar, como él lo hacía ahora, contra el capitalismo de principios del siglo XXI. Pero incluso ellos habían desaparecido. Realmente había pocas diferencias entre los okupas de esa época y Extra-Machina, pero la mayor de ellas era el tiempo en el que les había tocado vivir.

Ni siquiera el movimiento okupa desde el punto de vista más tradicional había conseguido sobrevivir a la Máquina en los últimos 20 años. Él vino aquí con un propósito, una misión. A la vistas de todo el mundo él era un colono, un predicador, un activista. Un astronauta dispuesto a vivir en el vacío, fuera del ecosistema creado durante las últimas décadas por empresas que cada año se compraban unas a otras hasta llegar a ser todas propiedad de unos pocos, aunque con marcas y nombres diferentes para seguir confundiendo al ciudadano. La Máquina creada llegaba desde la alimentación, el agua, la música, el transporte, la vivienda hasta incluso la propia vida. Si pocos eran los que podían tener descendencia sin acudir a una de esas clínicas de fertilidad, no había nadie que pudiese vivir sin comprar agua, carne, tomates o casas a la misma gran empresa. Nadie, salvo los que vivían fuera de la Máquina, Extra-Machina. Pero sobre todo, y mucho más importante, tenía la misión de preservar el conocimiento fuera de las grandes empresas y evitar que estas se apropien de patentes cruciales limitando el desarrollo y vida de la raza humana. En eso se basaba la red a la que pertenecía y que le había mandado a crear este nodo en Barcelona.

J respiró profundamente con los ojos cerrados. El otoño se acercaba, pero aún podía sentir la cálida y salada brisa del Mediterráneo. Desde que era niño, sólo el olor del mar podía hacerle olvidar sus preocupaciones. Suspiró una vez más y se dio la vuelta. En frente suyo colgaba el cartel que él mismo hizo a imagen y semejanza del existente en todas las comunidades Extra-Machina:

EXTRA-MACHINA (Fuera de la Máquina)

1- EXTRA-MACHINA nadie tiene pasado, sólo presente y futuro.
2- EXTRA-MACHINA sólo tiene cabida lo que no es controlado por ella.
3- EXTRA-MACHINA la única moneda de cambio es tu tiempo y conocimiento.
4- Lo que nace EXTRA-MACHINA nunca podrá entrar en ella.

De nuevo, J entró en el patio y se dirigió a la gran puerta a su izquierda que daba a la nave industrial reconvertida en bar y centro social de Extra-Machina, donde se hablaba de los nuevos proyectos, se hacían talleres, se celebraban fiestas y donde todo el que venía a Extra-Machina terminada entrando para beber la famosa cerveza casera que J elaboraba.

Al entrar en el bar, vio a Caffeine hablando en una mesa con Alex y el nuevo amigo que había traído. Pensó que lo había juzgado mal al principio, y decidió darle una segunda oportunidad al chaval.

- ¡Hola de nuevo Alex! Veo que ya has encontrado a J -dijo mientras se aproximaba a la mesa-. Perdona por no haberme presentado antes -dijo dirigiéndose al nuevo y tendiéndole la mano-. Me llamo J.
– Yo me llamo Costas, Alex me ha enseñado el sitio. ¡Me parece increíble! -dijo apretando su mano efusivamente, momento que J aprovechó para inspeccionar si llevaba algún sub-imp que pudiera ser sospechoso.
– ¿De verdad? Cuéntame, ¿Qué es lo que más te ha gustado? -dijo mientras se sentaba con el resto del grupo.
– Estaba buscando unas distribuciones de sistemas abiertos para hacer unas pruebas en casa con bioelectrónica. Caffeine me ha pasado un par y un montón de tutoriales. No conocía que existía toda esa información, aún estoy flipando…
– ¡Tienes sobredosis de información, Bro! -le dijo Caffeine mientras le daba un golpe en el hombro.
– Todo lo que has podido ver es posible a gente como Caffeine, como yo, y como muchos otros en otras Extra-Machinas.
– ¿Cómo es posible que nunca haya oído hablar de esto? ¡La gente debe conocer toda esta información que tenéis aquí disponible!
– Bienvenido a Extra-Machina, Costas -dijo Alex sonriendo-. ¿Te imaginas lo fácil que sería todo si ese conocimiento estuviese a disposición de todo el mundo?
– ¿Y por qué no lo está? -preguntó Costas extrañado.
– Porque no quieren que la gente sepa hacer nada -contestó J relajándose por fin y echándose hacia atrás en la silla-. Si no tienes un sistema operativo libre, tienes que comprar uno, igual que si no sabes mecánica tienes que llevar el coche al taller o si no sabes cocinar tienes que comprar la comida hecha.
– Pero aunque sepa mecánica, es imposible abrir un coche hoy en día por ti mismo -dijo Costas.
– Cierto, así como es imposible encender la luz de casa sin pagar a la compañía eléctrica o comer patatas si no lo compras del supermercado.

En ese momento una mujer de unos 30 años se aproximó a la mesa. Era Irina, llevaba unos meses viviendo en Extra-Machina con su hija. J nunca le preguntó de quién huía, aunque estaba claro que lo hacía, ni de donde venía, aunque su acento francés la delataba.

- Hola Irina -dijo Alex-. ¿Tenéis soda?
– Lo siento, Alex, la soda se nos ha acabado. Pero tenemos zumo de tomate natural.
– ¡Perfecto! Me encanta el zumo que hacéis aquí.
– Es por las semillas -dijo J-. Las verduras y frutas que compráis en los supermercados son transgénicas, diseñadas para conservarse durante meses sin que se dañen en los camiones. Tienen acuerdos con las cadenas de distribución para sólo comprar de estos tipos, así controlan también la producción. En Extra-Machina somos de los pocos sitios que conservamos semillas no transgénicas. La mayoría de los agricultores ya no guarda ni cultiva ninguna porque no puede venderlas y no sale rentable.
– ¿Es eso cierto? -preguntó Costas incrédulo.
– ¡Claro brother! -dijo Caffeine-. Prueba un batido de estos, tío. ¡Vas a tener el primer orgasmo de lengua de tu vida!
– ¿Te pongo uno? -preguntó Irina.
– Sí, claro. ¡Este sitio es una caja de sorpresas!
– Ponme a mí otro, Irina, por favor -dijo J.
– ¿Caffeine? -preguntó la camarera.
– Yo quiero una cerveza. Después del día que llevo, me vendrá bien desconectar un poco…
– ¡Marchando! -dijo Irina mientras se iba de nuevo hacia la barra.
– ¿Así que cultiváis aquí vuestros propios tomates? -preguntó Costas extrañado.
– Los tomates, cereales, patatas, hortalizas… Todo lo que servimos es cultivado por nosotros o en ocasiones en comunidades Extra-Machina cercanas con las que hacemos intercambios.
– ¿Y a cambio qué conseguís? -preguntó de nuevo Costas.
– Brother, ¿te acuerdas de las monedas que te di antes? -interrumpió Caffeine.
– Sí, aquí las tengo… -dijo sacando las monedas de metal del bolsillo y poniéndolas encima de la mesa.
– Estas monedas, son tu tiempo -explicó J-. Cuando tú haces algo por alguien, lo que consigues no es dinero, sino una deuda. Entonces, esa otra persona puede hacer algo por ti a cambio o darte dinero para que otra persona pague su deuda. El dinero sólo tiene el valor que le damos, y en Extra-Machina ese valor es tu tiempo. Si vienes aquí, colaboras con Extra-Machina, enseñas a otros compañeros lo que sabes, compartes… Ganaras monedas que puedes utilizar en cerveza, zumos, o clases y talleres.

En ese momento Irina trajo las bebidas y cogió mecánicamente un par de ellas de la mesa. Cada uno eligió su vaso y tras brindar cordialmente bebieron.

- ¿Por eso en la entrada dice que la única moneda es mi tiempo y conocimiento? Ahora lo entiendo -dijo Costas saboreando aún el zumo de tomate.
– Eso es. De hecho, esta noche pensaba venir al concierto, por si hace falta ajustar a Ringo en directo -añadió Alex-. ¿Quieres venirte? Parece que habrá bastante gente.
– ¡Claro! Parece divertido.
– ¿Qué ha sido eso? -preguntó Caffeine mirando al techo.
– ¿Qué ha sido el qué? -le preguntó J de nuevo en alerta.
– Creía haber visto algo en el tejado.
– ¡Malditos ornitópteros! ¡Sabía que había algunos rondando! -gritó J levantándose de un salto de la silla.
– No era un ornitóptero, J. Era algo más grande -dijo Caffeine también algo alterado-. Será mejor que vaya a la biblioteca a ver si está todo bien.
– Ve y avísame si ha habido algo. Yo iré al huerto por si aún sigue allí -dijo J saliendo disparado hacia la puerta trasera del bar.

Al salir por la puerta J vio al final del huerto, al lado del muro, a Irina mirando desesperada hacia todos los lados.

- ¡Marie! ¡Marie, dónde estás! -gritó con los ojos enrojecidos mientras J se acercaba a ella sin entender nada.
– Irina, ¿qué pasa? -preguntó.
– Es Marie. ¡Se la han llevado! -dijo llorando mientras daba vueltas alrededor del huerto buscando a su hija.
– Pero ¿quién se la ha llevado?
– ¡Dónde está mi hija! -seguía sollozando Irina sin escuchar a J.

De repente, J vio en el suelo algo que no debería estar ahí. Una pantalla móvil. La cogió, pero estaba apagada. Llevaba uno de esos sistemas de reconocimiento con chip de proximidad. Debías tener implantado un chip especial bajo la piel para poder utilizarla. Le dio la vuelta para examinarla con más detenimiento cuando Irina la vio y de un rápido gesto se la arrebató de las manos. La pantalla transparente se activó al contacto con Irina. Sobre la pantalla, sólo un mensaje:

“Si quieres volver a ver a tu hija, devuélvenos lo que te llevaste. Recibirás instrucciones en este terminal.”

- Irina, creo que debemos hablar -dijo J mientras le quitaba la pantalla transparente de las manos-. Ven, vamos a sentarnos.

J llevó a Irina a una pequeña mesita donde aún había unos papeles y cuadernos de la pequeña con varias sumas y restas. Se sentaron los dos allí y J dejó la pantalla que habían encontrado encima de la mesa.

- Irina -comenzó-, sabes que por la primera regla nunca te he preguntado por tu pasado, pero ahora te pido que me expliques qué pasa. Si no conozco la situación no puedo ayudarte, y a Marie tampoco.
– Han sido ellos… -dijo aún sollozando con la mirada perdida en el infinito y la frente sudorosa.
– Irina, por favor, mírame. ¿Quiénes son ellos?
– Se la han llevado. ¿Qué le van a hacer a mi niña? ¿Dónde se han llevado a mi pequeña? ¡Es mi culpa! -gritaba Irina tapándose la cara con las manos y rompiendo a llorar de la desesperación.
– Irina -repitió J-. Tienes que calmarte, por Marie. Quiero ayudarte, quiero encontrar a Marie, pero tienes que decirme quién se la ha llevado.
– ¡Han sido J&D Labs! Antes trabajaba para ellos. Quieren que les devuelva unos análisis de agua que hice. ¡Creí que podría escapar, pero nos han encontrado!
– ¿J&D Labs? ¿Por qué secuestrarían a Marie por unos análisis? -J&D Labs era parte de una de las 3 compañías, aunque en realidad todas eran la misma, que controlaban los alimentos, sanidad y transporte a nivel mundial. Parecía muy raro que una empresa tan grande estuviese interesada en un simple análisis.
– ¡No lo entiendes! ¡El agua de París está contaminada por ellos! Ellos la envenenan y luego venden el agua embotellada en toda la ciudad. En los análisis que realizan para el ayuntamiento de París descubrí los puntos de infección del agua y el sabotaje. Lo pasé al ayuntamiento, pero la persona a quien se lo mandé también está en la operación de J&D, y me amenazaron para eliminar el informe.
– Y no lo hiciste…
– Me puse en contacto con un grupo de hackers que publican informes confidenciales. Al hablar con ellos me dijeron que tenían cierta información de que iban a intentar atacarme para eliminar el informe. Fueron ellos quienes me recomendaron huir utilizando la red de casas Extra-Machina y llegar a España. ¡No sé cómo me han encontrado!
– Tenemos que encontrarles antes de que le paso algo a Marie. ¿Tiene algún sub-imp de localización?
– No -dijo bajando la mirada y sacudiendo su cabeza-. El grupo de hackers me dijo que le quitarse todo dispositivo que facilitara su localización, ya que J&D son los que fabrican todos los sub-imps del mercado.
– Espero que Caffeine haya podido rastrear al menos la señal del coche en la que se la llevaron -dijo J levantándose para ir a la biblioteca.

Al girarse, apareció por la puerta Sonia, una de las chicas que regularmente acudía a Extra-Machina. Solía dar clases de saltos y artes marciales. Tenía el pelo revuelto, la cara sudorosa y la ropa rota y manchada de tierra. Todavía respiraba agitadamente cuando con una sonrisa de satisfacción dijo:

- Dile a Caffeine que rastree mi pantalla móvil. Vamos a cazar a ese hijo de puta.

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Extra-Machina: Irina

26/09/2010 Deja un comentario

IRINA

- Mamá, ¿puedo ir ya a jugar? -preguntó la pequeña mientras jugueteaba con el lapicero en la mano.
– Venga Marie, te queda sólo un ejercicio. Cuando acabes podrás ir a jugar un rato -le dijo Irina tratando de convencerla.
– Pero mamá, ¡es que es muy difícil!
– Venga Marie. Es igual que los anteriores. Hasta que no lo termines no podrás ir a jugar con tus muñecos.

La pequeña Marie había crecido mucho en estos últimos meses, desde que habían llegado a la comunidad de Extra-Machina. Irina pensaba que sacarla de la escuela tan precipitadamente podría ser perjudicial para una niña tan pequeña. Para minimizar el cambio, todas las mañanas y tardes le daba clases a su propia hija. Por eso, y porque sabía que una buena educación era lo que le permitiría sobrevivir el día de mañana, ya fuese dentro o fuera del “sistema”, como lo llamaban en Extra-Machina. Al menos, la posibilidad de estudiar una carrera era lo que había hecho posible que una hija de inmigrantes rumanos acabase con un puesto de responsabilidad en la mayor empresa de Francia, lo que fue su orgullo al principio y terminó convirtiéndose en su maldición.

- Mamá, ¿tú sabes arreglar robots? -preguntó Marie con el lapicero apoyado en la barbilla.
– No cariño. Mamá no sabe arreglar robots -dijo volviendo a la realidad de repente.
– ¿Dónde se aprende a arreglar robots?
– Antes de aprender a arreglar máquinas, debes saber multiplicar -dijo su madre.
– ¿Es verdad eso? ¡Se lo preguntaré al tito Caffeine! -dijo mientras se levantaba de un salto e intentaba salir corriendo mientras su madre la cogía por el brazo.
– Ven aquí, Marie. No hace falta que le preguntes a Caffeine. Yo puedo decirte que sí -Irina no pudo disimular una pequeña sonrisa al darse cuenta que esa gente que conocía desde hacía sólo unos meses se habían convertido en la familia de su hija, y por extensión en la suya propia.
– Entonces, si hago los deberes, ¿aprenderé a arreglar robots?
– Pues claro, cariño -sonrió su madre viendo la batalla ganada.
– ¡Vale! ¡Haré esta multiplicación y luego me iré a aprender cómo reparar robots! -dijo Marie decidida.

Marie hincó el codo en la mesa y frunció su pequeño ceño mientras su madre la observaba con detenimiento. ¿Había valido la pena? Quizás era demasiado arrebatarle la infancia a una niña pequeña, huir de casa en medio de la noche a otro país, romper el contacto con todos los conocidos, amigos familiares… A los pocos minutos la pequeña Marie exhibía orgullosa el papel con el ejercicio acabado, sacándola de sus pensamientos.

- Está bien Marie. Bien hecho. Puedes ir a jugar, pero cuando te llame para cenar no me hagas buscarte. Hoy va a haber concierto en el bar y tendremos mucho trabajo.
– ¡Vale mamá! -dijo mientras salía corriendo de la salita en la que estaban en dirección al huerto.

Irina se levantó y recogió los cuadernos en un pequeño armario de madera que había colgado en la pared. Después, agarró la mesa con fuerza y la metió de nuevo en el bar con el resto. En el interior, uno de los chicos que solía venir estaba arreglando uno de los androides músicos. La luz entraba por las ventanas de la antigua fábrica y pronto llegaría el otoño. Este iba a ser el primero que Irina pasaría fuera de su casa. Habían cambiado mucho las cosas, pensó. De ser una técnica de laboratorio en las afueras de París, a camarera de una comuna anti-sistema en Barcelona. Decidió ponerse a organizar el bar y distraerse así de ese sentimiento.

Poco a poco comenzó a cambiar los barriles de cerveza casera y licores que la gente elaboraba en Extra-Machina. Esta noche habría concierto y venía un grupo homenaje a Los Beatles. Desde hacía unos años habían liberado paulatinamente los derechos de su discografía y se podían volver a tocar en directo en cualquier lugar. Cuando hubo cambiado los barriles sacó los que estaban vacíos de nuevo al huerto para volver a llenarlos al día siguiente. Al lado estaba el muñeco que Marie había hecho. De repente Irina sintió una punzada de pena y culpabilidad al ver como su pequeña tenía que inventarse amigos con trozos de chatarra y alambres. Marie parecía haber aceptado la nueva situación de una manera muy rápida, casi como un juego. Seguramente los niños tienen mucha más capacidad de adaptación que sus padres, y aceptan los cambios con mayor facilidad, pero como madre, no podía dejar de preocuparse por el pequeño proyecto que había creado en ese rincón del huerto.

Tras apilar los barriles, volvió al bar para seguir preparando la barra para la noche. En una de las mesas estaban J, Caffeine y un par de chicos charlando amigablemente. Irina se acercó a ellos y les preguntó si querían algo de beber.
– Hola Irina -dijo Alex-. ¿Tenéis soda?
– Lo siento, Alex, la soda se nos ha acabado. Pero tenemos zumo de tomate natural.
– ¡Perfecto! Me encanta el zumo que hacéis aquí.
– Es por las semillas -dijo J-. Las verduras y frutas que compráis en los supermercados son transgénicas, diseñadas para conservarse durante meses sin que se dañen en los camiones. Tienen acuerdos con las cadenas de distribución para sólo comprar de estos tipos, así controlan también la producción. En Extra-Machina somos de los pocos sitios que conservamos semillas no transgénicas. La mayoría de los agricultores ya no guarda ni cultiva ninguna porque no puede venderlas y no sale rentable.
– ¿Es eso cierto? -preguntó Costas incrédulo.
– ¡Claro brother! -dijo Caffeine-. Prueba un batido de estos, tío. ¡Vas a tener el primer orgasmo de lengua de tu vida!
– ¿Te pongo uno? -preguntó Irina.
– Sí, claro. ¡Este sitio es una caja de sorpresas!
– Ponme a mí otro, Irina, por favor -dijo J.
– ¿Caffeine? -preguntó la camarera.
– Yo quiero una cerveza. Después del día que llevo, me vendrá bien desconectar un poco…
– ¡Marchando!

Irina fue a la barra a preparar las bebidas y a los pocos minutos las sirvió al grupo que seguía charlando animadamente. Después continuó limpiando la barra, los grifos a presión, y colocando los vasos en su sitio. Había pasado ya más de media hora cuando escuchó unos golpes en el techo de la nave. Una sobra recorrió de lado a lado el techo de uralita y pasó fugazmente por las ventanas sin poder distinguirse nada más que una mancha borrosa a gran velocidad.

- ¿Qué ha sido eso? -preguntó Caffeine

A Irina se le heló la sangre. ¡Marie! Con la respiración aún cortada, salió corriendo por la puerta del bar en busca de su hija, atravesó el huerto y cuando llegó al rincón donde solía jugar la pequeña lo único que vio fueron trozos de robot y cables esparcidos por el suelo. Miró por todos los lados y no vio nada. Recorrió con la vista la parte superior del muro, por donde había visto la sombra y también estaba desierta. El pánico se apoderó de ella.

- ¡Marie! ¡Marie, dónde estás! -gritó desesperada.

Detrás suyo escuchó unos pasos. Se volvió y vio a J con cara de desconcierto.

- Irina, ¿qué pasa? -preguntó.
– Es Marie. ¡Se la han llevado! -dijo llorando mientras daba vueltas alrededor del huerto buscando a su hija.
– Pero ¿quién se la ha llevado? ¿Por qué?
– ¡Dónde está mi hija! -seguía sollozando Irina sin escuchar a J.

De repente, J vio en el suelo algo que no debería estar ahí. Una pantalla móvil. La cogió, pero estaba apagada. Llevaba uno de esos sistemas de reconocimiento con chip de proximidad. Debías tener implantado un chip especial bajo la piel para poder utilizarla. Le dio la vuelta para examinarla con más detenimiento cuando Irina la vio y de un rápido gesto se la arrebató de las manos. La pantalla transparente se activó al contacto con Irina. Sobre la pantalla, sólo un mensaje:

“Si quieres volver a ver a tu hija, devuélvenos lo que te llevaste. Recibirás instrucciones en este terminal.”

- Irina, creo que debemos hablar -dijo J mientras le quitaba la pantalla transparente de las manos-. Ven, vamos a sentarnos.

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Extra-Machina: Marie

02/09/2010 Deja un comentario

MARIE

- Mamá, ¿puedo ir ya a jugar?
– Venga Marie, te queda sólo un ejercicio. Cuando acabes podrás ir a jugar un rato.
– Pero mamá, ¡es que es muy difícil!
– Venga Marie. Es igual que los anteriores. Hasta que no lo termines no podrás ir a jugar con tus muñecos.

La tarde transcurría a lo largo de un continuo tira y afloja entre madre e hija, ya tan rutinario que cada una sabía qué decir en cada momento. Todas las tardes desde que habían llegado a la casa habían sido iguales para Marie. Después de comer, tenía que leer, estudiar y hacer los ejercicios que le ponía su madre. Luego, una vez acabados, podía irse a jugar. Unas veces terminaba pronto y al final de la tarde estaba agotada de correr y jugar con la gente que venía a la casa. Otras, como esta vez, las matemáticas se le atascaban y hacían que el tiempo de juego disminuyese considerablemente.

- Mamá, ¿tú sabes arreglar robots? -preguntó Marie con el lapicero apoyado en la barbilla.
– No cariño. Mamá no sabe arreglar robots.
– ¿Dónde se aprende a arreglar robots?
– Antes de aprender a arreglar máquinas, debes saber multiplicar -dijo su madre.
– ¿Es verdad eso? ¡Se lo preguntaré al tito Caffeine! -dijo mientras se levantaba de un salto e intentaba salir corriendo mientras su madre la cogía por el brazo.
– Ven aquí, Marie. No hace falta que le preguntes a Caffeine. Yo puedo decirte que sí.
– Entonces, si hago los deberes, ¿aprenderé a arreglar robots?
– Pues claro, cariño -sonrió su madre viendo la batalla ganada.
– ¡Vale! ¡Haré esta multiplicación y luego me iré a aprender cómo reparar robots! -dijo Marie decidida.

Después de unos minutos de fruncir con fuerza su diminuto ceño de 8 años cubierto por un flequillo rubio heredado de su madre, algunos borrones en el papel y ayudarse bajo la mesa de los dedos para contar, Marie exhibía orgullosa el papel con el ejercicio acabado.

- Está bien Marie. Bien hecho. Puedes ir a jugar, pero cuando te llame para cenar no me hagas buscarte. Hoy va a haber concierto en el bar y tendremos mucho trabajo.
– ¡Vale mamá! -dijo mientras salía corriendo de la salita en la que estaban en dirección al huerto.

Allí, en uno de los rincones del huerto de Extra-Machina, la pequeña Marie había creado durante los últimos meses su rincón personal. Era el sitio donde guardaba sus juguetes, sus cuentos y los vestidos con los que se disfrazaba para jugar ella sola. Como no había ningún niño en Extra-Machina, Marie había decidido hacerse su propio amigo-robot. A una caja de madera le había puesto un balón viejo medio desinflado, unos hierros y los tornillos y cables que había sacado de uno de los androides del bar. Con todo ello, había algo que faltaba, a juicio de Marie, ya que esa colección de objetos inertes no terminaba de cobrar vida. Seguro que estaba roto. Tras comprobar que no faltaba ninguna de las piezas que había ido recopilando, decidió ir a la caseta de las herramientas para ver si alguna de ellas le podía ayudar a dar vida a su amigo robot.

Con un poco de esfuerzo, Marie retiró la puerta metálica del cobertizo y entró. Estaba oscuro y lleno de herramientas, hierros, tuercas y otras cosas que no reconocía. Se arrodilló para buscar en una caja de herramientas que había abierta en el suelo, cogiendo cada una de ellas y examinándola en sus diminutas manos, intentando entender para qué podría servir y desechándolas una a una para continuar con la siguiente.

- ¡Marie! ¿Qué haces aquí, pequeña? -dijo una voz desde la puerta. Marie se volvió. Era Alex, uno de los chicos que venían a la casa y ayudaban a J y a su mamá.
– Hola tío Alex. Estoy buscando una herramienta.
– Eso ya lo veo. ¿Cuál exactamente?
– Una -dijo Marie con un tono de obviedad en la respuesta.
– Hmmm… ¿Y está ahí la herramienta que buscas?
– No lo sé. Por eso la busco.
– A lo mejor puedo ayudarte. ¿Qué quieres hacer con esa herramienta?
– Quiero arreglar a mi amigo. Lleva todo el rato durmiendo y no quiere jugar.
– ¿Qué amigo?
– ¡Jo, Alex! ¡Tengo que explicártelo todo! -dijo volviéndose indignada.
– Bueno, no te enfades, Marie. ¿Me dejas que coja la caja de herramientas un momento? Cuando acabe te la devuelvo y puedes seguir buscando tu herramienta.
– Vale. ¿Puedo venir contigo? -es posible que viendo qué herramienta utilizaba Alex para arreglar los robots, ella pudiese arreglar a su nuevo amigo.
– Claro. ¡Ven! Ayúdame con esto -dijo tendiéndole un martillo.

La pequeña Marie le siguió hasta el interior llevando entre sus pequeñas manos el martillo. Alex se dirigió hacia el robot del que Marie había sacado las piezas del nuevo amigo que estaba construyendo. Tenía vergüenza de que Alex descubriese que había sido ella la que había roto el robot músico, así que dejó el martillo al lado de la caja de herramientas y salió al patio principal. Allí estaba Sonia. Una chica muy guapa que venía de vez algunos días y jugaba con ella.

- ¡Hola Sonia! -dijo desde la puerta del bar.
– ¡Hola Marie! ¿Has terminado los deberes de hoy?
– ¡Pues claro! Si no mi mamá no me deja salir a jugar.
– ¿Quieres ayudarme con esto? -dijo invitando a la pequeña con un gesto con la cabeza.
– ¿Qué estás haciendo?
– Estoy haciendo una nueva pista de obstáculos. Toma esta tiza. ¿Ves esa piedra en el suelo? Tienes que dibujar una línea que vaya de allí a la pared.

La pequeña, entusiasmada con su nueva tarea cogió la tiza y se pudo a dibujar una línea en el suelo tan concentrada que su lengua asomaba fuera de su boca. Sonia solía ir un par de veces a la semana a Extra-Machina. Desde hacía un par de años había creado un pequeño grupo de Parkour y ahora daba talleres de iniciación a de vez en cuando. El circuito que estaba preparando era para la clase de la tarde.

- ¡Sonia! ¡Mira! ¿Lo he hecho bien? -dijo Marie con la tiza en la mano orgullosa.
– Perfecto Marie. Ahora tienes que pintar una línea a la altura de tu cabeza desde allí hasta la esquina.
– ¡Vale! Pero si luego bailamos un rato.

La mente de la pequeña Marie era una esponja que absorbía todo lo que ocurría Extra Machina. Una vez había visto a Sonia hacer capoeira con otro de los chicos del parkour, y desde entonces había aprendido a hacer los pasos básico y algún que otro truco. Aprovechaba siempre que veía a Sonia para bailar y aprender nuevos pasos y cabriolas. Durante la siguiente media hora estuvieron pintándose de tiza la una a la otra y haciendo pasos de capoeira. A Marie le gustaba volver a tener amigos. No eran como los amigos del colegio a los que iba antes, pero estos sabían hacer cosas nuevas.

- ¡Sonia! Ya estoy aquí. ¿Cómo estás? -una chica morena y delgada atravesaba el patio de Extra Machina en dirección a donde estaban.
– Hola Amaia, mira esta es mi amiga, Marie.
– Hola Marie. Bailas muy bien, ¿lo sabías? -dijo arrodillándose para poner su cara a la altura de la de Marie.
– Gracias… -Marie de repente tuvo vergüenza. Le pasaba a menudo con la gente nueva que venía.
– Marie, vamos a empezar el taller de parkour -dijo Sonia-. ¿Quieres quedarte tú también?
– No, estoy cansadita. Me voy al huerto un poco. Mamá me va a llamar pronto para cenar.
– Vale guapa. ¡Dale un beso a tu mamá de mi parte!

Marie entró de nuevo en el bar y vio a Alex, Caffeine, J y a otro chico más en una de las mesas, mientras su madre limpiaba y ordenaba la barra por dentro. Aún no era la hora de cenar, así que se iría a jugar un rato con su amigo, con suerte igual conseguía que se despertase.

Salió del bar y atravesó el huerto hasta llegar a su rincón. Allí, al lado del muro se sentó y empezó a jugar con unas tuercas y unos relés intentando combinarlos para conseguir algo que se moviera como un robot. Estuvo un rato allí, en silencio, concentrada en su juego. Tanto que no se dio cuenta de que desde que se había vuelto a sentar allí no estaba sola. Una sombra la observaba desde lo alto del muro, inmóvil, dispuesta a saltar sobre su presa.

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Extra-Machina: Alex

06/08/2010 Deja un comentario

ALEX

Alex salió de la biblioteca y cruzó de nuevo el patio de Extra-Machina. Esta vez se dirigía hacia una gran puerta metálica que en otro tiempo podría haber servido la entrada o salida de mercancías, y que ahora disimulaba el óxido con gruesas capas de pintura roja. Al abrirla, las bisagras rechinaron dando paso al interior diáfano de una antigua fábrica.

Una hilera de grandes ventanales iluminaba el interior del recinto, dejando ver en uno de los extremos una barra de bar con unas sillas y mesas y al otro lado un pequeño escenario con un abultado contenido oculto por una sábana. Alex ya sabía lo que tenía que hacer.

Con paso firme se dirigió al escenario y retiró la tela, dejando al descubierto tres androides en el suelo, varias guitarras, amplificadores, una batería y otro androide más tras ella anclado a una silla.

- Si no me falla la memoria, tú debes ser Ringo -dijo dirigiéndose al androide batería.

Se colocó tras él y le quitó la peluca y el traje. Aunque la cara era de silicona y gel, lo que le daba apariencia humana, el interior estaba completamente desnudo y podían verse los bio-circuitos y la mecánica que daban vida noche tras noche a este ciber-Ringo. A primera vista, Alex no pudo ver nada fuera de sitio, así que sacó su pantalla y la apuntó hacia el androide. A los pocos segundos pudo ver a través de la pantalla transparente la configuración y las opciones que ofrecía, algunas de ellas incluso las había programado él.

El test inicial daba alguna alarma en la mecánica, lo que podría causar el problema. Desgraciadamente, J no le había dicho exactamente qué era lo que le pasaba, así que hizo lo que solía hacer con Ringo: hacerle tocar Helter Skelter y ver cómo respondía. Buscó la canción en la biblioteca de material liberado de Extra-Machina y se la mandó al androide.

Al instante una serie de espasmos incontrolados sacudieron a Ringo. De no haberlo desnudado al principio podría haber resultado casi humano, viéndolo agitarse y retorcerse con esa cara de gel y silicona que reaccionaba a las corrientes eléctricas haciéndole gesticular de una forma grotesca.

- ¡Vale, Ringo! ¿Demasiadas drogas en los 60? -dijo Alex mientras lo volvía a desactivar con su pantalla-. Creo que tendremos que operar.

Alex bajó del escenario y se fue hacia uno de los laterales del bar donde había una pequeña puerta de servicio. Al otro lado se encontraba el huerto de Extra-Machina, donde se cultivaba la comida, se alimentaba a los animales de la pequeña granja que tenían e incluso se fermentaba la cerveza en grandes barriles que luego se consumiría en el bar.

Al lado de la puerta por la que Alex había salido había un pequeño cobertizo de chapa metálica, donde solían guardar las herramientas y útiles para el huerto. Entró y se encontró a una niña de unos 8 años rebuscando en la caja de herramientas.

- ¡Marie! ¿Qué haces aquí, pequeña? -dijo Alex con una sonrisa en la cara.
– Hola tío Alex. Estoy buscando una herramienta.
– Eso ya lo veo. ¿Cuál exactamente?
– Una -dijo Marie con un tono de obviedad en la respuesta.
– Hmmm… ¿Y está ahí la herramienta que buscas?
– No lo sé. Por eso la busco.
– A lo mejor puedo ayudarte. ¿Qué quieres hacer con esa herramienta?
– Quiero arreglar a mi amigo. Lleva todo el rato durmiendo y no quiere jugar.
– ¿Qué amigo?
– ¡Jo, Alex! ¡Tengo que explicártelo todo! -dijo volviéndose indignada.
– Bueno, no te enfades, Marie. ¿Me dejas que coja la caja de herramientas un momento? Cuando acabe te la devuelvo y puedes seguir buscando tu herramienta.
– Vale. ¿Puedo venir contigo?
– Claro. ¡Ven! Ayúdame con esto -dijo tendiéndole un martillo.

La pequeña Marie le siguió hasta el interior llevando entre sus pequeñas manos el martillo. Una vez dentro, Alex se puso a repasar los circuitos de la columna de conexión de Ringo. Algunos se habían soltado y otros hacían contacto donde no debían. Las consecuencias de una vida androide dedicada a la batería, pensó Alex poniendo cada cable en su lugar.

- Lo ves, Ringo. Si te hubiese dedicado a la trompeta o a la guitarra no tendrías estos problemas de espalda -dijo bromeando mientras se levantaba-. Bueno, a ver qué tal ahora…

Volvió a mandar a través de su pantalla la canción al androide y este comenzó a mover la cabeza y golpear los platillos al ritmo de la canción, continuando por un redoble que recorrió todos y cada uno de los timbales hasta terminar con la caja y el bombo universalmente reconocibles de este tema.

- ¡Heavy, Cerveza, Mata a tu vieja! -gritó alguien desde la entrada.
– ¡Caffeine! ¿Ya habéis terminado? ¿Qué te ha parecido, Costas? -dijo volviéndose hacia su amigo.
– Hey, ¿qué tal si charláis mientras os invito a unas cervezas? -dijo el bibliotecario haciendo un gesto hacia una de las mesas cercanas a la barra.

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Extra-Machina: Caffeine

01/08/2010 Deja un comentario

CAFFEINE

Caffeine> Vale… Dame un minuto y te lo paso.
Niko> Gracias tío! Esta semana quería hacer un taller de subimplantes. Me vendrá genial.
Caffeine>…y 100%. Ya lo tienes Brother!
Niko> Te debo una Bro. Por cierto, q tal van ls subimplantes de memoria que te pusiste?
Caffeine> Muy bien. El interfaz de piel llega a 10cm. Son 5+ que los otros y se nota un montón!
Niko> Cuanto te pusiste?
Caffeine> 2 de 500Tb cada uno.
Niko> Joder! Ya te podrás quitar alguno de los viejos, no? XD
Caffeine> Jejeje! Nunca sabes cuando te va a hacer falta más memoria. Por muchos parches que me ponga a veces sigo sin acordarme de lo que hice la noche anterior XD
Niko> LOL!
Caffeine> Ahora tengo toda la biblio de BCN en los subimps.
Niko> Tio! Eres una biblioteca con patas!
Caffeine> Si, toda una fuente de conocimiento XD
Niko> Con redundancia?
Caffeine> Si, si. 1:2. Toda info está por lo menos en 2 subimp. Así si casca 1, ellos se apañan y reorganizan todo para que no se pierda nada.
Niko> Que bueno! De donde has sacado el SO?
Caffeine> El biblio de la casa de Berlin. Tienes que ver al tío! Si yo llevo los brazos llenos, él los lleva por la calva!
Niko> LOL!!!
Caffeine> Se llama Marcus. Puedes contactar con él directamente.
Niko> Mola! Yo sólo tengo 8 de 1Tb cada uno… Igual me pongo 10+ y hago como tú. Nunca sabes cuando van a atacarte y te joden el archivo.
Caffeine> Me lo dices o me lo cuentas, bro… Esta semana llevan una marcha bestial. Menos mal que tenemos el enlace de MW, que si no estaríamos aislados.
Niko> Oye, por cierto! Tengo unos tutoriales nuevos de un tío sobre MW. Te los paso.
Caffeine> Genial! Llevo tiempo intentando montar un enlace con la casa de Tarragona, pero parece complicado… A ver si esto me da alguna pista.
Niko> Subido! Ya lo tienes.
Caffeine> Gracias, bro!
Niko>Bueno, colega. Voy a ver si hablo con Marcus. Si lo hago funcionar me pongo subimps hasta en el rabo!
Caffeine> LOL!!! XD Suerte! Si tienes problemas con el SO llamame, pero no cuentes conmigo para ponerte los subimps allí! XD
Niko> LOL!!! XD Nos vemos Caf!
Caffeine> Un abrazo, Brother!

Caffeine apagó el chat y alargó la mano para coger un cable que había en la mesa. Uno de los extremos estaba conectado a un armario lleno de los servidores. En el otro extremo había unos electrodos que acababan en unas diminutas bolitas. Con cuidado, acercó el extremo del cable a su mano y lo colocó con precisión sobre una pequeña cicatriz que tenía cerca del nacimiento del pulgar en el dorso de la mano. Al hacer contacto con la piel, una débil luz, roja y parpadeante, se pudo ver atravesando su piel desde el interior.

Cerca de donde habían hecho contacto los electrodos del cable había otras cicatrices, diminutas, casi imperceptibles a simple vista, y todas separadas unos centímetros las unas de las otras. A los pocos segundos la luz que latía bajo su piel se volvió verde.

- Bueno… ¡Copia de seguridad hecha! -dijo mientras se estiraba sobre la silla. De repente la puerta del cuarto se abrió y al contraluz pudo distinguir dos siluetas. Una de ellas era inconfundible-. – ¡Hey, hermano! -gritó Caffeine desde el fondo de la sala.
– ¡Caffeine! ¿Cómo estás, brother?
– Bien. ¡Hace mucho que ya no vienes a verme!
– ¡Je, je! Mira, Caffeine, te traigo un colega. Es Costas, de Grecia. Estudia Bio-electrónica, como yo. Pensé que quizás le podías enseñar alguna distro libre de esas que tienes para placas.

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