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El Accidente

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– Buenos días Annette.
– Buenos días, doctor Häns. ¿Trabajando en domingo? –contestó la secretaria.
– No, esta vez vengo a ver al doctor Rolf Nurnberg. ¿Puede llamarle y decirle que ya estoy aquí?
– Espere un momento… -la secretaria buscó entre sus papeles.- ¡Aquí está! Ha dejado una nota a primera hora. Pide que le acompañe a uno de los laboratorios.
– ¿Ya ha llegado? Madre mía… Llegará un día en el que deje de dormir –dijo Häns con una media sonrisa.

La secretaria salió de su mostrador y llevó a Häns a través de uno de los interminables pasillos del edificio. Había puertas a cada uno de los lados que albergaban los laboratorios técnicos del complejo. Häns era la primera vez que estaba en esa parte del recito. El CERN era muy estricto con los permisos de acceso. Aunque llevaba ya más de 20 años trabajando allí, su tarjeta sólo abría la puerta de su despacho y el laboratorio de su grupo de simulación.

Al cabo de unos minutos, Annette se paro en frente de una de las puertas y llamó con suavidad. A los pocos segundos apareció un hombre de unos 70 años, calvo, extremadamente delgado y con las cejas tan pobladas que casi sobresalían por encima de sus gafas.

– ¡Hijo mío! ¿Qué tal estás? ¿Qué tal Clara y los niños? –dijo mientras abrazaba a Häns.
– ¿El doctor Rolf es su padre? –preguntó la secretaria sorprendida mientras miraba a Häns.
– ¡Ahhh! ¡No te sonrojes hijo! –Dijo el anciano mientras le pegaba una palmada en la espalda-. No le gusta decirlo para no tener… “tratos de favor” por aquí. ¡Pero ya he oído que te vales muy bien por ti solo!
– Padre… Siempre me trata como si acabase de terminar el instituto –dijo aún sonrojado dirigiéndose Annette.- Clara está bien y los niños están deseando verte otra vez. Hace mucho que no vienes a comer a nuestra casa.
– Lo sé, hijo lo sé, he estado muy ocupado. Pasa, te lo explicaré todo con calma. Gracias Annette –dijo mientras cerraba la puerta del laboratorio.

La habitación era poco más que un despacho completamente blanco y con dos pequeñas mesas a los lados. En una de ellas se sentaba un hombre que al ver a Häns se levantó y corrió hacia él.
– Tú debes de ser Häns. Tu padre me ha hablado mucho de ti –dijo con un marcado acento italiano.
– Häns, este es Marco. Me ha estado ayudando estos años desde que paso lo de Marie.
– Hola Marco, encantado de conocerte –dijo Häns mientras le apretaba la mano.- No sé lo que te habrá contado mi padre, pero nada de eso es cierto.
– Bueno, lo del sentido del humor parece que sí.
– Dejémonos de cortesías, señores –dijo Rolf visiblemente animado-. Hijo, siento haberte hecho venir en domingo, pero es difícil poder tener un rato de tranquilidad contigo entre semana.
– Lo sé. Con el último accidente del LHC hemos tenido que intensificar las simulaciones para evitar que vuelva a ocurrir algo similar. Ya casi estamos a punto de encenderlo de nuevo.
– ¿Has podido hacer las modificaciones que te pedí en el simulador? –preguntó el anciano mirando por encima de las gafas.
– Sí, sí. Claro que las he hecho. Me ha costado 4 meses, pero creo que al final lo he conseguido. Sin embargo, antes de nada tienes que explicarme una cosa. ¿Cómo has conseguido los datos de una partícula aislada de una colisión?
– Luego te lo explico, hijo. Vamos a cargar antes los datos.

Häns sacó de su pequeña mochila un notebook y lo conectó a una de las tomas de red del laboratorio. Abrió sesión en la granja de servidores que el LHC tenía para las simulaciones y cargó los datos que le daba su padre en un pequeño USB.

– Bueno, pues ya está –dijo Häns tras programar el script de la simulación.
– ¿Cuándo crees que podríamos tener el resultado? –dijo Rolf nervioso.
– Lo que querías, si no lo he entendido mal, es deducir el centro de una colisión de partículas en función del movimiento de una de las partículas resultantes, ¿no? Esto tardará una media hora. ¿Podemos tomarnos un café mientras tanto? He venido casi sin desayunar.
– Claro, hijo. Te invito a un café, y de paso te enseñaré de donde he sacado los datos para la simulación.

Häns recogió su pequeño ordenador y siguió a Marco y a su padre mientras salían por la otra puerta de la sala. Esta conducía a unas escaleras metálicas que bajaban hasta un túnel de hormigón, el cual se extendía hasta donde llegaba la vista. A los pies de la escalera había un carrito de golf al que su padre ya se había subido y estaba intentando arrancar.

– Vaya. ¿Así que esto es lo que hay debajo del edificio? –dijo Häns asombrado.
– Hijo, ¿No me digas que no te dejan bajar aquí tampoco?
– No padre. Se han puesto muy estrictos con los últimos accidentes. Con la cantidad de tonterías que se han escuchado por ahí con el LHC están un poco intranquilos por si alguien pudiera intentar un sabotaje.
– ¿Qué tonterías se oyen? –preguntó Marco con curiosidad.
– Bueno, ya sabes. Esas tonterías de encontrar la partícula de dios, que vamos a destruir la creación, y todas esas tonterías religiosas.
– Bueno… Dios tiene un lugar en…
– ¡Agarraos fuerte! –Gritó Rolf mientras ponía en marcha el motor del carrito de golf-. ¡Nos vamos!

El carrito dio un tirón repentino y comenzó a andar por el largo subterráneo mientras se iban encendiendo las luces de los sucesivos sectores.

– Bueno, padre. ¿Cómo es posible que hayas conseguido los datos de una partícula aislada? ¿No trabajabas con láseres?
– Es una historia muy larga, aunque tenemos aún tiempo para contártela. ¿Qué recuerdas de la relatividad de Einstein? –dijo Rolf mientras miraba al asiento trasero donde de sentaba Häns.
– Padre, sabes que soy informático, no físico. Sólo sé lo que sale en los documentales.
– Bien, entonces te lo explicaré como en los documentales –dijo en anciano con una sonrisa de satisfacción-. Imagina que tenemos dos trenes que salen de la misma estación y llegan al mismo punto. El tren A va recto, y el tren B va por un camino lleno de curvas. Suponiendo que van los dos a la misma velocidad, ¿Cuál llegará primero?
– El tren A. ¿Llevas todo este tiempo jugando con trenes y no me lo has dicho? –A Häns le divertía tomarle el pelo a su padre.
– ¡No seas estúpido! –Dijo mientras se reía entre dientes-. Ahora supón que los dos llegan a la vez al mismo punto pero los dos van a la misma velocidad.
– Eso es imposible. Si uno recorre más distancia y van a la misma velocidad, llegará más tarde.
– Eso es cierto… Pero ¿Qué pasaría si para el tren A una hora tuviese 60 minutos y para el tren B tuviese 68 minutos?
– Eso es imposible, el tiempo es el mismo para ambos.
– Te equivocas. El tiempo no es constante, sino relativo. Eso es lo que dijo Einstein. La constante es la velocidad de la luz. Por eso, cuanto más rápido vayas, más minutos tendrá una hora respecto a alguien que esté parado. Y si consigues ir lo suficientemente rápido puedes ralentizar tanto en tiempo respecto al observador que puedes detenerlo.
– Interesante, pero padre; ¿Cómo conseguiste los datos de movimiento y rotación de la partícula sin hacer ninguna colisión?

El carrito de golf se paró en ese mismo instante y Rolf y Marco salieron de él.
– Por aquí Häns –dijo Marco mientras le mostraba un pequeño pasillo perpendicular al subterráneo que habían estado siguiendo.
– Hace unos 40 años, cuando entré a trabajar aquí, nuestro equipo tenía una misión: conseguir acelerar un láser más allá de la velocidad de la luz y poder, no sólo detener el tiempo al que viaja el fotón, sino hacerlo retroceder en el tiempo.
– Pero tú mismo has dicho que la velocidad de la luz es constante. Nada puede ir a más de la velocidad de la luz… -Häns estaba empezando ahora a interesarse por la historia de su padre.
– ¿Recuerdas del símil de los trenes que te acabo de contar? Bueno, pues conseguimos, a través de una espiral de láseres de alta capacidad deformar el espacio y creamos las “curvas en la vía” del tren B.
– ¿Hace 40 años que conseguisteis mandar un pulso láser atrás en el tiempo y no lo sabe nadie? –Häns parecía perplejo y algo incrédulo.
– Bueno, al principio no parecía ser ningún éxito. El sensor que debía recoger el fotón no detectaba nada. El experimento estuvo a punto de cancelarse. Se comprobaron todos los láseres que curvaban el espacio, se hicieron mediciones… pero nada. Hasta que Marie hace 15 años dio con una idea que cambiaría el rumbo de la investigación.
– ¿Marie? ¿Pero no tuvo el accidente hace 15 años?
– Sí, desgraciadamente no pudo ver el resultado de su trabajo. Fue una semana después de haberle contado al equipo su idea.
– ¿En qué consistía esa gran idea? –Häns estaba cada vez más absorto en la historia, tanto que no se había dado cuenta de que habían llegado al final del pasillo y una puerta metálica les cerraba el paso.
– Su idea fue construir esto –dijo Rolf mientras abría la puerta.

Al entrar Häns vio una esfera de unos 12 metros de diámetro en la que se introducía un túnel que salía de la gran sala en la que estaban atravesando la pared de hormigón.

– ¿Qué es esto? –Preguntó Häns asombrado.
– Marie pensó que el láser que buscábamos no era detectado porque se desviaba. Decidimos construir esta esfera con fotosensores en cada una de sus 1012 caras. En seguida comenzamos a tener resultados.
– ¿Conseguisteis hacer viajar en el tiempo el pulso láser?
– Sí. La partícula se recibía entre 3 y 6 picosegundos antes de haber sido lanzado en el otro extremo. Sin embargo lo importante de todo esto no era cuándo llegaba, sino cómo llega.
– ¿Por qué cómo llega?
– Porque al igual que en la edad media creíamos que la tierra era el centro del universo. Éramos tan ingenuos como para pensar que si algo viaja en el tiempo, aparecería en el mismo lugar de nuestro laboratorio pero en el pasado. Marie intuyó que en realidad aparecería en el mismo lugar…
– ¡…Del universo! –Se adelantó Häns excitado-. ¡Es verdad! ¡La Tierra, el sistema solar, la galaxia… todo está en movimiento! ¡El universo entero está en expansión! Si algo viajase en el tiempo volvería al mismo punto del universo, pero en el pasado. Todo se movería salvo el objeto que viaja en el tiempo.
– ¡Vaya! Sabía que tenías algo de físico en la sangre –dijo Rolf orgulloso-.
– Entonces los datos que me has dado para la simulación…
– Los datos son la posición y rotación de los fotones que han viajado en el tiempo durante estos últimos años. La partícula que simulas es esta esfera y lo que estás buscando, hijo, no es el centro de ninguna colisión provocada por el hombre. Es el punto en el que se originó el big bang. ¡El centro del universo! –El doctor estaba eufórico. Häns hacía mucho tiempo que no veía así a su padre, casi desde el nacimiento de Francesca, su hija pequeña.
– La simulación debe haber terminado. Conectaré el notebook y veremos por primera vez el centro del universo –Häns no estaba más tranquilo. Buscó con los ojos las paredes, encontró una toma de red y se dirigió hacia ella.
– Mientras lo enciendes te preparo el café que te prometí.

Rolf se fue hasta uno de los paneles de control donde había una pequeña cafetera. No podía esperar a tener unas coordenadas a las que apuntar con un telescopio para ver qué había en el centro del universo. Se quitó las gafas y se volvió de nuevo para ver si Häns tenía lista la simulación. Entonces pensó que se quedaba sin aliento.

Häns estaba de rodillas en el suelo y su camisa estaba empapada de un color rojo intenso. Intentaba balbucear, gritar mientras extendía sus brazos hacia su padre, pero el único sonido que salía de él era el borboteo de la sangre saliendo por su garganta. Detrás, Marco blandía un cuchillo en su mano.

– No tenía por qué haber sido así, doctor –dijo Marco dirigiéndose a Rolf.
– ¡Marco! ¿Qué has hecho? –Al anciano le faltaba el aire-. ¡Häns! ¡Por Dios Marco! ¡Qué has hecho!
– ¿Dios? No es usted quien para nombrar a Dios, doctor. Por su culpa Häns también está muerto. No tenía por qué haber sucedido así.
– ¿De qué hablas? Hay que llamar a un médico… -Rolf intentaba buscar un teléfono en la sala, pero el único que había esta detrás de Marco.
– ¿Crees que puedes hacer público algo así y destrozar la fe de millones de personas? ¿Crees que puedes eliminar a Dios de la creación así como así?
– Marco, ¿de qué hablas?
– Los científicos sois todos unos arrogantes y unos blasfemos. Hacéis todo esto sólo para demostrar que Dios no existe, para sacarlo de los corazones de la gente honrada… ¡Por su culpa su hijo y Marie están muertos y ahora morirá usted también! ¡Por su arrogancia!
– ¿Marie? ¿Mataste también a Marie? –Esto era más de lo que el anciano podía soportar. Tuvo que agarrarse a la mesa de control cuando vio que las piernas comenzaban a fallarle.
– No fui yo. Somos muchos y todos protegemos a Dios de científicos arrogantes como vosotros. Durante años he intentado detenerle, doctor. Pero este último paso ha ido más allá de lo que puedo permitir.

Häns en ese momento cayó sobre el suelo de la sala sin vida. Las lágrimas de Rolf corrían por su cara y sus ojos enrojecidos estaban a punto de salirse de sus órbitas.
– Te encontrarán, Marco. Esto no quedará impune –le dijo señalándole con el dedo.
– Nadie le hará la autopsia a dos cadáveres carbonizados en un incendio, doctor –dijo mientras se aproximaba al anciano y le propinaba una certera puñalada en el pecho-. Que Dios se apiade de su alma y encuentre el perdón.

El anciano cayó de rodillas mientras con sus manos huesudas agarraba la bata de Marco durante unos momentos. Después nada, silencio absoluto. Marco recogió de nuevo el cuchillo en el interior de su bota y preparó un cortocircuito en los láseres. Llevaba 15 años trabajando en la esfera y sabía exactamente lo que hacer. A los pocos segundos comenzó a surgir una columna de humo en el interior de la esfera y Marco salía de la sala.

– Un accidente más –pensó-. Los caminos del señor son inescrutables.

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  1. maellyssa
    13/03/2010 en 8:16 pm

    Hey! Muchas gracias 🙂

    Realmente dónde está el centro del universo no importa, pero sí saber que no somos nosotros el centro.

    Me alegro mucho que te haya gustado! Lo presenté a concurso, pero al final ni está entre los finalistas… Por lo menos por fin he podido publicarlo! XD

    Un saludo!

    PD: Aún estoy esperando tu post sobre el DNI-electrónico 😛

  2. 13/03/2010 en 2:26 pm

    Me he quedado con las ganas de saber dónde está el centro del Universo, jejeje. Está muy bien el relato, sobre todo la parte central, tiene mucho gancho. ¡Sorprendente tu faceta de narrador!

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