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El Ojo de Apolo

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Una vez más tenía la brisa del Mare Nostrum en su rostro. Titus echaba de menos esa sensación. El ejército de la República no era lo que más le gustaba en este mundo, pero al menos volvía a estar en un barco cabalgando sobre las olas del campo de Neptuno. Este año había sido un infierno del que había salido con una gran cicatriz que le atravesaba la cara por el mismo sitio por el que había perdido el ojo. Neptuno siempre le había tratado bien. Incluso cuando le habían dado por muerto al estrellarse su embarcación contra las rocas de Siracusa le devolvió a la vida llevándolo a otra embarcación romana. Entonces juró vengarse de quien le había hecho eso. Al tatuaje de Neptuno que se hizo cuando comenzó a trabajar de pescador le hizo añadir el de Marte, dios de la guerra y la venganza.

Había el rumor de que los augurios antes de zarpar habían sido favorables. Podría ser que hoy cayera Siracusa después de dos años de asedio, y Titus quería estar allí para dar muerte al hechicero griego Arquímedes. Aún le dolía el ojo que le faltaba y cojeaba un poco, pero estaba listo para el combate. Después de esta batalla, o conseguía la ciudadanía o moriría por Marte.

Poco a poco se iba aclarando el cielo. Habían salido de noche y con la luna nueva, y con los primeros rayos de Sol se podía empezar a descubrir la gran flota de trirremes y cuatrirremes que surcaban el Mare Nostrum en dirección a Siracusa. Esta vez iban a atacar directamente el puerto. Como distracción habían mandado una docena de embarcaciones ligeras llenas de esclavos y algunos novatos por los acantilados donde estaban las Garras de Arquímedes. La misma máquina que había arrojado la barca de Titus a las rocas afiladas cuando perdió el ojo. Había rumores que hablaban de un nuevo artilugio del hechicero llamado el Ojo de Apolo, pero ninguna magia podría hoy contra el ejército romano al servicio del dios de la guerra.

Titus seguía mirando al mar con los músculos tensos, respirando el aire salado al que estaba acostumbrado desde niño, mientras el sol comenzaba a salir por detrás de sus cabezas dejando ver, a unas pocas millas, el puerto de Siracusa. Comprobó su armadura, su gladius y miró sus tatuajes de Marte y Neptuno, cada uno en un antebrazo. Una vez más se encomendó a los dioses como ya había hecho antes y miró a su alrededor. Una centuria de soldados esperaban en el trirreme y en sus adyacentes. Todos ellos mucho más jóvenes que él, asustados y casi sin saber como coger un gladius. Muy pocos habían matado a un hombre y sólo algunos a un animal. Él sin embargo conocía el olor de la sangre. Sabía que las almas de los que había arrebatado le esperaban para pasar la laguna Estigia. Sabía que si moría debía llevar más de una moneda para Caronte, y por eso siempre llevaba al menos 7 denarios en su bolsa, por si moría en el mar.

El puerto estaba ya a menos de una milla. Durante un momento Titus cerró los ojos para poder oler una vez más, y quizás la última, el aire salado del mar. Respiró profundamente pero había algo en el aire que era diferente. Olía a humo. Abrió los ojos y vio como las primeras embarcaciones delante de él comenzaban a arder. Estaban aún a media milla del puerto. Era imposible que pudiesen haber lanzado flechas incendiadas. ¿Se trataba de un sabotaje? Titus se esforzó por mirar con su único ojo hacia las naves que estaban ardiendo y pudo ver a soldados en llamas saltando al mar, algunos de ellos con miembros cercenados. Algo iba mal.

De repente, el barco justo delante del suyo comenzó a arder también. El mástil de la vela se partió por la mitad sin motivo aparente y algunos de los soldados comenzaron a gritar sosteniéndose las manos y brazos cortados. El resto saltaba por la borda intentando librarse de las llamas, aunque el peso de la armadura les arrastraba irremediablemente hasta el fondo del mar.

Titus no lo dudó. No iba a caer otra vez en una de las trampas del hechicero. Si eso era el Ojo de Apolo iba a tener que confiar en Neptuno una vez más. Rápidamente se quitó la armadura y el casco. En ese momento pudo ver algo parecido a un rayo de tormenta totalmente recto golpear el mástil del trirreme y cortarlo como si fuese manteca, haciéndolo arder al instante. Titus no lo dudó y se tiró al mar.

Debajo del agua la situación no era mejor. Los soldados que se tiraban al mar eran devorados por Neptuno hacia el fondo y de vez en cuando podía ver extremidades y cabezas cortadas flotando en la superficie. Titus comenzó a nadar hacia el puerto intentando mantenerse el mayor tiempo posible debajo del agua. Neptuno le protegería. En los momentos en los que salía a la superficie para respirar podía ver una gran humareda provocada por los barcos a su espalda y delante suyo el puerto de Siracusa. En la entrada del puerto vio una pequeña torreta de piedra tras la que se alineaban unos 50 soldados griegos con sus escudos listos para atacar.

Titus siguió aproximándose al puerto, preparado para unirse al primer barco que llegase a luchar cuando vio a una persona en la torreta. No podía ser. ¡Era el hechicero! Arquímedes estaba en la torreta. ¿Sería eso el Ojo de Apolo? Se acercó un poco más y le costó un poco darse cuenta de que los soldados que estaban formados tras la torreta tenían escudos redondos de plata, perfectamente pulidos y puestos al revés. Como si estuviesen mostrando su cara posterior al sol de la mañana. ¿Sería una especie de oración o sacrificio a Apolo para que hiciera arder los barcos romanos? Eso era lo de menos. Arquímedes estaba en un saliente de la parte frontal del promontorio de piedra, escondido de la vista de los soldados griegos, sosteniendo algo con sus manos. Para Titus esto era suficiente. Sólo quería vengarse de Arquímedes. De ese hechicero griego que le había arrancado un ojo y le había marcado la cara de por vida.

Titus cogió aire y se sumergió una vez más. En sus años de marinero había aprendido a sumergirse durante largos periodos de tiempo, incluso estaba acostumbrado ya a arrastrar un gladius o cualquier otra espada de medio peso. Cuando salió a la superficie estaba ya en la base de la pequeña atalaya. Miró hacia arriba y pudo ver que Arquímedes estaba sosteniendo una vara de metal en cuyo extremo había una especie de tubo de cerámica del que salía el rayo que había hecho arder su embarcación. Ayudándose de sus manos curtidas por el frío y el mar, subió por las piedras de la torre y llegó a la altura de los pies del hechicero sin que le viese. En ese momento, con una sonrisa en la cara cogió su gladius y de un tajo cortó el tendón de uno de los pies del hechicero. Este cayó al suelo lleno de dolor y miró sorprendido a Titus a la cara. Entonces con otra estocada certera hundió su espada en el cuello de Arquímedes, haciendo brotar la sangre del hechicero.

– ¡No habrá moneda para ti en Estigia, hechicero! –le gritó mientras le agarró de la túnica y le arrojó al mar.

Titus subió a donde estaba el hechicero y miró más detenidamente lo que tenía un poco más arriba de su cabeza. Era una especie de cono de cerámica en cuyo extremo había un cristal. Se asomó para cogerlo con las manos y una luz cegadora le deslumbró. Era el reflejo de los 50 escudos pulidos que apuntaban directamente hacia ese objeto. No podía ver nada. En un momento de confusión resbaló y notó una sensación fría en la mano izquierda. Cuando quiso tocarla con la otra mano descubrió que le faltaban varios dedos. Los había cortado el Ojo de Apolo igual que había cortado y destrozado los barcos, pero no sangraba. La herida estaba totalmente carbonizada.

Con toda la rabia y fuerza que aún le quedaban, cogió su gladius con una sola mano y golpeó con fuerza el Ojo de Apolo. La cerámica se rompió y pudo ver como caían dos cristales, uno grande y otro pequeño, que al estrellarse con el suelo del puerto se hacían añicos. En ese momento los soldados que sostenían los escudos descubrieron que algo no iba bien y fueron en busca de él, aunque ya no le importaba.

Sin un ojo y sin una mano no podía trabajar ni tener posesiones. Ya no servía de nada conseguir la ciudadanía. Al menos se había vengado del hechicero griego. Marte había cumplido el trato, y Neptuno una vez más había estado de su lado. “Ojo por ojo”, pensó. El hechicero le quitó el suyo y él había destruido el de Apolo. Cuando llegase al Averno estaría al servicio de sus dioses. Al fin y al cabo, para él era lo mismo servir a un político romano que a un dios del inframundo. Por lo menos el dios no podía mandarle a la muerte de nuevo.

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