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El Espejo


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El taxi dejó a Erik Klaus en las puertas de la Torre Trump de Manhattan. En el piso 37 era donde debía encontrarse con los representantes de InfraRed Inc., uno de los últimos colosos surgidos de la era digital. Durante los últimos 15 años, InfraRed había creado la mayoría del software y el hardware que utilizaban los servicios de inteligencia de los países más desarrollados del mundo y algunas de las grandes multinacionales globales. Bajo la denominación de “vigilancia preventiva” habían desarrollado una serie de herramientas que permitían desde hace años y con un sólo click del operador grabar una conversación, identificar a sus interlocutores e incluso saber su posición sin dejar el menor rastro de la escucha.

Erik se colocó sus gafas oscuras, extendió el bastón telescópico y fue tanteando el suelo de la calle hasta que llegó a la entrada del edificio. Allí un conserje le abrió la puerta y le preguntó amablemente a donde iba.

– Voy al piso 37, a las oficinas de InfraRed -dijo Erik con una sonrisa.

– ¡Ah! La 37 es el piso de la dirección general. Debe ser una reunión importante.

– ¡No lo dude! -Dijo Erik sonriendo nuevamente.

– Le acompañaré hasta el ascensor.

– Muchas gracias, es usted muy amable. -El conserje cogió por los hombros a Erik y le condujo hasta un grupo de personas que estaba esperando el ascensor.

– Está justo delante del ascensor ¿Necesita ayuda a partir de aquí?

– No se preocupe, creo que podré arreglármelas. ¡Gracias de nuevo por su ayuda!

– De nada. ¡Suerte en su reunión!

Erik abrió fugazmente sus ojos y pudo ver a través de las gafas oscuras que estaba a unos tres pasos del ascensor y junto a él había otras cuatro personas esperando. De repente sintió una gran sensación de estrés mezclada con miedo y culpabilidad al mismo tiempo. Cerró los ojos, respiró hondo y en unos segundos todo ese torbellino de emociones desapareció. No tardaron en abrirse las puertas del ascensor y esperó a que el resto de personas entraran antes de meterse en él.

– Por favor, ¿podrían pulsar el piso 37? Soy invidente y no puedo encontrar los botones…

– No se preocupe -dijo una mujer a su lado.

Mientras ascendían por la torre, los ocupantes fueron saliendo uno a uno en diferentes las paradas que el ascensor iba anunciando con una voz robotizada. Por fin, solo en el ascensor, ascendió hasta el piso 37. La puerta se abrió y antes de comenzar a andar Erik echó una ojeada a través de sus gafas oscuras. Delante de él había un recibidor y una mesa con una atractiva secretaria hablando por teléfono. Paso a paso, Erik avanzó con su bastón delante de él sabiendo justo donde tenía que golpear: el escritorio de la secretaria.

– ¡Huyyyy! ¡Espere un momento por favor! ¿Se encuentra bien? ¿Se ha hecho daño? -La secretaria se levantó y miró por encima del mostrador.

– ¡Auch! -fingió Erik.- No se preocupe… Es sólo un rasguño, ya debería estar acostumbrado. -Erik aprovecho la distracción para abrir de nuevo sus ojos y mirar a la secretaria. De repente un terrible sentimiento de pena y culpabilidad le invadieron, sentimientos que estaba dispuesto a utilizar.

– Lo siento mucho… Debería haberle avisado de que estaba acercándose al mostrador…

– No se preocupe, señorita…

– Silvia, me llamo Silvia.

– Bien, señorita Silvia. Supongo que está usted muy ocupada. Demasiado como para tener que preocuparse por visitas kamikaze -dijo mientras le sonreía.

– Siento mucho lo sucedido… -dijo Silvia mientras bajaba la vista con timidez, momento que aprovechó Erik para abrir de nuevo sus ojos y sentir sorpresa y cierto interés despertado por el sentido del humor de su último comentario.

Evidentemente estos sentimientos no eran suyos, no le pertenecían ni lo habían hecho nunca. Su infancia la había pasado yendo de psicólogo en psicólogo con cada cual dando un veredicto más exótico sobre desórdenes, síndromes y neuropatías varias. Hasta que un día él mismo llegó a la conclusión de que podía sentir todo aquello que sentía la persona a la que estaba mirando. Eso le supuso muchas ventajas en la vida, ventajas que había aprendido a materializar en logros personales y materiales. Ahora trabajaba como negociador privado para empresas de todo el mundo. Fusiones, acuerdos, demandas… una nueva forma de mercenarios del siglo XXI. Y precisamente esa era la razón de su presencia en las oficinas de InfraRed.

– Estoy aquí para ver a los señores Brown y Winters. Represento a la empresa Mark&Ross Inc.

– ¿El señor Winters? ¿Le está esperando?

– En efecto. Es en relación a la demanda de mi representante hacia su empresa. Los señores Brown y Winters me convocaron para una reunión para intentar limar nuestras diferencias antes de llegar a un juicio. Sinceramente, espero que todo esto quede en un simple malentendido entre dos empresas.

– Por supuesto -dijo la secretaria sonriendo-. Perdone, pero no recuerdo su nombre…

– Klaus, Erik Klaus -dijo con una sonrisa mientras dejaba una tarjeta encima del mostrador.

– ¿Sr. Winters? -Silvia estaba al teléfono. Erik la miró de nuevo y sintió cierto respeto, casi miedo. Supuso que para una secretaria el Sr. Winters debía ser alguien a respetar, quizás un alto directivo… Debía tenerlo en mente para más adelante. -Señor Klaus…

– Por favor, llámame Erik.

– Por supuesto, Erik. Puede pasar a la sala de reuniones. En breve se unirán a usted los señores Winters y Brown.

– Muchas gracias. -Erik dudó por un momento-. Perdóneme, Silvia… ¿Podría acompañarme hasta la sala? Como habrá adivinado, no puedo ver y no me gustaría destrozarle el mobiliario de media empresa antes de encontrar la sala.

– ¡Claro que sí! Perdóneme… ¡Qué tonta soy! -Silvia salió de su mostrador y Erik pudo ver fugazmente que se había sonrojado. Un repentino sentimiento de vergüenza y culpabilidad se apoderaron de él. Entonces supo que Silvia estaba bajo su poder.

– No se preocupe, ya es usted demasiado atenta conmigo, ¡incluso después de haber intentado destrozar su mostrador a bastonazos! -Erik aprovechó el comentario para coger la mano de Silvia bajo su brazo. Le apretó la mano tratando de ofrecerle confianza y amabilidad y ella respondió poniendo su otra mano sobre su brazo.

– Ya hemos llegado. Por favor, tome asiento. En seguida le recibirán los señores Winters y Brown.

– Muchas gracias Silvia. Espero que sean tan amables como tú lo has sido conmigo. -La secretaria se sonrojó de nuevo.

– Le estaré esperando a la salida, Erik. Si necesita cualquier cosa, sólo dígamelo.

Silvia le dejó solo en la sala y Erik se volvió. Sabía que había cámaras en la sala, así que fue cauto a la hora de abrir sus ojos para orientarse dentro de la habitación. Erik Klaus no era ciego, pero necesitaba ese disfraz. No era capaz de salir a la calle ni de afrontar el torbellino de emociones y sentimientos que se encontraba a los largo del día si saliese al mundo con los ojos descubiertos. Cruzar la calle solía convertirse en lo más parecido a montar constantemente en una montaña rusa para Erik. Ilusiones, desilusiones, engaños, emociones, depresiones, mentiras, amor, pasión, odio… Lo mejor y lo peor de cada persona que se cruzaba con él se metía dentro de él hasta tal punto que no podía diferenciar si era suyo o ajeno. Necesitaba ese disfraz. En los últimos 20 años había aprendido a moverse y valerse como un invidente, además de contar con la ventaja de poder abrir los ojos siempre que quiera para orientarse o evitar accidentes. Además, sabía que esa condición de invidente le daba cierta ventaja añadida en las relaciones personales, unida sobre todo a la capacidad de saber qué es lo que siente la otra persona en todo momento.

Erik tanteó los extremos de la mesa y encontró con las manos una de las sillas y se sentó. No traía más que el móvil con él. Un cuaderno o cualquier otro aparato le hubiesen delatado, y no quería perder la ventaja de parecer más débil ante un rival que ya de por sí se creía superior. Permaneció con los ojos cerrados y esperó durante más de 10 minutos. Durante ese tiempo repasó los términos del caso por el que le habían contratado.

Mark&Ross Inc. era una pequeña empresa de hardware de San Francisco. Habían inventado una nueva forma de hacer circuitos mitad ópticos mitad electrónicos y hacían integrados hardware con esa nueva tecnología. Habían descubierto que InfraRed había estado espiando sus sistemas y había plagiado algunos de sus diseños para implementar los sistemas de espionaje que habían desarrollado y vendido en todo el mundo. Mark&Ross tenían pruebas bastante sólidas de los hechos. Hace unos años habían introducido una trampa en uno de sus diseños con una sección trivial que también apareció en el plagio comercializado por InfraRed. Una aparición en los circuitos de la megacorporación que sólo se podía explicar por un plagio. Mark&Ross estaban dispuestos a ir a juicio con indemnizaciones millonarias y muy probablemente lo ganarían, pero sabían que InfraRed nunca jugaba limpio y la misión de Erik era asegurarse de que no se interpondrían en el proceso natural de la justicia.

De pronto, las puertas se abrieron y pudo escuchar los pasos de dos personas.

– ¿Señor Klaus? Soy el señor Brown y él es el señor Winters.

– Encantado. -Erik se levantó y extendió su brazo a medio metro de donde estaba el del Sr. Brown. Sabía que este era el primer golpe y que le ayudaría a tomar posiciones.

– Por favor, -dijo el Sr. Brown- tome asiento.

Al sentarse Erik escuchó que ambos movían papeles en la mesa, momento que aprovechó para abrir los ojos y estudiarlos uno a uno. El primero fue el señor Brown. Era un señor de unos 50 años. Corpulento y con un bigote que le cubría el labio superior. Tenía unas pequeñas gafas que colgaban de la nariz y un traje clásico marrón con chaleco debajo de la americana. Mientras le observaba Erik sintió confianza y una pizca de vergüenza que se iba disipando casi hasta desaparecer, seguramente provocada por el movimiento de Erik en el apretón de manos.

Cerró los ojos y los abrió de nuevo en dirección al Sr. Winters. Era un hombre también de unos 50 años, pero el porte era muy diferente. Era un hombre atlético y en buena forma física, teniendo en cuenta su edad. Tenía el pelo denso y blanco, peinado con gomina hacia atrás. Lucía un traje gris oscuro con una camisa blanca que tenía los botones superiores abiertos. Erik percibió un sentimiento de desprecio y enfado. Sintió que estaba intentando quitarle algo que era suyo y que iba a aplastarle antes siquiera de que diese el primer paso. Seguramente era Winters el miembro del consejo de administración y Brown uno de sus abogados en nómina.

Erik cerró de nuevo los ojos e intentó ordenar en su cabeza los roles de sus interlocutores.

– Señor Klaus -comenzó el Sr. Brown-. Debemos decirle que no es usted la primera empresa que viene a InfraRed Inc. con demandas de este tipo. Entenderá que como multinacional que somos, nos hemos convertido en una presa muy valiosa para empresas… “parásito” que pretenden ganar prestigio y dinero a costa de demandas contra nosotros.

– Sr. Brown -Erik hizo una pausa casi teatral-, mi cliente tiene la intención de arreglar de forma amistosa este asunto, y mi visita a sus oficinas no es sino una muestra de esta voluntad. Sin embargo, su insinuación acerca de la motivación de mi representante al presentar la demanda no es muy amigable. Nuestro ofrecimiento de terminar este asunto sin ir a juicio no es porque no estemos seguros de ganar el caso, sino porque nos gustaría llegar a su fin lo antes posible y recibir lo que mi cliente merece. -Erik pudo escuchar un leve resoplido por parte del Sr. Winters.

– Sentimos oír eso señor Klaus -continuó el Sr. Brown-. Creo que sus representados no conocen muy bien las reglas del mercado. En los 18 años de existencia, señor Klaus, no hemos perdido ningún juicio de este tipo. -Erik abrió los ojos y sintió que no estaba diciendo la verdad. ¿Le estaba mintiendo Brown? Quería intentar esa baza.

– Señor Brown, sabemos que eso no es cierto. Me molesta que piense que no hemos preparado los antecedentes del caso. Ni seremos los primeros ni posiblemente los últimos en ganar un juicio de este tipo con ustedes si continúan con su política de espiar y plagiar a otras empresas. -Erik volvió a abrir los ojos hacia Brown y sintió un calor que le subía por el cuello y que se le acumulaba en las mejillas. Había dado en el clavo.

– No sé de qué está hablando, señor Klaus -Brown trataba de irse por la tangente-. Según veo en la demanda, lo supuestos plagios de diseño están en los integrados utilizados en las familias de los productos InfraRed 1200, 1800, 1850, 3020S, 3020X, 3020XS y 80110.

– Correcto -dijo Erik de forma tajante-.

– Veo también -continuó Brown- que alegan que el diseño utilizado en los integrados está registrado en el modelo de utilidad US2991-288WA y protegido por la Oficina Americana de Patentes. ¿Podría, por favor, describirnos qué es exactamente lo que creen ustedes que estamos copiando en nuestros diseños?

– Señores Winters y Brown -comenzó Erik mientras se inclinaba sobre la mesa-. Mis clientes han detectado que los diseños de InfraRed utilizan los mismos circuitos electro-ópticos descritos en el modelo de utilidad citado anteriormente que su integrado M&R02005.

– El M&R02005 tengo entendido que es un modelo obsoleto, señor Klaus…

– No he terminado -le interrumpió Klaus-. Mark&Ross evolucionó el M&R02005 al M&R2007, y los mismos cambios pueden encontrarse en la evolución de sus modelos en un tiempo tan inferior que sólo puede entenderse si tuviesen ustedes acceso a los planos de diseño y no sólo a los circuitos en producción.

– Eso no significa nada. Está claro que si los desarrolladores de M&R llegaron a un diseño concreto, es perfectamente posible que nuestro equipo de desarrolladores llegase también a la misma solución.

– Esa es una buena explicación… -Erik estaba listo para soltar la primera trampa y se preparó para mirar en esta ocasión al Sr. Winters- Sin embargo eso no explicaría por qué sus diseños sólo contasen con una versión que no se convirtió en la de producción, sino en una que quedó expuesta por parte de M&R en sus sistemas. En InfraRed 3020S y el 3020X se diferencian en que el primero cuenta con la versión preliminar del integrado M&R13400 y el 3020X salió 4 meses después de la publicación del chip de M&R con las modificaciones finales. Sinceramente, no creo que sea una coincidencia… -Erik sintió rabia y un gran enfado con sus subordinados. El señor Winters estaba a punto de estallar, aunque por fuera se le veía muy tranquilo. Era hora de plantar la siguiente trampa. – Perdónenme señores, pero antes de reunirme con ustedes no he podido ir al baño y el viaje ha sido largo. ¿Podríamos hacer un pequeño descanso?

– Por supuesto -dijo el Sr. Winters. Presionó el interfono y llamó al a señorita Silvia que entró por la puerta a los pocos segundos-. Silvia, por favor, muéstrele… perdón, conduzca a nuestro invitado al servicio de caballeros.

– Muy amable -dijo Erik mientras se levantaba y buscaba las manos de Silvia.

Paso a paso salieron de la sala y Silvia le llevó hasta una puerta.

– ¿Necesita que entre con usted? -preguntó Silvia con timidez.

– No se preocupe. Podré apañármelas sólo -dijo con una sonrisa mientras dejaba atrás la puerta del servicio de caballeros.

El baño olía a lejía y ambientador. Incluso con los ojos cerrados la luz llegaba a través de sus gafas y párpados. Sabía que aquí había también cámaras y micrófonos. De hecho, esperaba que los hubiera, porque formaban parte de su plan. Avanzó y entró en uno de las puertas de los retretes. Cerró la puerta y saco su teléfono del bolsillo.

– Hola, soy Erik Klaus, ¿Puede pasarme con el señor Mark, por favor? Gracias. -La llamada debía ser real. InfraRed era la compañía líder en espionaje de comunicaciones, y sabía que esta llamada que estaba haciendo era seguida con mucho interés, incluso mientras la estaba haciendo.

– ¿Erik? Al habla Mark.

– Hola Mark. Parece que no quieren colaborar en llegar a una solución amistosa en este asunto.

– ¿Les has hablado del M&R13400?

– Sí, y parecen empeñados en negar sistemáticamente el caso.

– Bueno, he hablado con Hans&Hogan&Asoc., el bufete que va a llevar nuestro caso. Dicen que podemos pedir hasta 15 millones por el caso. Creo que debemos ir a juicio sin pensarlo.

– Yo también lo creo. Ojala tuviésemos algo más sólido para poder pedir una indemnización mayor…

– Es todo lo que tenemos Erik. Gracias de todas formas por tu apoyo en el caso.

Erik colgó el teléfono con una sonrisa. Salió del servicio y llegó a la puerta. Silvia le estaba esperando fuera.

– Muchas gracias, Silvia. Creo que podré llegar por mi mismo a la sala de reuniones.

– No se preocupe. No me perdonaría que se golpease hoy con nada más.

– Entonces, debería invitarla a que me llevase a mi hotel, para estar seguros -Erik la miró de reojo mientras ella apartaba la mirada. Sintió vergüenza y cierta atracción. Sin duda, tenía posibilidades.

Pronto llegaron a la sala y Erik volvió a su asiento. En cuanto se sentó, Brown y Winters entraron en la sala. Erik miró a Winters mientras se sentaba. Una sensación de control y superioridad le invadió, pero quiso estar seguro.

– Señores, iré al grano. Mis clientes exigen una cantidad de 45 millones de dólares como compensación por las pérdidas ocasionadas y el lucro que han realizado con sus diseños plagiados ilegalmente. -Pudo escuchar Winters reír y cuando miró a Brown sintió que estaba intentando ser engañado, pero que en realidad era él, o ellos, quienes iban a jugársela. Exactamente lo que pretendía encontrar.

– Señor Klaus -comenzó e Winters-. Estamos dispuestos a ir a juicio en este caso. No vamos a dejar que una empresa como la suya saque tajada de nuestro esfuerzo y trabajo.

– Eso es precisamente lo que piensa mi cliente, señor Winters. Ya tengo todo lo que necesita mi cliente, así que creo que esta reunión ha terminado.

– Señorita Silvia, por favor, acompañe al señor Klaus a la puerta -dijo Winters por el interfono.

Al poco Silvia apareció y tomó de nuevo a Erik por el brazo. Le acompañó con cuidado hasta el ascensor y pulsó el botón.

– Silvia… Espero no parecerle maleducado, pero es la primera vez que estoy en Nueva York y no conozco a nadie aquí. ¿Le importaría si la llamo al acabar su jornada? -Erik ya sabía la respuesta.

– No veo por qué no… Sería un placer enseñarle Manhattan de noche. Conozco un restaurante en el Soho que le encantará.

– ¿A qué hora sale?

– A las 7 de la tarde.

– La estaré esperando a la salida.

El ascensor llegó y Erik entró en él y cuando fue a pulsar el botón, su mano rozó la de Silvia. Ambos se despidieron de nuevo y la puerta se cerró. Por fin Erik estaba solo. Abrió los ojos y vio su reflejo en la puerta metálica del ascensor. Se sentía bien. Sabía que había realizado un trabajo perfecto.

Los diseños y los modelos que había mencionado eran sólo la punta del iceberg. Si InfraRed basaba su defensa en lo que había desvelado en la reunión no podrían esconder el circuito trampa que Mark&Ross habían escondido en los diseños electro-ópticos y ganarían el juicio sin problemas. El bufete que había nombrado por teléfono no era el que iba a utilizar su cliente, sino que era otra trampa para InfraRed. Sabía que habían comprado e incluso sobornado a los bufetes rivales en juicios similares. Con esto se cubrían las espaldas, al menos hasta que comenzase el juicio, lo que les dejaría sin margen de maniobra para juego sucio.

Llegó por fin a la planta calle y salió del edificio. Se acercó a la parada de taxi que sabía que se encontraba un poco más arriba de esa misma calle. Estaba muy cerca y decidió andar hasta ella. Con su bastón comenzó paso a paso a tantear la calle y a caminar. De repente una marea de gente comenzó a empujarle en dirección contraria. Alguien le golpeó con el hombro y por un momento perdió el equilibrio. Abrió los ojos para poder orientarse de nuevo y de repente comenzó a sentir una marea ingente de sensaciones. Aburrimiento, prisa, hambre, engaño… Pero sobre todas ellas hubo una sensación que le heló la sangre. La sensación de llegar a casa para herir a una persona indefensa. El desprecio por la vida de alguien que siente que es muy inferior. El sentimiento de total impunidad e incluso justificación de que se merece lo que le está haciendo.

Erik tuvo que sentarse en el suelo por un momento y cerrar fuertemente los ojos hasta dejar de sentir esa nauseabunda sensación. ¿De quién eran esos sentimientos? ¿Quién le había tocado? ¿A quién había visto? Era imposible saberlo. Había más de 60 personas andando en todas direcciones. Hombres, mujeres, mayores, jóvenes… Lo peor de todo esto era que no era la primera vez que Erik sentía algo así. Por eso llevaba las gafas oscuras y el bastón de invidente. Por eso no podía abrir los ojos en mitad de la calle.

Hacía mucho que había dejado de creer en el ser humano. Él era el único que había visto la oscuridad que todo el mundo esconde debajo de esa mascara de amabilidad que nos ponemos todos los días antes de cruzarnos con alguien, y lo había visto aquí, en Europa, en Asia, en ciudades, pueblos… Por eso Erik no podía confiar nunca en las personas, siempre había estado solo. Utilizando a la gente para conseguir lo que quería en cada momento sin comprometerse era su forma de vengarse del ser humano. Dinero, comida, sexo, conversación… era todo lo que Erik quería recibir de la humanidad que sólo él conocía.

Se puso en pie y ya recuperado se dirigió a la parada de taxi que había más adelante. Debía prepararse para su cita con Silvia. Sabía que, al menos hoy, no dormiría solo.

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