Inicio > relatos > Azul (IV): El largo camino

Azul (IV): El largo camino


azul

Anteriormente: Azul (III): Luditas

IV- El largo camino

– ¿Cómo puedo encontrar al Dr. Manoj? -Samir no podía esperar. Si quería recuperar su vida, su familia, sabía que ese hombre podía ser su única oportunidad.

– Está a unos tres días de camino a través del área industrial -Dijo Zhurmee-.Puedes guiarte por las marcas azules que usamos los luditas. Dirígete a la antigua fábrica de automóviles, después sigue hacia la armería abandonada. Allí verás el comienzo de un área residencial. Las marcas te llevarán a la casa del Doctor.

– Pero, ¿cómo se supone que voy a sobrevivir tres días con la policía pisándome los talones? En cuanto salga me cogerán, si no me disparan antes…

– No te preocupes, amigo -dijo con calma Zhurmee.- Recuerda que cera de ti no funciona ningún aparato electrónico, incluidos los coches patrulla y los rifles de asalto. Después de todo no fue tan mala idea prohibir las armas con gatillo. En principio era para que los liberados no las pudiésemos utilizar, pero ahora es tu seguro de vida.

– Bueno, disparar un rifle no es la única manera de utilizarlo… En cuanto me vean me atraparán.

– Utiliza las pasarelas entre edificios. Son azules e invisibles a los aumentados.

– ¿Qué pasarelas?

– Te lo dije. Hasta ahora seguramente no te habías percatado. Son unas pasarelas azules que cruzan entre los edificios. Los aumentados no pueden verlas porque su el BlueChip elimina la frecuencia azul del nervio óptico, y el cerebro la reconstruye igual que hace con las venas y puntos muertos de tu campo visual. Simplemente no las ven.

– No me lo puedo creer… Toda la vida pensando que los luditas erais unos atrasados y unos vagos y resulta que tenéis un mundo oculto a plena vista de la gente normal.

– ¿Gente normal? Ahora, a todos los efectos, eres un ludita más. Será mejor que vayas haciéndote a la idea.

– Nunca me gustará esa idea. Será mejor que me ponga en marcha y encontrar a ese doctor cuanto antes.

Zhurmee cogió algo de una repisa y se lo tendió a Samir.

– Coge esto. Puede que te sea útil. Es spray azul.

– ¿Y para qué sirve?

– Bueno, eso tendrás que averiguarlo tú. Recuerda que todo lo que pintes de azul será invisible para los aumentados. Lamentablemente es lo único que puedo ofrecerte.

– Gracias, supongo. -Samir cogió el spray y se lo metió en un bolsillo de la chaqueta-.Debo irme. Fábrica de coches, armería y casa del doctor. Creo que no me dejo nada.

– Puedes salir por el segundo nivel. Tienes una salida a la derecha.

– Ha sido un placer, Zhurmee. Y gracias.

Samir salió de la chabola e intentó encontrar una escalera al segundo nivel, tal y como Zhurmee había dicho. Ahora parecía verlo todo más claro. Giró a su alrededor y comenzó a hacerse una imagen mental del lugar, de la gente que le rodeaba, de los sonidos que percibía en ese lugar. En lugar de caos, sintió excitación. De repente sabía qué era lo que tenía que hacer. Era consciente de donde estaba y adonde tenía que ir. Era como si tuviese el geolocalizador activado, pero sin verlo. Simplemente lo sabía.

Se dirigió hacia el segundo nivel y, como había dicho Zhurmee, había una pequeña apertura a la derecha. Se asomó y vio un pequeño puente metálico totalmente azul que cruzaba a la nave de al lado, y debajo de él un grupo de policías corriendo de un lado a otro. ¿Sería verdad que los policías no podían ver la pasarela? Él, al menos, no recordaba haberla visto. No había otra opción. Se agachó para que su cabeza quedase por debajo de la barandilla y comenzó a pasar, casi a gatas.

Podía escuchar las voces de los guardias. Estaban nerviosos. Debía de estar pasando importante, de no ser así, era incomprensible que desplegasen un operativo así sólo por él. Seguramente estaba en el momento erróneo en el sitio equivocado.

Estaba casi en la mitad del puente cuando escuchó un coche patrulla. Instintivamente se tiro al suelo del puente y aguantó la respiración. De repente la patrulla dejó de escucharse y al poco tiempo pudo oír un choque metálico.

– ¡Un pulso! ¡Tiene que estar cerca! ¡Cubrid los flancos!

– ¡Pide refuerzos! ¡Estamos en el cuadrante 71-DR!

Pronto debajo de él comenzó a escuchar un montón de voces y policías a la carrera. Tenía que salir de ahí. Si la pasarela era invisible a sus ojos o no lo descubriría pronto. Comenzó a arrastrarse a lo largo del puente hasta llegar hasta el otro extremo. Se secó el sudor que le corría por la frente y entró en la fábrica dejando atrás a los policías del callejón. ¿De verdad era tan fácil? Parece que ser un ludita tenía sus ventajas…

El interior de esta nave industrial no se diferenciaba mucho de la anterior. Delante de él pudo ver un letrero en azul con indicaciones. Fábrica de coches, Metalurgia, Planta química…

– Zhurmee dijo la fábrica de coches, ¿no? Pues allá vamos.

Durante el resto del día Samir pasó por varias naves y edificios abandonados, todos ellos poblados por comunidades de luditas. Empezaba a encontrar ligeras diferencias entre ellas. Había algunas en las que la gente vivía en casas-taller en las que hacían artilugios y herramientas. En otras se podía escuchar música que tocaban con instrumentos manuales algunos luditas, en otras el primer nivel era un enorme bazar donde se comerciaba todo tipo de cosas… Incluso pasó por una que era como un gran huerto gigante donde producían todo tipo de verduras y vegetales.

Al caer la noche Samir decidió tumbarse en una de las naves, totalmente agotado y hambriento. Hacía dos días que lo único que había tomado era un café y el té de Zhurmee. Necesitaba descansar. Cerró los ojos y se dejó llevar por el torbellino de imágenes y emociones que le esperaba esa noche. Soñó con la policía, con los puentes entre naves, con las comunidades ludita, con su esposa y su hija, con Zhurmee…

Por la mañana el ruido de la gente en el piso inferior le despertó. Estaba en una de las naves que producían alimento y el olor subía hasta donde estaba tumbado. Necesitaba comer algo, así que decidió bajar e intentar convencer a alguien para que le diese algo que le saciase el apetito. No le costó mucho. Casi no hizo falta recurrir a sus dotes de negociación… Directamente una de las mujeres que atendía uno de los puestos le ofreció fruta y té caliente a cambio de unos minutos de conversación. ¿Realmente podían vivir los luditas así? ¿Sin pedir nada a cambio? No tenía mucho tiempo para la filosofía, así que decidió seguir su camino.

Pronto llegó a la fábrica de coches. Empezaba a ignorar a los guardias que pasaban por debajo de sus pies. A veces se alteraban cuando los coches patrulla dejaban de funcionar, pero sabía que no podían verle, así que se agachaba y seguía hasta la siguiente nave. Por fin llegó a la fábrica de coches. Era un cruce de caminos gigante para los luditas. Tenía ocho niveles, y era mucho más grande que el resto de edificios que había recorrido. Esta vez le costó un poco encontrar el camino a seguir, pero tras preguntar a un par de luditas, siguió su camino hacia la armería.

Samir recorrió casi todo el camino que le separaba de la armería sin mayor dificultad, hasta que llegó al último edificio. Parecía que su suerte había terminado. No había ningún pasadizo que llegase directamente hasta la puerta de la armería. ¿Cómo podía ser? Intentó rodearlo, pero era imposible. Le separaba de ella una explanada de unos 40 metros, vigilada por cuatro coches patrulla y una veintena de policías a pie.

-Vaya… ¿Quién dijo que iba a ser fácil…? Debo encontrar la forma de llegar hasta la armería. -Samir se sentó a la salida de la nave. Empezaba a oscurecer. Se le cerraban los ojos. Había estado corriendo casi todo el día y los pies le dolían casi tanto como su costado y la herida que aún tenía en su cara. Poco a poco comenzó a sentir sueño y sin esperarlo, se quedó dormido.

Estaba de pie al lado de los guardias, allí, delante de ellos, pero ellos no podían verle. Él tampoco podía verse a sí mismo. Era como si fuese transparente a la vista de todos. Sacó de su bolsillo el spray que le había dado Zhurmee y empezó a rociar uno de los guardias que empezó a desaparecer igual que él. De repente abrió los ojos y lo entendió. ¡El spray! ¿Qué podía perder? Ya estaba oficialmente muerto si los policías le cogían, y si se quedaba allí, posiblemente le encontrarían tarde o temprano.

Se quitó la ropa y se roció completamente con el spray. Se dio dos capas para asegurarse de que no había ninguna parte de su cuerpo que quedase sin cubrir. Ahora era completamente azul. Con su ropa y unos alambres que encontró en la nave consiguió hacer una especie de espantapájaros. No engañaría a nadie, al menos de día. Pero ahora la noche estaba de su parte. Salió con su doble y lo apoyó contra la pared. Cogió un par de piedras y se alejó unos metros. Después tragó saliva, respiró hondo y tiró la piedra a los pies del muñeco.

Una nube de flashes y pequeñas explosiones provenientes de los rifles de los policías iluminaron la calle. Aprovechando la confusión Samir corrió hacia la armería. Era invisible a los guardias. Nadie reparaba en él, incluso cuando pasaba alrededor de ellos. Además, con la confusión que reinaba, los fogonazos y los gritos de los policías tampoco el ruido de sus pasos era percibido por los policías. Pronto dejó atrás a los policías y entró en la armería. No pasaría mucho hasta que descubriesen que el muñeco estaba vacío, así que decidió no parar de correr. ¿Pero hacia dónde? En uno de los carteles a los que ya estaba acostumbrado pudo encontrar la respuesta. “Dr. Manoj”. Debía ser un tipo famoso este doctor. Salió corriendo en esa dirección y alcanzó a los pocos minutos a una zona residencial.

Las calles estaban casi desiertas, salvo por algún coche patrulla del que trataba de mantenerse alejado para que el pulso electromagnético no le afectase y no atraer a los policías al vecindario. En el propio asfalto había flechas señalando el camino a la casa del doctor. ¿Por qué tantas señales para un sólo hombre? No le costó mucho, en plena noche llegar a una casa con jardín y de dos alturas donde acababan las flechas. ¿Habría llegado? La rodeó y encontró una puerta trasera. Entró sigilosamente y una pequeña lámpara chisporroteó en el interior de la casa.

– ¡Pasa, pasa, no te preocupes! Estaba esperándote. Zhurmee me dijo que ibas a venir, aunque no creía que fueses a llegar tan pronto.

Una silueta se dibujó en el marco de la puerta.

– ¿Es usted el Doctor Manoj?

– ¿Quieres un café con pastas? Debes estar hambriento. Por cierto, buena idea lo del spray. Veo que ha funcionado a la perfección. Ahora no te hace falta, puedes subir a darte una ducha si quieres. Y no te preocupes, aquí todo es mecánico. No romperás muchas cosas más.

Azul (V): Libre

Anuncios
Categorías:relatos
  1. Aún no hay comentarios.
  1. 26/09/2009 en 10:49 pm

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: