Inicio > relatos > Sarkusa (II): Bajo los Túneles

Sarkusa (II): Bajo los Túneles

Descargar E-Book

Anteriormente: Sarkusa (I): Bajo la Arena

II – Bajo los Túneles

Un escozor en el pómulo despertó a Jean. Casi no podía abrir los ojos de lo inflamados que los tenía y notaba como sus rodillas y espalda palpitaban con un dolor sordo y constante. Se incorporó un poco y a contraluz pudo ver el rostro de una mujer gruesa y entrada en años que sostenía un algodón ensangrentado y un bote de alcohol.
– No te muevas, cariño -dijo con tono maternal-. No deberías levantarte aún. Trata de descansar.
– ¿Dónde estoy?
– Estás en Sarkusa, querida.
– No… ¿Qué es este lugar? -Jean intentó forzar sus ojos para abrirlos lo suficiente como para poder ver en la penumbra que había en la habitación.
– Esto es un antiguo hospital. Y el único sitio donde aún queda algo para tratar los cortes y heridas que tengo que curar habitualmente. O al menos, es lo único que sé como utilizar.
– Creí que el hospital estaba abandonado -dijo Jean dejándose caer de nuevo sobre su espalda con un gesto de dolor al sentir de nuevo los moratones.
– Este es otro hospital, cariño. Antes solía servir para enseñar a los futuros médicos, dentro de la universidad… Si por lo menos hubiesen dejado algo más antes de irse…
– Me duele mucho la cabeza -dijo Jean cerrando los ojos intentando recordar por qué se encontraba en esa situación.
– Duerme un poco querida. Lo vas a necesitar.

Jean volvió a abrir los ojos. No sabía si habían pasado cinco minutos o varios días. Se incorporó con cuidado y pudo notar que la mujer con la que había hablado ya no estaba. Se encontraba tumbada en una especie de camilla antigua en una habitación con muros de hormigón y una puerta de madera. Las paredes estaban desnudas. No había nada salvo la camilla en la que se encontraba y un pequeño retrete en una de las esquinas.

Jean trató de bajar de la camilla, pero al apoyarse notó un tremendo latigazo en su mano derecha. Tenía el meñique y el anular rotos, y un profundo corte en la palma de la mano. Desistió y permaneció tumbada en la camilla tratando de averiguar cómo había llegado allí.

Tenía golpes en la cara y en los brazos. Podrían haber sido heridas defensivas, pero ¿contra qué? También tenía en las rodillas unas heridas abiertas que empezaban a cicatrizar. Es posible que llevase entre unos 4 y 5 días allí, teniendo en cuenta la evolución de las heridas. La fractura de los dedos de la mano no había sido reducida y seguían en una posición antinatural, torcidos hacia fuera por una de las falanges. Jean sabía que debía enderezarlos si quería algún día poder volver a utilizar la mano derecha. Cogió parte del camisón que llevaba puesto, se lo puso entre los dientes y lo mordió con fuerza. Después, con la mano izquierda cogió los dedos rotos y tras armarse de valor tiró con fuerza hasta escuchar un chasquido en ambos a la vez.

El dolor era insoportable. Mordió el trozo de tela que tenía en la boca con tanta fuerza que las lágrimas empezaban a caer por sus mejillas, haciendo que toda su cara escociese debido a la sal y la herida aún abierta que tenía en el pómulo. Jean lanzó un grito de desesperación y dolor, y lloró desconsolada en la camilla hasta que se quedó de nuevo dormida.

En su sueño, Jean trataba de escapar en la oscuridad de una sombra que avanzaba hacia ella a gran velocidad y que no podía ver. Corría y miraba una y otra vez atrás, cayéndose y levantándose continuamente. Podía notar como algo la agarraba por el tobillo y ella trataba de huir lanzando patadas al aire y apoyándose con las manos en el suelo. De repente notó como la bestia saltaba sobre ella, clavando las garras en su espalda. Ella se volvió y degolló el cuello del animal con un cuchillo que llevaba en la mano. Cuando se libró de él, lo apartó de un empujó pero vio que no se trataba de una bestia, sino de un hombre. Un hombre que acababa de conocer.

Jean despertó sobresaltada. El corazón parecía que se le iba a salir del pecho, los pulmones le ardían y tenía ganas de vomitar. Por fin recordaba quién le había hecho esto. Naxo había intentado violarla en su habitación y ella había conseguido escapar. Se levantó de la camilla y trató de caminar hacia la puerta. Tenía que salir de allí, tenía que contarle a Chavier lo que había pasado. Tambaleándose llegó a la puerta de madera e intentó abrirla sin éxito. Tiró y empujó el pestillo pero estaba cerrada con llave. Una vez más, el pánico se apoderó de ella y empezó a golpear la puerta con su mano sana y a gritar. Nadie contestaba. Cansada y dolorida Jean se dejó caer en el suelo de hormigón y comenzó a llorar de nuevo, esta vez con rabia y enfado, y una sensación de impotencia que pesaba más de lo que ella podía soportar.

Entonces, la puerta se abrió y apareció la mujer mayor que había visto antes en la habitación rodeada de otros dos hombres corpulentos y con gesto amenazante.
– ¡Ayúdame, por favor! -Dijo Jean a la mujer- ¡Han intentado violarme!
– Cariño, no deberías haberte levantado -dijo la mujer mirándola casi con lástima.
– ¡Ayúdame! Por favor… -repetía Jean mientras lloraba en el suelo, sucia y llena de heridas abiertas por todo el cuerpo.
– No puedo hacer nada, cariño. Será mejor que vuelvas a la cama y descanses. Es lo mejor que puedes hacer.

Los hombres que venían con la mujer cogieron a Jean por los brazos y la llevaron casi en el aire de nuevo hasta la camilla.

– ¡Quiero salir de aquí! ¡Quiero irme a mi casa! -Lloraba Jean.
– Eso no es posible cariño. Has matado al aspirante a gobernador de Sarkusa. El castigo por ello es la pena de muerte.
– ¿Pena de muerte? ¡Intentó violarme! Intentó violarme… -Repetía entre sollozos Jean.
– ¡La ley de Sarkusa es también para los extranjeros, zorra! -escupió uno de los guardias.

Jean seguía llorando, acurrucada de lado en la camilla cuando la mujer y los guardias salieron de la habitación. Pudo oír la llave de la puerta al cerrarla por fuera y como los pasos se alejaban. Siguió llorando hasta que se quedó de nuevo dormida, pensando que no volvería a ver a sus padres ni a sus amigos. Había tantas personas a las que no iba a poder besar ni abrazar de nuevo, decir ni siquiera adiós…

De nuevo, un escozor agudo, esta vez en su rodilla, despertó a Jean. La mujer estaba de nuevo curando sus heridas con un bote de alcohol y un algodón.

– Tienes que ayudarme a salir de aquí -dijo Jean a la enfermera.
– Cariño, no creo que eso sea posible.
– No lo entiendes, ¡si no salgo de aquí me matarán!

La enfermera miró a la cara a Jean y con su mano acarició el pelo y la cabeza de la doctora.

– Te pareces mucho a mi hija. Pobrecilla… -dijo mientras perdía la mirada y comenzaban a brillarle los ojos.
– ¿Cómo se llama tu hija?
– Se llamaba Alicia. Era como tú. Joven, guapa, fuerte…
– ¿Era?
– Cuando cumplió los 30 años decidió independizarse e irse a vivir a una pequeña casa en el centro de Sarkusa. Le hicimos una bonita fiesta de despedida -la mujer sonrió dejando escapar una lagrima-. A la mañana siguiente la encontraron en los jardines interiores de Sarkusa. Tenía heridas por todo el cuerpo. Estaba desnuda, tenía la cabeza abierta y las rodillas destrozadas. Como tú… ¿Te he dicho que te pareces mucho a mi hija?
– ¿Cuánto tiempo hace de eso?
– Un par de años, tres quizás. El tiempo… todo ha dejado de tener importancia a partir de entonces.
– ¿Cómo te llamas? -preguntó Jean.
– Xara.
– Muy bien Xara. No tienes por qué preocuparte -le dijo Jean cogiéndola de la mano-. Quien le hizo eso a tu hija me lo intentó hacer a mí también, pero no lo consiguió. Ahora tiene su merecido.

Xara rompió a llorar y dejó caer el algodón y el bote de alcohol que tenía en la mano.

– Xara, necesito pedirte un favor. Tienes que dejarme salir de aquí -le dijo Jean mientras le miraba a los ojos intentando conseguir un rayo de compasión.
– No puedes salir. Te han condenado a muerte -dijo Xara apartando la mirada-. El único que puede dejarte salir es el propio gobernador.
– ¿Chavier?
– Sí, el gobernador Chavier… ¿Te he dicho que te pareces mucho a mi hija?
– Xara, por favor. Tienes que dejarme salir de aquí.
– Los guardias te matarían incluso antes de cogerte. Tengo que cuidar de ti…
– ¡Xara, si no me dejas salir, estoy muerta!

La enfermera dio media vuelta y se dirigió de nuevo a la puerta.

– No puedes salir, te matarían, mi niña -dijo balbuceando-. Debes descansar.

Jean intentó contestar, pero la mujer se había ido ya y había cerrado de nuevo la puerta con llave. ¿Era posible que no hubiese sido la primera víctima de Naxo? Pobre chiquilla… Al menos ella había podido defenderse. Un escalofrío recorrió todo el cuerpo de Jean. Ahora podría estar muerta, de no haber sido por el escalpelo que había caído accidentalmente de la mesa. Estaba viva de milagro, aunque no por mucho tiempo si no encontraba la forma de escapar. Pero aún así, ¿Cómo podría escapar de la Sarkusa? Si salía al exterior tenía que enfrentarse al viento y a un desierto de arena de más de 100 kilómetros en todas las direcciones. La única oportunidad que tenía de volver a su ciudad era hablar con Chavier y conseguir el indulto.

Jean permaneció tumbada intentando encontrar la forma de llegar al gobernador sin que la matasen antes los guardias. Aún así, ¿por qué iba Chavier a salvarla? No pensaba que un simple “lo siento” fuese a ser suficiente. Aún así, era lo único que tenía. Era eso, o la pena de muerte.

Tras muchas horas dándole vueltas, Jean cayó de nuevo dormida.

– Hija mía, te he traído algo de comer. Debes de estar hambrienta -la voz de Xara despertó a Jean. Traía una bandeja con un termo, un vaso de telio y una hogaza redonda de pan. Jean no había comido nada desde que estaba en esa habitación y de repente sintió todo el hambre que no había tenido los días anteriores.
– ¡Xara! Tienes que dejarme salir…
– Shhh… Todo va a salir bien, cariño -dijo Xara sonriendo-. Bébete esto, que seguro que te encontrarás mejor -dijo mientras tendía a Jean el vaso de telio.

Jean lo bebió de un trajo. Estaba caliente y una sensación cálida y revitalizadora la envolvió. ¿Cuánto llevaba allí sin comer ni beber nada? No sabía si habían pasado 1, 2 o incluso 5 días. Había perdido totalmente la noción del tiempo. La sensación de vacío en el estomago se acentuó con la bebida y cogió el pan con las dos manos, intentando no forzar los dedos que aún tenía doloridos. Dio un mordisco al pan mientras Xara llenaba de nuevo el vaso con más telio que había traído en un termo. Entonces, Jean notó algo dentro del pan, algo duro y alargado. Jean no podía creerlo. Hizo un pequeño agujero entre la miga del pan y vio el comienzo una pequeña llave de metal. Jean abrió los ojos con sorpresa y miró a Xara incrédula.
– No te preocupes, mi niña. Todo va a salir bien -dijo con una sonrisa de complicidad.
– Gracias… -dijo Jean con lágrimas en los ojos.
– Shhh… Tienes que descansar. Bebe un poco más de telio, te sentará bien.
– Tengo que salir de aquí…
– Shhh… -Xara le puso la mano con delicadeza en el hombro deteniéndola-. Espera a que salga. Cómete esto primero. Tienes que aprovechar que los guardias salen conmigo. Cuídate mucho hija mía…

Las dos mujeres se fundieron en un abrazo llorando las dos. Xara dejó el termo y la comida en la camilla de Jean y salió por la puerta, echando antes un último vistazo a Jean como si hiciese años que no la veía, o como si supiese que no la volvería a ver nunca.

Jean cogió la hogaza de pan y el termo y se fue hasta la puerta. Apoyó la oreja contra la madera y escuchó a Xara hablando con los guardias al otro lado. No podía entender lo que decían, pero sabía que debía estar atenta para aprovechar la primera oportunidad que tuviese para escapar. Durante un rato continuó pegada a la puerta comiendo el trozo de pan que quedaba y bebiendo directamente del termo. Al rato, la voz de Xara comenzó a alejarse y la doctora se puso en tensión. Sólo tendría una oportunidad. Entonces, a lo lejos escuchó los gritos de una mujer. ¡Esa era la señal que estaba esperando!

Oyó a los guardias alejarse al otro lado de la puerta y cuando consideró que estaban lo suficientemente lejos, abrió la puerta con la llave que había encontrado en el pan. Una sensación de alivió la invadió a la vez que sentía como las piernas le flaqueaban. No podía dejar escapar la oportunidad. Se asomó por la puerta y vio a Xara en el suelo al fondo de un largo pasillo gesticulando y a los guardias que corrían en su ayuda. Miró a su alrededor y sólo pudo ver otra unas escaleras al otro lado del pasillo. Salió de la habitación, cerró la puerta con cuidado y comenzó a subir por las escaleras.

Estaba descalza y le dolían las rodillas y la espalda. La cabeza le palpitaba con fuerza, como si le fuese a explotar, pero debía olvidar todo eso y salir de allí. Su instinto de supervivencia era mayor que todo eso. Subió el primer tramo de las escaleras apoyándose en la barandilla y llegó a otro pasillo totalmente vacío. Más arriba escuchó a gente bajando las escaleras y decidió adentrarse en el pasillo. Parecía desierto y estaba lleno de puertas viejas y con letreros ilegibles que sucedían a lo largo de los muros de hormigón, pero era mejor un pasillo vacío que encontrarse con los guardias cara a cara en la escalera.

Jean avanzaba entre las sombras y pegada a la pared, intentando estar siempre preparada para esconderse ante la posible aparición de alguno de los guardias. Era posible que aún no supiesen que había escapado, sin embargo, si alguien la veía con el camisón, levantaría demasiadas sospechas.

Continuó avanzando y pudo ver en una de las puertas abiertas una especie de cuarto de mantenimiento, lleno de utensilios de limpieza, botes de plástico y estanterías rotas. Entre los trastos, tirado en el suelo, pudo ver un mono azul viejo, pero que le serviría al menos para quitarse el camisón de hospital. Estaba lleno de polvo y suciedad. No quería ni siquiera pensar en las posibles infecciones que podría ovacionar en sus heridas aún abiertas. La tela estaba dura y fría y escocía terriblemente cuando rozó sus rodillas al ponérselo. Las mangas no fueron fáciles tampoco debido a los dos dedos rotos de su mano, pero una vez dentro del mono, Jean se sentía mucho más tranquila. Cogió también unas botas abandonadas que, aunque le venían muy grandes, eran mucho mejor que ir descalza.

Salió de nuevo de la habitación y siguió avanzando por el pasillo. A la izquierda se abría un nuevo corredor. Al fondo, le pareció ver luz. ¿Qué debía hacer? La luz implicaba que habría gente y que se dirigía hacia el centro de Sarkusa, pero a la vez, podría haber guardias. Era arriesgado, pero quedándose en ese hospital abandonado nunca conseguiría llegar a Chavier. Se armó de valor y con la confianza que le daba el mono que llevaba puesto se dispuso a avanzar por el nuevo pasillo.

Era más estrecho que el anterior, y no tenía puertas a los lados. Conforme avanzaba comenzó a escuchar unos golpes metálicos y un ruido de chasquidos y siseos de fondo. Conforme más se acercaba, más fuerte era el ruido, que procedía del fondo del pasillo. Jean llegó a la puerta y echó un vistazo a su alrededor. Era una habitación pequeña con dos puertas a los lados. En el interior había estanterías y mesas llenas de bobinas de cables, aros metálicos y una especie de cucharas con el cazo semiesférico y unidas por los extremos.

– ¡Hey, tú! -a Jean se le heló la sangre. Se volvió y vio en el otro extremo de la habitación un chico de unos 20 años entrando por la puerta y llevando un montón de tubos y hierros entre los brazos con grandes esfuerzos-. ¡Ayúdame con esto!

Jean suspiró aliviada. Por lo visto, el chico no la había reconocido e incluso es posible que no supiese quien era y que estaba condena a muerte. Se acercó al él y cogió alguno de los tubos metálicos que llevaba entre los brazos, intentando disimular el dolor en la mano derecha y el la espalda. Eran sorprendentemente pesados.

– Venga, vamos a la caldera -dijo el joven-. Por cierto, no me suena tu cara. Por el mono, debes ser del grupo eléctrico, ¿no? Yo soy Lux, de mecánica.
– Encantada, Lux -dijo la doctora mientras seguía al joven a través de la habitación-. Yo soy Jean -dijo arrepintiéndose al momento de haber delatado su verdadero nombre con tanta facilidad.
– Encantado, Jean. A veces me sorprende lo poco que nos conocemos los diferentes grupos del gremio de ingenieros. ¿Es la primera vez que te mandan a mecánica?
– Sí, así es. La verdad es que nunca había estado por aquí -dijo Jean mientras trataba de llevar los tubos metálicos a través de un nuevo pasillo.
– Ahora verás la sala de calderas. Es el punto desde el que se calienta a toda Sarkusa y se crean las piezas para los rotores de los generadores, especialmente los contrapesos. Ya sabes que si no están bien diseñados y nivelados el rotor puede romperse cuando hay ventisca fuerte.
– ¿Para qué sirven los contrapesos de los que hablas?
– ¿Y tú eres ingeniera eléctrica? Sin los contrapesos las turbinas girarían con más o menos fuerza dependiendo de las rachas de viento. Con los contrapesos circulares, la inercia de los mismos hace que giren a una velocidad constante, creando una diferencia de potencial continua con la que alimentar las baterías principales que dan luz y energía a Sarkusa.

Estaba hablando de los rotores y los contrapesos cuando llegaron a una sala con unos grandes hornos. Jean pudo ver al menos 8 a pleno rendimiento y otros 4 que parecían no estar encendidos en ese momento. Desprendían un color rojo brillante y se podían escuchar los chasquidos del material ardiendo en su interior. En el lado opuesto de la sala había unas mesas de trabajo con lo que Jean pudo distinguir como moldes de barro con unas asideras de metal bajo los que pasaba un canal de agua corriente.

– Puedes dejar el plomo aquí, gracias por echarme una mano. -dijo el joven.
– ¿Plomo? -dijo sorprendida Jean.
– Pues claro, ¿Qué esperabas? Es lo suficientemente pesado como para crear la inercia en los rotores, se funde con facilidad y se puede encontrar por todos sitios en Sarkusa.

Jean miro a su alrededor de nuevo y vio como un grupo de ingenieros fundía las tuberías que habían transportado en los hornos y a los pocos minutos vertían el metal líquido en los moldes. El plomo adquiría la forma circular del surco perfectamente dibujado en el barro cocido. Después, sumergían los moldes en el canal de agua que había bajo los bancos de trabajo para enfriar las piezas y las dejaban caer después en la mesa de trabajo para darles los últimos retoques a mano.

– ¿Dónde va esa agua después? -preguntó Jean señalando al canal de agua.
– A donde va toda el agua de Sarkusa -dijo Lux-. Al Urba.
– …Y de allí a las casas y los jardines interiores -dijo para sí misma Jean-. Plomo…

Jean comenzó a entender por qué Sarkusa estaba muriendo poco a poco. Por qué los jardines dejaban de dar cosechas, por qué los niños nacían débiles y morían. Eso explicaba también por qué todos parecían tener ese aspecto pálido, débil y a veces parecían ausentes y despistados. La gente no sólo bebía agua contaminada, sino que las propias cosechas que alimentaban a toda Sarkusa estaban contaminadas con metales pesados.

Sabía que debía hablar con Chavier urgentemente. Ahora tenía algo que ofrecerle a cambio de su libertad: la supervivencia de Sarkusa. Pero, ¿cómo podría llegar a la sala de gobernación sin que los guardias la mataran antes?

Sarkusa (III): Sobre el Urba

Anuncios
Categorías:relatos
  1. Aún no hay comentarios.
  1. 21/02/2010 en 5:05 pm

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: