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Sarkusa (III): Sobre el Urba

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III – Sobre el Urba

El calor era abrasador y el sudor que caía por la cara y la espalda de Jean hacía que reviviera el dolor de sus heridas con un escozor salado. Con la manga del mono se frotó la frente y la cara, arrancándose parte de la sangre seca que cubría sus heridas dejándolas de nuevo al descubierto.

– Lux, -dijo volviéndose al joven- debo hacer unas reparaciones en el Palacio de Gobernación. Había venido a por algo de cable, pero me he perdido. ¿Cómo puedo llegar de nuevo al Urba?
– Es fácil. Sólo tienes que seguir los canales de agua.
– Claro… Será mejor que me vaya, me estarán esperando. -Jean de dio la vuelta y comenzó a cruzar la sala llena de calderas en la que estaba.
– ¡Espera! -La sangre de Jean se heló por un segundo. Tuvo la tentación de correr, pero el miedo la paralizó-. ¡Te olvidas el cable! – Jean cerró los ojos y lanzó un suspiro.
– ¡Claro! ¡Pero qué tonta soy! -Dijo volviéndose hacia Lux intentando que no se notase el temblor de sus manos y piernas.
– ¿Quieres que te ayude?
– No, sólo es un poco de cable. Es una urgencia y…
– Sí, ya sé como son esas cosas -dijo el muchacho sonriendo-. ¡Será mejor que no te entretengas!

Jean entró en la habitación de la que habían venido y cogió en la penumbra un rollo de cable de un par de metros. No podía creer lo que estaba haciendo. No tenía un plan, ni sabía lo que iba a hacer una vez que llegase a Chavier, en el remoto caso de que pudiese entrar en el Palacio de Gobernación sin que los guardias la cogiesen primero.

Salió de nuevo a la sala de calderas y Lux ya no estaba allí. Comenzó a cruzar de nuevo al lado de las calderas, notando el calor incluso en aquellas que permanecían cerradas. A su alrededor, una docena de ingenieros, como parecía ser que se llamaban a sí mismos, seguían dando forma a las piezas metálicas en las mesas de trabajo mientras otros fundían más barras de plomo en uno de los primeros hornos.

Al salir de la sala de calderas, Jean pudo ver otra sala igual de grande y exactamente igual que la anterior, con grandes hornos ardiendo y gente trabajando. Esta vez los moldes eran diferentes. Las formas que dibujaban eran más pequeñas y variadas, aunque el método era siempre el mismo. Jean atravesó también esta sala-taller y otras dos más que venían tras ella, hasta que al final llegó a un pasillo de varios metros de ancho en cuyo comienzo estaban aparcados multitud de carretillas y carros improvisados.

Este debía de ser el lugar desde el que salen las piezas al resto de Sarkusa. Debía de estar cerca del Urba. Más animada, Jean comenzó a andar a buen ritmo por el túnel, pero al poco tiempo se dio cuenta de que la tela áspera y dura del mono comenzaba a rozar sus rodillas y a abrir de nuevo las heridas que tenía. Decidió parar un momento y descansar. No había nadie y parecía que no corría peligro. Se sentó dejando caer el cable que llevaba en las manos y trató de pensar un plan.

Cerró los ojos y apoyó su espalda contra la pared. Justo enfrente de ella corría un canal de agua que venía directamente de las calderas. No podía pensar. Estaba demasiado cansada y hambrienta, aunque lo peor era la sed. No podía dejar de escuchar el murmullo del agua que pasaba delante de ella. Sonaba igual que un arrollo de montaña recién salido de la tierra. La boca de Jean se comenzó a secarse por momentos. La lengua se le pegaba al paladar y notaba una sensación áspera cuando rozaba con sus dientes. Sin embargo se negaba a probar esa agua contaminada, llena de trazas de metales pesados arrastrados por la corriente. ¡A saber el plomo que habría acumulado ya su cuerpo desde que había llegado!

Pero no lo soportó más. Se arrastró gateando hasta el canal de agua olvidando el dolor que ello suponía en sus maltrechas rodillas y cogió un poco de agua con sus manos, sintiendo al instante un intenso dolor en los huesos que aún tenía rotos en la mano derecha. La miró y con un gesto de rabia la dejó escapar entre los dedos. Era incapaz de probarla. Sabía que necesitaba beber. Su cuerpo lo necesitaba, de lo contrario, sus pulmones, riñones, hígado comenzarían a fallar y moriría. Pero por otra parte, sabía que con cada sorbo de agua estaba bebiendo un veneno que la mataría con el tiempo si no conseguía salir de allí. En un nuevo intento volvió a coger agua con las manos y sin pensarlo se las llevó a la boca.

Esperaba encontrar un sabor amargo, quizás metálico, pero no notó nada. El agua era fresca y notaba como iba cayendo por su garganta llenando el vacío que había en su estómago. Sintió unas repentinas nauseas, no sabía si porque el agua estaba fría o porque inconscientemente se sentía culpable de haber bebido. Sin poder resistirlo, cogió de nuevo un sorbo más. Y otro, hasta que quedó saciada y se apoyó de nuevo en el pequeño muro del canal.

“Tengo que salir de aquí”, pensó. Ese era el único pensamiento que tenía en la cabeza. Sabía lo que el plomo podía causar. Lo había visto en sus años de estudiante, mientras hacía prácticas de campo en una zona contaminada por residuos industriales en el sur de Francia. Había hecho entrevistas a la gente de los pueblos afectados por los vertidos, había tomado muestras a las plantas y a los animales muertos que aparecían en los caminos de los alrededores. No quería acabar así, como un zorro muerto al borde de una carretera. Tenía que salir de allí.

Se levantó como pudo apoyándose en la pared, recogió del suelo el trozo enrollado de cable y continuó avanzando por el túnel. Había zonas más iluminadas y otras que se mantenían en penumbra. Las botas que llevaba le venían grandes y a cada paso que daba notaba como los pies le bailaban dentro de ellas haciéndole una terrible ampolla. Pero nada de eso importaba.

Al cabo de un buen rato andando por el desierto pasadizo, Jean pudo ver una luz al final. Estaba lejos aún, pero sabía que esa luz era finalmente el Urba. Sentía miedo y excitación a la vez. Conforme se aproximaba comenzó a ver el verde intenso de la hierba que cubría el suelo del Urba, así como las plantas que trepaban y se agarraban a sus paredes. Tenía miedo de encontrarse con algún guardia y que la llevasen de nuevo a esa sala de hospital esperando a ser ejecutada. Sin embargo, no hacía mucho que había conseguido escapar, quizás una o dos horas. Aún era posible que ni siquiera supieran que había escapado.

Al llegar al final del pasadizo, la luz del Urba la cegó por un instante. El un lateral del túnel, había colgados una serie de cascos y guantes, y debajo de ellos se amontonaban cajas de herramientas. Al otro lado el canal de agua que había seguido se hundía en la tierra para salir de nuevo al otro lado del Urba y unirse al canal principal de agua de la ciudad. Jean cogió uno de los casos, pensando que podría camuflar aún más su apariencia y tapar al menos sus heridas para no llamar la atención y se dirigió hacia la sala de gobernación.

Intentaba andar siempre muy cerca de los muros del Urba, deteniéndose de vez en cuando y haciendo como si buscase uno de los innumerables puntos de luz que se escondían tras la vegetación de los muros. Cogía el cable que tenía en sus manos y lo pegaba a la pared, como si estuviera reparando algo. Sin embargo, nadie la miraba. Todo el mundo andaba por el Urba rápidamente, corriendo, mirando al suelo y pensando en sus cosas. Algunos llevaban y traían cables, otros cestas con verduras, y otros bandejas con varios vasos de Telio. Todo el mundo tenía una ocupación, como las hormigas de un hormiguero que saben lo que tienen que hacer, siendo todas importantes, especialistas en lo que hacen, pero sin ser muy conscientes de lo que hacen los otros.

Jean fue avanzando poco a poco por el Urba, sin dejarse confiar por esa sensación de seguridad que le daba el mono de trabajo y el casco. Nadie se fija en las personas de mantenimiento, pensó. Son invisibles, realizan su tarea mientras el resto de las personas andan a su alrededor, hablan, trabajan, viven… Y Jean estaba dispuesta a aprovecharse de ello. En varias ocasiones, patrullas de guardias pasaron por delante suyo, hablando y riendo entre ellos, sin ni siquiera mirar a su alrededor. Jean se volvía y hacía como si reparase una de las luces de la pared dejando caer uno de los extremos del cable y escuchando como se alejaban hablando relajados detrás de ella.

Al llegar al Palacio de Gobernación, Jean pensó que iba a ser más difícil, que habría más seguridad, más guardias. Pero todo lo contrario. Llegó al piso de la Sala de Gobernación sin problemas, donde se volvió a encontrar el gran alboroto y escándalo que había encontrado a su llegada a Sarkusa. El laberinto de paneles, salas y columnas era ahora su mayor preocupación. Debía llegar a Chavier, pero era imposible recordar donde girar y por donde ir para llegar a la sala, pero Jean no se desanimó. Había llegado hasta allí. Había escapado del hospital, cruzado las calderas y atravesado todo el Urba. Ahora, a varios metros de su posible salvación, no iba a darse por vencida.

Miró a su alrededor y vio a una mujer mayor y visiblemente encorvada que andaba lentamente por uno de los pasillos. Jean se aproximó a ella y le preguntó gentilmente:
– Perdone, ¿Sabe dónde está la Sala de Gobernación? Ha habido una avería y me han mandado a repararla. Siempre me pierdo por aquí…
– Claro hija, claro. Mira -dijo volviéndose y señalando uno de los pasillos-, tienes que seguir por aquí, a la derecha. Luego, cuando pases cuatro salitas de consejo, tendrás una columna muy grande y roja… – la mujer continuaba dando explicaciones cuando al final de uno de los pasillos Jean vio a Chavier. Parecía que tenía prisa.
– Muchas gracias, señora. Creo que la encontraré -dijo Jean a la mujer sin quitar la vista de Chavier.

Jean comenzó a correr tras él. Las personas se cruzaban por delante suyo entre los pasillos entorpeciendo su carrera, pero debía llegar a Chavier. Entonces, giró en uno de los pasillos y volvió a girar en otro. Jean lo seguía y estaba cada vez más cerca. Cuando estaba a unos pocos metros Chavier llegó a una puerta metálica en la que entró apresuradamente. Jean justo antes de que se cerrara, agarró el manillar y entró tras él.

No era la Sala de Gobernación. Ni siquiera era una sala. Era un pequeño cuarto con un retrete al fondo sobre el que Chavier estaba inclinado con la cabeza casi metida en él, vomitando. Jean se volvió y cerró la puerta, asegurándola con un pestillo que tenía. Al escuchar el ruido, Chavier se volvió y Jean pudo verle claramente. Tenía la cara pálida, los ojos hundidos y un hilo de sangre salía por su boca.

– ¿Qué haces aquí? -preguntó con miedo y tristeza a la vez.
– Vengo a pedir mi libertad -respondió Jean.
– Eso… Eso no puede ser -dijo Chavier mientras se sentaba en el suelo al lado del retrete.
– No lo entiendes. ¡Naxo me atacó! Me hubiese matado si no llego a defenderme.
– ¡No! ¡Cállate! – La voz de Chavier era sorprendentemente fuerte y profunda dado su estado-. Tú eres quien no entiende nada. Sarkusa se muere. ¡Yo me muero! Y tú mataste al único hombre que podía sucederme. Ahora no puede hacerse nada. Tú morirás aquí, con Sarkusa. Te mataré igual que tú mataste la última esperanza de mi ciudad.
– Sarkusa se muere, pero yo se por qué. Te ofrezco la vida de Sarkusa por la mía.
– ¿Sabes por qué se mueren las cosechas? -dijo incrédulo Chavier.
– Sé por qué se mueren las cosechas, por qué los hijos de Sarkusa nacen débiles y por qué tú estás vomitando sangre en este momento.
– ¿Eso es posible? ¿Cómo es posible?
– He estado en el corazón de Sarkusa, en sus calderas. Allí los ingenieros están vertiendo al caudal de Sarkusa plomo. He visto esto mismo en otras partes. Se puede solucionar, curar… Sarkusa no tiene por qué morir.
– ¿Qué tiene que ver el plomo?
– El plomo es un contaminante que se acumula en el cuerpo. No se puede eliminar si no se trata con medicinas, pero tiene cura. Eso explicaría…
– Plomo… Pero llevamos años utilizando el plomo de la antigua ciudad -dijo Chavier, que comenzaba a entender la implicación de lo que Jean le estaba diciendo.
– No sólo en el agua, sino que las cosechas también lo absorben y acumulan metales pesados en sus hojas… ¿Cómo es posible que nadie lo supiera? ¿Que nadie dijese nada? ¿Que nadie advirtiese de su peligro?
– No puedes culparnos, doctora. Cuando vino la arena, la gente que pudo irse se fue. Aquí sólo quedaron trabajadores y gente sin recursos. Gente sin estudios que lo poco que sabían lo utilizaron para cavar túneles y crear lo que ahora conocemos por Sarkusa. Esta es ya la cuarta generación que vive bajo tierra, y como sabes, nuestro contacto con el exterior es muy escaso. Lo poco que sabemos se enseña de padres a hijos dentro de los gremios. Yo mismo, si no supiese que estoy a punto de morir, no permitido que tú entrases en la ciudad.
– ¡Pero la ciudad puede salvarse! Se pueden aislar los circuitos de agua, encontrar nuevas tierras no contaminadas, tratar a la población con medicinas…
– Nada de eso importa ya. Sarkusa sin un gobernador no sobrevivirá. Los gremios se harían más poderosos aún de lo que son y no tardarían en luchar por controlar toda Sarkusa. Necesitan a alguien que no tenga relación con las familias, alguien como yo, como Naxo… Pero ahora no quedamos ninguno de los dos. Tú mataste a Naxo, condenando a muerte a Sarkusa.
– Hay otra solución… -dijo Jean con la mirada perdida.

Jean y Chavier hablaron durante unas horas más. Después, ambos salieron del cuarto en el que estaban y Chavier mando convocar a toda Sarkusa en la Sala del Pueblo. Era la sala diáfana que estaba encima de la Sala de Gobernación. A las pocas horas, cientos de personas se amontonaban en ella convocadas por el boca a boca. Para los más jóvenes era la primera vez que acudían a una reunión de este tipo, utilizadas sólo en momentos de gran importancia para la ciudad.

La tensión crecía y los murmullos de la multitud se hacían aún más potentes, aumentados por el eco que había en aquella gran sala diáfana llena de columnas. Entonces, una puerta de abrió y de un antiguo ascensor salieron Chavier y Jean. El murmullo entonces aumentó. Todo el mundo se sentó para que todos pudieran ver a su gobernador. “Esa es la traidora extranjera” se escuchaba. “El propio Chavier la va a ejecutar” decían otros.

– ¡Pueblo de Sarkusa! -Dijo Chavier con voz profunda y potente-. Como ya sabéis, nuestra ciudad está pasando enfermedades y hambruna. Las cosechas cada vez son más escasas y nuestros hijos no llegan a mayores -el murmullo entonces se calló de repente. Era como si acabase de decir algo que todo el mundo sabía pero que trataban de ignorar, de negar, creyendo que así desaparecería. Escuchar al gobernador decir esas palabras era algo que ninguno de los presentes esperaba.
– ¿Vamos a morir? -preguntó una mujer mayor sentada al fondo de la sala.
– Esta es la doctora Jean -dijo Chavier señalando a la doctora.
– ¡Muerte a la traidora! ¡Ejecutémosla! -comenzó a gritar la masa alzando los brazos y levantándose algunos de ellos dispuestos a saltar sobre ella. Chavier levantó los brazos con autoridad.
– ¡Jean mató a Naxo! -la masa gritó y clamó enfurecida. Muchos de ellos estaban ya dispuestos a saltar sobre ella con los ojos inyectados en sangre y contagiando al resto de los asistentes-. ¡Jean mató a Naxo -Repitió Chavier- cuando de defendía de él! -Dijo Chavier con un rugido que consiguió oírse por encima de la muchedumbre callándola al instante-. ¡La doctora es una luchadora! ¡Una superviviente que se enfrentó a lo peor de nuestra ciudad y que ahora puedo distinguir en muchos de vosotros! -Los que antes clamaban sangre se sentaron de nuevo avergonzados y con cara de sorpresa.
– ¡Ella mató a nuestro próximo gobernador! -se escuchó desde un extremo de la sala.
– ¡Naxo era la muestra más clara de la decadencia de Sarkusa! La doctora Jean sabe como devolver los frutos a nuestros campos y la salud a nuestros hijos. Además, tiene la fuerza y la valentía que Sarkusa necesita. Por ello, pueblo de Sarkusa, ¡quiero que respetéis y honréis a la que, a partir de este momento, es y será vuestra nueva Gobernadora!

Diciendo esto, Chavier se arrodilló ante Jean, y la multitud calló. Ella miró a su alrededor, con tristeza, pero a la vez con una gran excitación. Tenía mucho por hacer, mucho por cambiar. Era la hormiga reina de una ciudad subterránea. Ella sabía lo que debía hacer, y sus súbditos, también.

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  1. Aún no hay comentarios.
  1. 21/02/2010 en 5:47 pm

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