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Sarkusa (I): Bajo la arena

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I – Bajo la Arena

El ruido del autocóptero se fue apagando poco a poco mientras se alejaba perdiéndose entre la tormenta de arena. La misma arena que golpeaba el traje y la piel de Jean y que de no ser por la mascara de respiración entraría en su nariz y boca haciendo imposible respirar. Entre las cajas que había dejado el autocóptero estaban también sus botellas. 12 Litros de agua era el requisito que había puesto el gobernador para poder entrar en la ciudad subterránea de Sarkusa. Estaba comprobando que habían llegado en correcto estado, intentando orientarse en medio del vendaval de viento y arena que la golpeaban por todas partes cuando distinguió una silueta a unos pocos metros de ella.

– ¿Doctora Jean Jeamene? -grito la silueta.
– ¡Soy yo! -Por mucho que gritara parecía imposible comunicarse en esas condiciones. La arena que la golpeaba por todas partes no la dejaba ver más allá de sus brazos y se le hacía muy difícil moverse a causa del viento.
– ¡Por favor, sígame! ¡Nuestros hombres se ocuparán del cargamento! -Dijo la silueta cogiéndola de un brazo.

Tras unos pocos pasos a tientas entre las cajas llegaron a una puerta metálica. Al atravesarla varias personas desde el interior la cerraron y sellaron hasta que dejó de entrar arena a través de las juntas.

– ¿Doctora Jeamene? Por favor, déjeme que me presente -dijo el hombre que la había recibido en la ventisca-. Soy Chavier Muel, gobernador de Sarkusa. Ante todo, muchas gracias por haber respondido a nuestra petición, y sentimos el transporte, pero debemos aprovechar estos días de poco viento y aún así el autocóptero es el único vehiculo capaz de llegar hasta aquí.

Chavier se quitó la máscara de respiración y Jean pudo ver a un hombre mayor, con aspecto cansado, pero con una mirada penetrante que sólo se consigue con años de trabajo y sacrificio. No tenía pelo en la cabeza, pero tenía una poblada barba blanca y unas cejas largas que sobresalían por encima de unos pequeños ojos grises.

– Señor Chavier, para mí es un honor poder visitar la ciudad de Sarkusa -dijo Jean-. Sólo espero poder servir de alguna ayuda a su comunidad. ¿Podría darme más detalles de por qué me han llamado?
– Claro que sí, pero esto será mejor discutirlo en la Sala de Gobernación. Permítame que la conduzca a ella.

Con un gesto Chavier invitó a Jean a bajar por unas escaleras que había un poco más adelante. Comenzaron a bajar y Jean pudo ver en la penumbra unos vestíbulos y pasillos enormes que se extendían a ambos lados de las escaleras.

– Esto, doctora, era el hospital de la antigua ciudad -explicó Chavier mientras continuaban bajando-. Antes de la sequía la gente venía aquí para curar sus enfermedades. Lamentablemente los médicos que sabían como utilizar el edificio y sus herramientas desaparecieron con el agua, como la mayoría de los habitantes de la ciudad. Ahora sólo utilizamos el helipuerto del tejado como entrada a la ciudad de los repuestos que necesitamos y mensajes con el exterior.
– Debió ser muy duro ver, hace mucho tiempo, cómo todo el mundo se marchaba y abandonaba la ciudad -dijo la doctora mientras se paraba a mirar uno de los pasillos vacíos aún con camillas a los lados.
– Mi padre fue uno de los pocos que recordaba la ciudad antes de la sequía. Era una de las más importantes de la antigua España. Hasta que el río se secó y vino la arena…
– ¿Por qué se quedaron? ¿Por qué no emigraron como hizo el resto del mundo?
– Esta es nuestra casa, nuestro hogar, doctora -Chavier se volvió hacia arriba para mirarla a los ojos-. ¿A qué otro lugar podríamos haber ido?
– Mi abuelo, por ejemplo, fue uno de los que emigró al norte con la sequía, detrás de las montañas.
– Los que pudieron emigrar lo hicieron. Por eso la hemos llamado. No queríamos a ningún extranjero en Sarkusa, aunque visto el gran problema al que nos enfrentamos, decidimos al menos buscar a un descendiente de la vieja Zaragoza.

Las escaleras se acabaron mientras seguían hablando y llegaron a un túnel subterráneo iluminado por pequeños puntos en el techo que daban una luz tan brillante que parecía casi natural. Al fondo había un muro semitransparente que se abrió cuando llegaron a unos pocos metros dejando un espacio estanco delante suyo.

– Adelante doctora -invitó Chavier-. No se preocupe. Es un sistema de seguridad para evitar que se escape la humedad de Sarkusa. Como comprenderá, el agua es nuestro mayor tesoro.

Jean entró y la compuerta semitransparente se cerró tras ellos. Al poco tiempo, el muro que tenían delante de él subió y dejó al descubierto un túnel de unos 5 metros de alto por otros 12 de ancho, todo él iluminado por luces casi imperceptibles pero con una potencia indescriptible y las paredes cubiertas por plantas trepadoras, flores y hierbas aromáticas. Bajo ellas corría un pequeño canal de agua cristalina que iba regando los muros verdes del túnel. En el suelo, un manto de hierba tupida cubría de verde la totalidad del túnel hasta donde llegaba la vista. Era como estar en un valle a pleno día en la montaña, con el olor a hierba fresca y flores, el ruido del agua, la luz del sol en la cara… Nadie podría haber imaginado que bajo la ciudad cubierta perpetuamente por el viento y la arena se escondía un oasis de semejantes características.

– Doctora Jeamene, bienvenida a Sarkusa -dijo Chavier con un tono solemne-. Es usted la primera extranjera que pisa nuestra ciudad en los últimos 60 años.
– Para mí es un honor poder estar aquí -dijo la doctora sorprendida y admirando cada uno de los rincones a su alrededor. Como bióloga y especialista en botánica le costaba mucho no fijarse en la increíble colección de plantas que crecían por todas partes, muchas de ellas, desconocidas incluso para ella misma.
– Esto que ve es el lecho seco de un río, el antiguo Huerva. El Urba, como lo llamamos nosotros, es la entrada a Sarkusa y su arteria principal. Si me acompaña, la conduciré hasta la sala de gobernación y allí podremos hablar más tranquilamente de la razón por la que la hemos hecho llamar.

La docta y Chavier comenzaron a andar por el Urba. Jean no podía dejar de mirar a las paredes y al techo contemplando la maravillosa variedad de plantas que poblaban Sarkusa y que hacían casi imposible poder ver las paredes del propio Urba.

– Perdone, Chavier. ¿Cómo es posible que todas estas plantas sobrevivan bajo tierra sin luz?
– ¿Ve aquellos diminutos puntos de luz entre las hojas? Son LEDs que emiten las mismas frecuencias de luz que el sol y que hacen posible la fotosíntesis de las plantas. Gracias a ellas podemos respirar en Sarkusa y nos sirven de alimento.
– Pero todos estos LEDs requerirán un gran consumo de electricidad… ¿Cómo se puede generar tal cantidad de energía bajo tierra?
– No lo hacemos bajo tierra. Cada edificio de la antigua ciudad que se eleva encima de nosotros está sembrado de pequeñas turbinas que el viento hace girar y que generan todas ellas la energía suficiente para iluminar toda Sarkusa. Cada edificio es una pequeña central eléctrica. “El viento nos quitó Zaragoza, pero nos dio Sarkusa” se suele decir por aquí.
– Es impresionante. ¿Cuánta gente vive en la ciudad? -preguntó Jean sin dejar de mirar las paredes del Urba.
– Hemos llegado a ser varios miles, pero ahora en la actualidad no somos más de 200 habitantes.
– ¿Por qué?
– Nadie lo sabe. Las mujeres han dejado de tener hijos, y los pocos que nacen son muy débiles y muchos mueren a los pocos meses. A su vez, la gente muere antes de llegar a viejos. No se ha encontrado aún la causa, si es que la hay. No es una infección ni un virus, ya que no hay síntomas de fiebre ni contagio. Quizás simplemente la hora de Sarkusa se esté acabando.
– Es muy triste… -dijo la doctora-. ¿Por eso me han hecho venir?
– No doctora. Su presencia aquí es por algo aún más grave y urgente. Algo de lo que no me gustaría hablar hasta que no lleguemos a la Sala de Gobernación.

Al adentrarse en la ciudad subterránea atravesando el gran canal subterráneo, empezaron a encontrarse con otros habitantes de Sarkusa. Todos ellos entraban y salían del Urba a través de orificios en los muros que daban a otros túneles secundarios. Algunos se ocupaban de mantener los jardines del Urba, otros transportaban grandes cajas de un lugar a otro y unos pocos andaban de un lado a otro con escaleras, cables y herramientas.

Cuando llevaban algo más de media hora andando, entraron en uno de los túneles secundarios del Urba. Comenzaron a bajar por unas escaleras escavadas en la roca y llegaron a un gran recinto diáfano lleno de columnas,

– Esta es una de las salas superiores del Palacio de la Gobernancia -Explicó Chavier a la doctora.
– ¿La gente de Sarkusa ha construido este lugar? -preguntó Jean asombrada.
– No doctora. Como toda Sarkusa, o al menos su mayor parte, ya estaba construida en tiempos de la antigua Zaragoza -dijo Chavier mientras miraba a su alrededor-. Cuando el río se secó y el viento arrastró la arena hasta aquí, los pocos que quedamos tuvimos que refugiarnos bajo el subsuelo, aprovechando las estructuras de la antigua ciudad. Nuestras casas se encuentran en los antiguos garajes, sótanos, alcantarillas, parkings y túneles de la ciudad. Fuera es imposible respirar por culpa de la arena, el agua se evapora en segundos y perderse en la ventisca puede suponer la muerte en cuestión de horas.
– Es fascinante -dijo la doctora admirando las columnas e intentando adivinar qué sitio habría sido este en tiempos de la antigua ciudad. Quizás incluso su abuelo habría podido pisar el mismo lugar años antes de emigrar.
– Por favor, sígame. Tenemos muchas cosas que hablar -dijo Chavier mientras avanzaba hacia unas escaleras que comenzaban en uno de los rincones de la gran sala.

Jean le siguió y estuvieron bajando varios pisos en los que se podían ver grandes espacios con columnas similares a las que había visto en el primero de ellos. Por fin, en el quinto nivel, el gran espacio que esperaba encontrar se había convertido esta vez en un laberinto de paneles y salas improvisadas creadas entre las columnas. Había personas en ellas sentados en el suelo, hablando, discutiendo, incluso comiendo. Muchas de ellas tenían vasos con un líquido amarillo-verdoso que bebían mientras conversaban. Nada más entrar en el recinto, un hombre, se aproximó a ellos y saludó a Chavier.

– Gobernador, bienvenido. ¿Quiere una taza de Telio?
– Hola Naxo. Te presento a la doctora Jean. Ha venido a ayudarnos con el problema de los jardines interiores. Vamos al salón de Gobernancia. ¿Puedes traer dos Telios y unirte a nosotros?
– Claro, gobernador. Encantado de conocerle doctora -dijo Naxo mientras sonreía a la doctora dejando ver su maltrecha dentadura.

Chavier avanzó a través de los pasillos creados entre las columnas por paneles de madera y ladrillo seguido en todo momento por Jean.

– ¿Es Naxo su ayudante? -preguntó finalmente la doctora.
– Es más que eso. Dentro de unos años, es posible que se convierta en el gobernador se Sarkusa.
– He oído que el Sarkusa la organización es por familias. ¿Es Naxo su hijo?
– No, doctora. Aunque está en lo cierto con respecto a las familias, en el caso del gobernador, nos está prohibido tener familia o descendencia. Eso nos mantiene parciales ante los conflictos que suelen surgir entre los gremios y familias de la ciudad.
– Entonces, ¿no pueden tener ningún lazo familiar? ¿Ni siquiera una pareja? ¿Qué hay de los padres?
– Mis padres murieron cuando yo aún era pequeño y al que llamé toda mi vida Padre en realidad me adoptó. Él fue el primer gobernador de Sarkusa y quien hizo posible todo lo que ve. Yo intenté hacer lo mismo con Naxo, aunque a veces… -Chavier dudó un momento-. Confío en que con el tiempo se convierta en un buen gobernante. Sus padres murieron también cuando era joven y yo le adopté, poniendo todas mis esperanzas en él.

Chavier continuaba hablando cuando llegaron a una sala hecha cerrada entre las columnas con ladrillos. Dentro había un recinto relativamente grande y bien iluminado con unas sillas y las paredes llenas de libros antiguos. Tras ellos entró Naxo con una bandeja con unos vasos de esa bebida que Jean había visto beber a la gente en las salas.

– Doctora, -dijo Naxo mientras le ofrecía una de las tazas- espero que esté a su gusto.

La doctora cogió la taza mirando a Naxo con más detenimiento. Tenía el pelo escaso y lacio, aunque el poco que tenía le caía hasta los hombros. La cara la tenía llena de manchas en la piel y apenas conservaba 7 o 8 dientes. Sin embargo, aunque parecía delgado y débil, su mirada decía lo contrario. A Jean le dio un escalofrío cuando, tras coger la taza, Naxo le sonrió mientras lanzaba una fugaz mirada a sus pechos. Era una de esas sonrisas de sátiro que le helaban la sangre. Intentando que no se notase su incomodidad intentó desviar la atención sobre otra cosa.

– ¿Qué es esto? -dijo refiriéndose a la taza.
– Esto es Telio, doctora -dijo Chavier-. Es una mezcla de té, tomillo y otras hierbas aromáticas que se cultivan en Sarkusa. Ayuda a mantener el buen estado y a soportar el frío y la humedad de algunas partes de la ciudad.

Jean lo olió y pudo sentir como una agradable sensación la invadía. Tomó un sorbo y distinguió una gran colección de plantas aromáticas en perfecta armonía, aunque sin que ninguna destacase sobre otra y creando un sabor característico.

– ¡Está delicioso! -dijo al fin.
– Me alegro que le guste doctora -dijo Chavier-. Si no le importa, me gustaría poder hablarle del asunto por el que la hemos hecho venir.
– Por supuesto. Por favor, háblenme de su problema. Ha comentado que era urgente.
– Como ha podido observar, Sarkusa necesita de las plantas y el agua para sobrevivir -explicó Chavier-. Nuestra gente se alimenta de las cosechas subterráneas que cultivamos durante años. Hemos llegado a un equilibrio en la dieta que asegura las proteínas, minerales e hidratos de carbono suficiente para el desarrollo saludable de la gente de nuestra comunidad, pero… -Chavier dudó un momento antes de continuar.
– Las cosechas están muriendo -interrumpió Naxo-. Las hojas se caen, ¡se secan sin más!
– Un momento -interrumpió la doctora-. ¿De qué tipo de cosechas estamos hablando?
– Nuestro pueblo cultiva todo tipo de hortalizas, legumbres y cereales en los jardines interiores -explicó Chavier-. Sin embargo, todas ellas han comenzado a morir. Comenzaron los árboles frutales, después los cereales… Si siguen así, es posible que no podamos alimentar a la ciudad este invierno.
– ¿Tienen suficiente agua?
– Sarkusa es agua, doctora -dijo Chavier-. No hay una sola gota de agua que salga de la ciudad. Toda el agua vuelve a Sarkusa por medio de un sistema de tuberías y canales. Incluso cuando la gente muere, se utilizan sus fluidos y restos para poder conservar el agua en nuestra ciudad.
– Debería ver los jardines por mi misma. Es posible que haya algún parásito, o un hongo que esté matando las cosechas.
– Sólo díganos cuando quiere ir y la levaremos hasta allí -dijo Chavier.
– Si es posible y viendo la gravedad de la situación, me gustaría poder verla ahora mismo.

Los tres salieron del salón de Gobernancia y se dirigieron de nuevo escaleras arriba al Urba. Allí, tras andar de nuevo un buen rato llegaron a un punto en el que la gran arteria de la ciudad bajaba en una pendiente pronunciada varias decenas de metros y giraba bruscamente a la izquierda. Cuando la doctora giró pudo ver una gran extensión subterránea llena de árboles, huertas y campos de cultivo. Era como estar en medio de un prado, aun sabiendo que estaba varias decenas de metros bajo tierra.

– Estos son los jardines interiores, doctora -dijo Chavier-. Justo encima de nosotros está el lecho seco del río Ebro. Estas son las tierras más fértiles que pueda encontrar en la antigua España y de donde salen las cosechas que alimentan a toda Sarkusa.
– Son impresionantes -respondió la doctora maravillada.
– Hace unos años eran aún más grandiosas -dijo Naxo detrás de ella sorprendiéndola y poniéndola de nuevo a la defensiva-. Solíamos tener 3 y hasta 4 cosechas al año. Ahora está la mitad muerto y la otra mitad muriéndose.
– ¿Quién cuida de los jardines?
– El gremio de los jardineros está compuesto por tres familias -explicó Chavier-. Sin embargo, hoy están trabajando en el Urba. Las tareas las hacen siempre en grupos numerosos para ser más efectivos. Sin embargo, han tenido algunas desgracias en las familias últimamente y están perdiendo gente.
– Necesitaría hablar con ellos y ver su forma de trabajo en el terreno. ¿Mañana estarán trabajando aquí?
– Sí, mañana trabajan -contestó Naxo de nuevo desde la espalda de la doctora. Estaba tan cerca del cuello de ella que casi podía sentir su aliento.
– Bien -dijo volviéndose bruscamente-. En ese caso, mañana por la mañana vendré y trabajaré con ellos para encontrar una explicación a las malas cosechas. Ahora necesito descansar, el viaje ha sido duro y…
– No se preocupe, doctora -dijo Chavier-. Le hemos preparado un habitáculo en el centro de la ciudad.

Salieron de los jardines interiores y se dirigieron de nuevo a través del Urba hasta otro de los túneles que desembocaban en él, cerca del que daba al palacio de la Gobernancia. A través de este pequeño túnel, llegaron a un habitáculo de unos 20 metros cuadrados con paredes de hormigón. Posiblemente el sótano o la sala de calderas de una antigua vivienda.

– Esta será su hogar mientras esté aquí, doctora -dijo Chavier-. Tiene cama, ducha, baño y una pequeña cocina. También hemos preparado en aquel rincón un pequeño sitio por si quiere llevar a cabo sus experimentos o pruebas.
– Muchas gracias, Chavier. Parece muy acogedor.
– Siento no poder ofrecerle algo más grande, pero las familias y gremios tienen la mayoría de las instalaciones habitables de la ciudad. Espero que se encuentre cómoda aquí.
– No necesito más que esto. Es usted muy amable -dijo la doctora mientras los despedía desde la puerta.
– La vendré a recoger mañana a primera hora para acompañarla a los jardines interiores -dijo Chavier-. Allí podrá hablar con toda libertad con el gremio de los jardineros.
– Estaré lista a primera hora. Hasta mañana.

La doctora cerró la puerta y observó con más detenimiento la habitación. Era un pequeño recinto rectangular con una cama en un extremo y la cocina en otro. Entre ellas había una pequeña mesa con algunos cubiertos y al lado una pequeña nevera. Al lado de la cama había una puerta que daba a un pequeño cuarto de baño improvisado con una pared de ladrillos y enfrente de la cocina una larga mesa de madera pegada al muro principal que daba al exterior.

Al lado de la cama habían dejado las botellas de agua que había traído consigo y un baúl que había preparado con algo de ropa y material de laboratorio para realizar pruebas y cultivos. Aunque estaba cansada, se puso a ordenar los materiales y los dispuso a lo largo de la mesa que le serviría como laboratorio improvisado. Después de esto abrió la nevera y encontró un par de piezas de fruta y un par de tomates que preparó con un poco de sal para cenar para antes de acostarse.

Sólo le quedaba darse una ducha y echarse a dormir hasta el día siguiente. Jean fue hasta el cuarto de baño y preparó una toalla, el neceser con sus cremas y los jabones de aseo. Se quitó la ropa y se miró al pequeño espejo que había encima del lavabo. Para tener casi 40 años se conservaba bastante bien. Tenía el pelo castaño claro recogido con una pequeña coleta y los ojos grandes y verdes. Había pasado su vida estudiando hasta conseguir la cátedra en biología en la universidad de Toulouse, al sur de Francia. Había tenido algún que otro noviazgo, pero no había funcionado, y cada ruptura en su vida sentimental le había hecho sumergirse más y más en el mundo académico de la universidad y endurecer el caparazón que mostraba a los hombres en las primeras citas.

Aun así, Jean no perdía la esperanza de encontrar al hombre de su vida. Se cuidaba y hacía ejercicio. Tres veces por semana iba a nadar y en primavera y otoño solía salir a correr a los parques de su ciudad. Sólo su nariz rompía la armonía de su cara, aunque ella decía que le gustaba y que le daba personalidad. No es que fuese excesivamente grande, pero quizás algo aguileña y a primera vista no solía gustar mucho a los hombres, aunque había sabido compensarlo con inteligencia y buenas dosis de humor.

Jean se metió en la ducha y abrió el agua caliente. Una nube de vapor caliente de agua comenzó a llena la habitación y dejó que el agua, casi hirviendo, le cayese por la cara y el cuerpo relajando sus músculos. El viaje había sido largo y estaba aprovechando cada gota para quitarse el cansancio y los granos de arena que se habían pegado a su piel y a su pelo. Estaba a punto de coger el bote de champú cuando una corriente de aire frío le recorrió la espalda. Se volvió pero no le dio tiempo a ver nada. Sólo una silueta que avanzaba hacia ella en la nube de vapor y que la empujó contra el suelo frío del baño. Al caer se golpeó las rodillas y el pecho contra el suelo, pero el frío la hizo reaccionar.

– ¡No digas nada, doctora! -grito su atacante.

De repente un escalofrío de miedo y repulsión, como si le hubiesen dado una descarga eléctrica, recorrió el cuerpo de la doctora. Era la voz de Naxo. No podía soportar sentir sus manos sujetando su cuerpo contra el suelo. No podía consentir lo que estaba a punto de pasar.

– ¡Suéltame! ¡Qué estás haciendo!
– Vamos, doctora… ¡He visto como me mirabas! -dijo Naxo mientras intentaba bajarse los pantalones.

En ese momento, aprovechando que estaba cubierta de jabón, usó todas sus fuerzas para girar y empujar a su agresor contra la pared. Sólo tenía unos segundos para poder escapar, así que salió corriendo del baño intentando no resbalar en el suelo. Giró hacia la puerta, pero notó que algo le agarraba por el tobillo y cayó de nuevo al suelo golpeándose la cara contra la mesa sobre la que había dejado los instrumentos.

De nuevo Naxo saltó sobre ella, intentando sujetarla del pelo y golpeando su cabeza contra el suelo. En ese momento la mano de Jean encontró algo al lado de la pata de la mesa, algo que se había caído al golpearse con ella. Sin pensarlo lo agarró y golpeó la pierna de su agresor con él varias veces mientras este seguía gritando y sujetándola. De repente la soltó y ella se dio la vuelta para seguir golpeándole con aquello que tenía en la mano. Lo hizo varias veces en la cara y en el pecho hasta que se dio cuenta que era un bisturí para recoger pruebas.

Naxo estaba sangrando intentando defenderse y sujetarla a la vez. Ella tenía las manos y el cuerpo lleno de sangre, en parte suya y en parte de su agresor. En un acto instintivo lanzó un último corte al cuello de Naxo y salió corriendo por la puerta, desnuda y cubierta de sangre.

Recorrió los pocos metros que separaban su habitación del Urba tanteando las paredes porque la sangre que aún le salía de la cabeza le entraba en los ojos y le hacía difícil ver hacia donde se dirigía, intentando siempre ir hacia la luz que provenía del gran túnel. Una vez llegó allí la luz la cegó y se dejó caer en la tupida hierba del Urba. Escuchaba voces a su alrededor, pero no lograba reconocerlas. Todo comenzó a volverse borroso y oscuro. Su cuerpo dejo de pesar y se dejó llevar por un cálido sueño mientras escuchaba el susurro de los canales de Sarkusa.

Sarkusa (II): Bajo los Túneles

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  1. 07/02/2010 en 1:10 pm

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