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Azul (III): Luditas


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III – Luditas

El polvo del callejón le quemaba la garganta y corazón parecía que se le iba a salir del pecho. Sus piernas aún temblaban, pero no podía dejar de correr.

– ¡Será capullo! ¿Cómo es posible que me haya encontrado con el policía más imbécil de la ciudad? -No tenía aire para correr, pero la ira y la frustración le hacían dar la siguiente zancada.

Había sido un mal día para Samir. El accidente de coche, el secuestro, su BlueChip estropeado… y ahora para colmo, un policía novato en lugar de ayudarle y llevarle a casa, le dispara. ¡Le habían disparado! Ni siquiera en su patético trabajo había entrado nadie a atracar la tienda de coches usados, y ahora el día que más lo necesita, le dispara… ¡Un policía!

No podía más. Estaba mareado y tenía la boca completamente seca. Su costado aún le dolía al respirar. Se paró y puso las manos sobre sus rodillas tratando de recobrar el aliento. Intentó abrir de nuevo el gadget de geolocalización, pero no ocurría nada. Era como intentar levantar un bloque de asfalto con la mente, simplemente, no pasaba nada. Ya no veía los menús azules y las opciones de los gadgets. En su lugar, lo único que veía azul era el cielo. Parecía que estaba en otro planeta. Nunca había visto el cielo de ese color. ¿Acaso siempre había sido así? De repente el sonido de las sirenas le devolvió a la realidad.

– ¿No me digas que el novato ha pedido ayuda…? – Se dijo a sí mismo con un tono de frustración.

Las patrullas comenzaban a oírse por todas partes. Debía huir, pero ¿Por dónde? El callejón terminaba en un muro medio derribado. Se acercó y por un hueco pudo ver una luz tras él. Cojeando aún de su pierna izquierda cogió aire y pasó a través de los ladrillos y los hierros oxidados. Tras el muro se extendía el interior de una fábrica, abandonada hacía tanto tiempo que era imposible saber qué se había dejado de fabricar en ese lugar. Ahora estaba lleno de chabolas metálicas, escaleras que llevaban a un segundo nivel sobre el suelo y sobre todo, gente. El lugar era un poblado, una comunidad. Escondida del sol y de los ojos de los extraños en esa vieja nave. ¿Así vivían los luditas? Era patético… pero su única opción era mezclarse y evitar a la policía. Los luditas le habían secuestrado, pero por lo menos aún no le habían disparado…

Anduvo por los ríos de gente que se formaban entre las chabolas metálicas. Intentó mezclarse, parecer uno más, pero era imposible. Esa gente vivía en el caos. Cruzaban delante de él, le empujaban, no sabía donde estaba, dónde había girado por última vez, dónde quería ir… El aire empezó a faltarle y el sitio se hizo cada vez más pequeño. Estaba empezando a encontrarse mal y toda la nave comenzaba a dar vueltas. Necesitaba sentarse, descansar. Desde el suelo pudo ver la chabola que tenía en frente, al otro lado de la calle. Un hombre con unas rastas blancas y barba de varios meses le miraba fijamente. Se levantó y fue hacia Samir. Cuando éste estaba a punto de derrumbarse el hombre le cogió por los hombros y lo arrastró a su casa.

– ¿Ahora que toca? ¿Vas a violarme? Porque con eso habré completado la colección de “cosas horribles que no quiero que me pasen” en un sólo día.

– Eso no nos gustaría a ninguno de los dos. Sólo quiero ayudarte. Entra en mi casa y siéntate -dijo el hombre con tono sereno.

Samir entró en la chabola y se sentó en el suelo de tierra. Era un espacio reducido, quizás de unos tres metros o menos, cubierto por placas metálicas que dejaban pasar algo de luz por los agujeros que habían hecho el óxido y el tiempo. No había mucho más que el suelo. Sólo unas mantas, una pequeña repisa de madera y una pipa de agua. En una de las esquinas había un pequeño fuego con las brasas aún calientes.

– ¿Por qué haces esto? ¿Cómo sé que me puedo fiar de ti?

– Bueno, no tienes cara de poder salir corriendo.

– Te sorprendería lo que puedo correr. Incluso me sorprende a mi mismo lo que he llegado a correr hoy.

– Estoy seguro de ello. -El mendigo cogió un cuenco que estaba junto al fuego y se lo ofreció a Samir. – Toma. Esto te ayudará a recuperarte.

– Bueno… ¡Qué demonios! -Samir tomó el cuenco de madera y lo olió. Parecía una infusión de menta y otras hierbas. Lo sorbió y notó como el líquido caliente le llenaba la garganta y templaba su estómago.

– Ahora dime. ¿Qué hace un aumentado por aquí? ¿De quién huyes?

– De todo el mundo. -Samir miró de reojo a la puerta.

– Entonces parece que te quedarás un buen tiempo por estas tierras -bromeó el mendigo.

– Hoy me han intentado matar con el coche, me han secuestrado, han experimentado conmigo… Ya no puedo utilizar mi BlueChip. Lo han saboteado.

– ¿Te han liberado? Deberías estar contento.

– ¡Pero qué coño dices! ¿Me secuestran, me joden el BlueChip y debería estar contento? -Samir no podía entender al mendigo. ¿Cómo alguien podría estar mejor sin el BlueChip? ¿Sin conectarse a GlobalNet?

– Hey… Tranquilo. Mucha gente viene a ser liberado. Yo mismo vine hace años.

– ¿Tú? ¿Por qué? ¿Te perseguía la policía? ¿Mataste a alguien? ¿Eres un drogadicto?

– No. Soy músico -dijo el mendigo levantando la cabeza con orgullo.

– No hay que ser un ludita para ser músico.

– ¿De verdad crees eso? ¿No te has preguntado por qué ya nadie toca instrumentos del siglo pasado? ¿Por qué sólo se hace música y cine modificando las obras antiguas?

– ¿Porque es más fácil?

– Porque los “aumentados” nunca aprenderíais a tocar un instrumento. Al igual que nunca podrías crear una nueva melodía o un nuevo estilo.

– ¡Eso son tonterías! Hay nuevas canciones todos los días -replicó Samir.

– Te equivocas. Lo que oyes son melodías fractales creadas por algoritmos matemáticos. Analizan las frecuencias, ritmos y melodías existentes y crean variaciones fractales aleatorias, haciendo que parezcan nuevas canciones. Todo lo que escucháis, veis, hacéis… es todo artificial.

– No tiene sentido. ¿Por qué iba a ser así?

– Porque los aumentados no podéis soñar. Dormís mientras veis esa espiral generada por el BlueChip. Lo que no sabéis es que el sueño es un proceso mental evolutivo que permite aprender nuevas habilidades. Si no hay sueños, no hay habilidades.

– ¡Pero los sueños no dejan descansar! La fractal hace que nuestro cerebro descanse y poder levantarnos totalmente recuperados…

– Tu cerebro no está diseñado para eso. Como humano tienes los mismos circuitos neuronales que un lobo o un delfín. Los mamíferos evolucionaron con un mecanismo que les permitía seguir aprendiendo mientras dormían: el sueño. Vosotros los aumentados sustituisteis la capacidad de aprender por una conexión permanente a GlobalNet. Dependéis cada vez más de ella. Llegará el momento en el que GlobalNet decidirá qué es lo que existe y qué es lo que no tenéis que conocer, porque todo lo que sabéis ya proviene de ella.

– ¡Eres un paranoico chiflado! -Samir no quería creer al mendigo que tenía delante de él. No podía ser. Pero, ¿y si tuviese razón…?

– No tienes por qué creerme. Puedes verlo con tus propios ojos. -El mendigo cogió una de sus rastas y del extremo desenrolló una vieja moneda con un agujero en el centro. -¿Crees que puedes hacer esto? -dijo mientras daba vueltas a la moneda entre sus dedos.

– ¡Claro que sí! -Samir cogió la moneda y se la puso entre los dedos. Los empezó a mover, pero no le respondían. La moneda se caía cada vez que lo intentaba. Inconscientemente intentó abrir el gadget para conectarse a la moneda pero recordó que ya no podía tenía BlueChip, y por supuesto la moneda no tenía conexión. ¿Estaría el mendigo en lo cierto? Siguió durante un rato más hacer girar la moneda entre sus dedos sin éxito.

– No te preocupes. Al principio nos pasa a todos -dijo el mendigo mientras con unos palos cogía un trozo de carbón y lo ponía sobre la pipa de agua.

– No es posible. Lo he visto hacer un montón de veces en las películas…

– Pronto podrás hacer eso y mucho más. -El mendigo aspiró aire por la pipa haciendo que el recipiente gorgotease, dejando escapar un denso humo con un suave olor a manzana. -Toma, prueba esto. Te ayudará a entenderlo.

Samir aspiró profundamente de la pipa, casi mecánicamente, mientras seguía intentando mover la moneda entre sus dedos. De repente todo empezó a moverse. La chabola se convirtió en un callejón, lleno de polvo. Una patrulla de policía aparecía por uno de los extremos. Samir empezó a sudar. Quería correr, pero no podía mover las piernas. Miró a su alrededor y vio dos puertas, una a cada lado de la calle. Encima de cada una de ellas había algo escrito en color azul, pero no podía leerlo. Sabía que una era la puerta por la que podría escapar, sabía cual era, pero no podía leerlo. Se acercó a esa puerta, la abrió y la oscuridad le rodeó de nuevo. Sintió como caía, como su cuerpo se precipitaba al vacío. Entonces abrió los ojos. Volvía a estar en la chabola del mendigo.

– ¿Qué me ha pasado? ¿Qué me has hecho?

– No he hecho nada. Te has dormido.

– No puede ser… Estaba en la calle, había una patrulla…

– No te has movido de aquí. Has estado dormido durante unos minutos.

– No es posible… Me has drogado… -Samir no podía creer lo que había pasado.

– No tienes por qué creerme. Mira tu mano.

Samir miró su mano y vio como ésta estaba moviendo la moneda entre sus dedos de manera prácticamente automática.

– ¿Lo entiendes ahora? -El mendigo parecía satisfecho mientras volvía a aspirar el humo afrutado de la pipa.

– Entonces…

– Ahora eres un liberado. Un ludita. Los policías sólo conocen lo que está en GlobalNet. Tú ahora, puedes aprender lo nuevo. Puedes ver lo que ellos no ven. ¿No te has preguntado por qué el cielo es azul?

– ¿Porque me drogaron para inutilizar el BlueChip?

– El BlueChip sustituye el color azul del nervio óptico y la sustituye por la señal que manda al cerebro. Por eso los menús son siempre azules y por el mismo motivo, los aumentados no pueden ver el color azul.

– Las marcas en las puertas…

– ¿Las viste? Los luditas marcamos las puertas con un tinte azul con información y marcas que nos permiten orientarnos en este laberinto de naves y callejones.

– No las vi… Las soñé.

– Posiblemente las viste, pero tu cerebro aún no estaba entrenado para reconocerlas. Ahora podrás ver lo que los policías no pueden ver. Utilízalo.

La cabeza de Samir daba vueltas. No era posible, pero lo había visto con sus propios ojos. La moneda, las marcas en las puertas… ¿Sería verdad? ¿Quería seguir siendo un aumentado? ¿Y un ludita?

– Quiero volver a aumentarme.

– ¿Estás seguro? -Dijo el mendigo.

– No. Pero quiero poder tener la posibilidad de elegir qué es lo que soy.

– Entiendo -ahora la voz del mendigo tomó un tono serio y solemne.- Respeto tu decisión. Déjame ver qué es lo que te han hecho.

El mendigo cogió una pequeña linterna de leds de la repisa y se pudo detrás de Samir. La encendió para poder ver con más claridad la herida que tenía en la nuca y entonces, de repente, chisporroteó y dejó de funcionar.

– Interesante…

– ¿Qué es interesante? ¿Qué has hecho? Es lo mismo que le pasó al rifle del policía.

– Yo no he hecho nada, has sido tú. Has liberado un pulso electromagnético que ha fundido el led.

– Pero las bombas de pulsos están prohibidas…

– Bueno, pues no sé como decírtelo, amigo, pero eres una bomba con patas.

– ¡¿QUÉ?!

– Seguramente habrán conectado la batería de alimentación a un sistema de realimentación. Todo aparato electrónico que se encienda cerca de ti se fundirá.

– No puede ser… ¿Soy una bomba?

– Así es. No creo que haya nadie, ni en este poblado ni en Nueva-Madrás que pueda reactivarte o quitarte el BlueChip sin que te afecte al nervio óptico. No se pueden utilizar herramientas cerca de ti. Ahora ya nadie puede operar sin asistentes biónicos. Estás bien jodido…

– Pero… ¡Tiene que haber alguien! Quien me hizo esto lo hizo sin herramientas.

– Pueden haber conectado la bomba de pulsos después de implantarla. Aunque, quizás haya alguien que pueda ayudarte, pero no está entre estas naves.

– ¡Da igual! ¡Tengo que encontrarle! ¡Dime quien puede arreglarme!

– Encuentra al Dr. Manoj. Dile que te envía Zhurmee.

Azul (IV): El largo camino

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  1. 27/09/2009 en 8:10 pm
  2. 21/09/2009 en 10:18 pm

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