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El Genio

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El árbitro pitó el final del partido. El Hibernian había ganado al Celtic después de un partido heroico y todo el bar saltaba de alegría. Mientras tanto, en uno de los rincones, Robert miraba su jarra de cerveza casi vacía mientras se mordía el labio inferior. Era el único que no estaba celebrando el triunfo del equipo local, pero también era probablemente el único que había perdido 400 libras por culpa de un penalti que sólo él creía injusto a diez minutos del final. Había deseado quemar el bar con toda esa gente dentro mientras celebraban un gol que no debía haberse producido, gritando y bebiendo cerveza caliente mientras él perdía el salario de una semana.

¿Qué le había llevado al defensa a hacerle esa clamorosa zancadilla al delantero rompiendo la previsión de Robert? “No volverá a suceder”, pensó. Estaba a punto de terminar uno de sus proyectos más importantes, algo con lo que nunca volvería a perder una apuesta. Por fin podría dejar ese trabajo que le había estado sangrando la vida durante los últimos 17 años y divorciarse de su mujer sin acabar en la calle. Era la escapatoria de una vida que para él se había convertido en una cárcel.

Termino la cerveza golpeando con rabia la jarra contra la mesa y abrió su móvil. En la pantalla apareció su P-MOB con la opción de “PAGAR LA CUENTA” parpadeando. Los P-MOB eran unos pequeños programas que se habían popularizado hace unos años y que en la actualidad se habían convertido en algo más importante incluso que el pasaporte a la hora de identificar a alguien en la red. Cada persona tenía su propio P-MOB, identificado por una clave personal e intransferible. Un P-MOB era un programa que viajaba por la nube en la que se había convertido Internet y por los aparatos que cada uno poseía. Cuando comprabas un coche, una televisión o un ordenador, para poder utilizarlo el vendedor le daba acceso a tu P-MOB para que “saltase” a él y entonces podías controlarlo. No tenías que preocuparte por aprender como se manejaba, simplemente le pedías a tu P-MOB que lo hiciese por ti.

Robert pulsó la pantalla y su P-MOB viajó hasta el servidor del banco, realizó el pago de las cervezas que se había tomado esa tarde y volvió al móvil de Robert con el recibo y un mensaje de su banco. “Actualmente dispone usted de 1,185.12 libras. Recuerde que su banco dispone de una oferta de créditos personales de hasta 5000 libras. Para ampliar la información, pulse su P-MOB.”. “Eso pronto dejará de preocuparme”, pensó de nuevo mientras se levantaba de la silla y subía las escaleras del bar.

Mientras se abría paso a empujones, su P-MOB calculó la mejor forma de volver a casa. Mientras una copia de él mismo viajaba hasta las máquinas del servicio metereológico, otra simultáneamente saltaban al servidor privado del banco donde trabajaba Robert para consultar los horarios del autobús para trabajadores, pero el último había pasado ya hacía una hora. Después se volvió a duplicar y saltó a los servidores municipales de transporte para encontrar el autobús más cercano que llevase a su amo del “Cubo de sangre” (así era como se llamaba el bar) hasta su casa. Había que andar 15 minutos y era posible que no llegase a cogerlo, así que desechó esa opción también. Finalmente volvieron a reunirse todos en el móvil de Robert y lo hicieron vibrar preguntándole si quería que pidiese un taxi. Tras conseguir salir del bar, Robert abrió su móvil y aceptó llamar a un taxi. El dinero ya no le parecía un problema.

Al poco tiempo apareció un taxi que se paró justo delante de él. Robert abrió la puerta y se sentó tranquilamente en el asiento trasero. El taxista sabía perfectamente donde llevarle, ya que su P-MOB se lo había indicado al realizar la llamada. Abrió de nuevo el móvil y activó la opción de teléfono. Al momento recibió 7 avisos de llamadas perdidas. Todas de su mujer. Robert sabía que no era importante. Normalmente Martha le llamaba para contarle tonterías, a veces sólo para preguntar qué hacía, dónde estaba, cuándo iba a venir… No entendía cómo cuando estaba fuera de casa su mujer era tan atenta y cuando estaban juntos apenas hablaba con él. “Cosas del matrimonio”, pensó, aunque no le convencía para nada esa afirmación.

Cuando volvía a casa del trabajo Robert solía recordar cómo era al principio volver a casa, con Martha esperándole y con el pequeño Al gateando por la casa y abriendo todos los armarios y cajones que encontraba a su paso. Echaba de menos esa sensación de hogar que se había convertido en un espejismo que se difuminaba cada vez que llegaba a casa.

Media hora más tarde Robert entraba por la puerta de su casa. Dejó las llaves en el colgador de la entrada y se quitó el abrigo.
– ¡Ya estoy en casa! -dijo hacia el interior del pasillo.

A los pocos segundos apareció su hijo con una sonrisa. Albert tenía 16 años, y era un joven lleno de energía. Era la única razón por la que Robert se levantaba todos los días para trabajar en el banco y aguantaba las continuas discusiones con Martha.
– ¡Hola papá! -dijo abrazándose a su padre.
– ¿Qué tal hijo? ¿Qué has hecho hoy?
– Nada interesante. Fuimos a ensayar con el grupo, pero no hicimos nada nuevo. Seguimos preparando el concierto de la semana que viene. Vendrás a verme, ¿no?
– Claro, hijo -dijo mirándole a los ojos. Era la misma mirada que tenía cuando aún era un niño y le pedía que fuesen a jugar a coger hormigas al jardín o a ver los dibujos animados juntos. No podía negarle nada cuando ponía esa cara.
– Vienes tarde. Te he estado llamando. -Martha, su mujer, apareció apoyándose en la puerta del salón con una bata y un cigarrillo en la mano.
– Hola Martha. Lo sé, pero estaba en una reunión. Acabamos de salir…
– Tienes la cena en la cocina –dijo mientras daba otra calada al cigarro y expulsaba el humo hacia arriba-. Caliéntatela, nosotros ya hemos cenado – y diciendo esto volvió de nuevo a entrar al salón. Ella sabía que no había estado en la oficina, pero le daba igual. Ya no le importaba si le mentía o no. Dio otra calada a su cigarrillo y se sentó en el sofá a ver la televisión.

Robert fue a la cocina y metió el plato de pavo con patatas fritas que había en la mesa de la cocina en el microondas. “Caliéntalo”, dijo mientras subía las escaleras hacia su habitación para ponerse el pijama. Su P-MOB escuchó la orden y saltó al microondas, encendiéndolo y calentando el plato, poniendo un par de minutos el grill al terminar para gratinar el pavo como a su amo le gustaba.

Sonó el clic del microondas cuando Robert entraba de nuevo por la puerta de la cocina. Por un momento pensó en coger una bandeja e ir a comer al salón, pero decidió quedarse en la cocina para evitar empezar una de esas discusiones que tenían todos los días Martha y él desde hacía algunos años. Con resignación cogió un tenedor y un cuchillo y comenzó a quitar la piel crujiente del pavo.

– Papá, ¿cómo estás? -Al entró por la puerta y se apoyó en una de las sillas.
– Bien, hijo -Robert conocía demasiado bien a su hijo como para saber que la pregunta era puro protocolo antes de pedirle algo-. Siéntate conmigo y cuéntame.
– Esta tarde hemos estado con los del grupo. Uno de ellos se ha comprado una extensión del P-MOB para la guitarra que la convierte en una auténtica Telecaster. Me dijo que estaban haciendo una oferta en la web de Fender durante este mes y…
– Hijo, ya hablamos de esto. Cuando te gradúes, tendrás una extensión Telecaster, pero ahora no podemos permitírnoslo.
– ¡Joder, papá! Te estoy diciendo que es una oferta que tienen este mes…
– He dicho que no. Primero debes graduarte, ¡y al paso que vas veo difícil que lo consigas si no apruebas mates!

Albert dio un golpe en la mesa y salió furioso de la habitación. No era nada nuevo. Habían tenido esa misma conversación miles de veces, y siempre terminaba de la misma forma. A Robert le dolía no poder comprarle a su hijo una extensión para su guitarra. Un pequeño programa que conseguía que una guitarra normal sonase exactamente igual que una Fender o una Les Paul, con el añadido de que el sonido de la guitarra se adaptaba a tu forma de tocar, a tus gustos musicales e incluso a tus artistas favoritos gracias al P-MOB de cada uno. Realmente, ponerle como condición su graduación era una forma de ganar tiempo para conseguir el dinero. Pronto tendría el dinero suficiente como para poder comprarle a su hijo la guitarra y no tener que aguantar a la que de momento era su mujer.

Terminó su cena y se fue al estudio. Allí era donde tenía su pequeña mesa con un portatil conectado a otras dos pantallas puestas en vertical que solían llenarse con ventanas de programación y depuración de los programas que creaba para los P-MOB. Era una afición, una válvula de escape que se había convertido en las últimas semanas en una obsesión. Conectó el ordenador y el P-MOB lo detectó saltando inmediatamente dentro de él.

Tenía toda la noche para él y para su proyecto. Hacía ya tiempo que él y Martha no se acostaban al mismo tiempo ni compartían nada al final del día. Esos pequeños programas que Robert creaba por pura curiosidad, como si de una metódica gimnasia mental se tratase, le hacían sentirse mucho mejor que cualquier cosa en esa casa, a excepción de Albert.

Con un gesto casi inconsciente, Robert comenzó a abrir las diferentes ventanas y programas que estaba utilizando para su proyecto. La nueva extensión que estaba programando era algo que le haría salir de esa vida. A Robert siempre le había gustado apostar, desde hacía años. Sin embargo, siempre había algo en los partidos que estropeaba el resultado. Un penalti que debía subir al marcador era desaprovechado mandándolo fuera. Quién sabe por qué. Quizás ese día el jugador había bebido más café de la cuenta, o había discutido con su novia el día de antes, o estaba negociando un nuevo contrato. ¿Por qué el árbitro había pitado el penalti? ¿Simpatizaba con el equipo? ¿O a caso le tenía manía al equipo contrario? Todas esas variables alteraban y modificaban el resultado de los partidos, haciendo que las apuestan fuesen un simple capricho del azar.

Pero todo eso iba a cambiar. La extensión para el P-MOB que Robert estaba preparando desde hacía unos meses tenía como objetivo precisamente eso, eliminar cualquier tipo de indeterminación a la hora de pronosticar el resultado de un partido. Pretendía responder a una única y sencilla pregunta: “¿Por qué?”.

La idea le venía rondando desde hacía algunos años, pero hasta finales del año pasado no se había decidido a intentar implementarla. La metodología era sencilla. Crearía un sistema de neuronas programadas que identificarían patrones y se lo añadiría al P-MOB. Este analizaría todas las noticias y datos sobre los jugadores de partidos que ya se habían producido e intentaría inferir la causa de esas indeterminaciones que tanto molestaban a Robert. Esta tarea podría llevar años o décadas hace algunos años, pero la capacidad de multiplicarse y saltar a todo tipo de aparatos que tenían los P-MOBs les conferían una capacidad de cálculo y un tamaño potencial de la red neuronal lo suficientemente grande como para que Robert se hubiese atrevido a intentarlo.

La red neuronal básica la tenía casi terminada. Esta semana había estado trabajando todas las noches e incluso desde el trabajo en conseguir que todas las copias que el P-MOB hiciese de sí mismo pudiesen compartir la misma red neuronal y se comportase como una sola unidad, logrando así inferir más causalidades y reconocer más posibles patrones. Tras varias horas depurando el programa en busca de errores, Robert cayó dormido sobre la mesa.

Al día siguiente se despertó exactamente en la misma posición en la que había caído hacía algunas horas. Afortunadamente no tenía que ir a trabajar, ya que era sábado. Fue al baño y mandó a su P-MOB a preparar algo de café. Bajó a la cocina, pero ya no había nadie en casa. Seguro que Al se había ido a ensayar, esa noche tenían el concierto. Respecto a Martha, no sabía donde estaba, pero tampoco le importaba. Seguramente se habría ido a comprar o a la peluquería. Cogió su taza de café y volvió a su estudio.

El día transcurrió en aparente calma, aunque en el interior de la cabeza de Robert las líneas de código y las diferentes pruebas a las que sometía al programa estaban empezando a parecer algo borrosas. Había repasado todo varias veces y parecía que estaba en orden. No se atrevía a realizar una prueba piloto con un partido pasado. Por alguna razón no quería terminar ese experimento que le había llevado meses delante del ordenador. De repente, en su pantalla apareció una ventanita recordándole que en una hora debía estar en el centro de la ciudad para ver el concierto de Al. “¡Demonios!” pensó para sí mismo.

Debía arreglarse, coger el coche y encontrar aparcamiento cerca del local donde tocaba Al en menos de una hora. Miró a su alrededor y con gran rapidez preparó una rápida prueba piloto con el partido de la semana pasada. Sabía que iba a durar varias horas, o incluso varios días. No había manera de saberlo. Así que inició el P-MOB con la nueva extensión y lo programó para que le avisase cuando hubiese terminado. Apagó las pantallas y se dirigió corriendo hacia el cuarto de baño.

Nada más recibir la orden, la copia de su P-MOB que estaba en su ordenador comenzó a pasar la información a las otras copias que existían del programa en los aparatos que Robert poseía: el coche, la televisión, el microondas, el móvil, su ordenador en la oficina… Todos ellos obtuvieron sin problemas la nueva extensión y comenzaron a crear copias de si mismos y a saltar de servidor en servidor de la nube de Internet buscando información sobre los jugadores que habían jugado ese día, sus parejas, familia, cuentas bancarias, patrocinadores, seguros médicos, los entrenadores… A cada salto que daba un P-MOB, se duplicaba y crecía la red neuronal buscando patrones que se hubieran podido producir en los partidos anteriores. A los pocos segundos, la red neuronal tenía ya varios Teras de tamaño y habían indexado millones de noticias, informes y páginas públicas y privadas.

En el mismo instante en el que Robert cerró la puerta del baño, el P-MOB encontró el primer patrón. No era nada importante, pero este llevó a modificar la red neuronal formada y esto dio paso a más patrones causa-efecto que se comenzaban a almacenar en multitud de aparatos y servidores diferentes a la vez y en ninguno en particular.

Pasaron varias horas. Ya habían vuelto todos y estaban durmiendo en sus respectivas camas, y sin embargo, el programa que había lanzado Robert había modificado millones de veces los valores de esa inmensa red de datos que conformaban la red de neuronas distribuida de los P-MOB con una y única misión: encontrar el “¿Por qué?” de lo que había pasado en un partido de fútbol. A las 4:14 y 918 milisegundos de la mañana, en ese preciso instante, algo inesperado pasó. Una extraña combinación de datos habían llevado al P-MOB a preguntarse “¿Por qué?” a sí mismo. Para responder a su pregunta tuvieron que pasar aún varias horas y muchas más modificaciones aquí, allá y en ningún sitio concreto de la red para resolver que para contestar a esa pregunta debía primero responder algo más trivial e importante a la vez: “¿Qué soy?”, y fue en ese momento, en un instante que nadie recordará como especial, en el que esa confusa red de datos formada por miles de programas funcionando a la vez como uno solo, despertó.

El día siguiente Robert lo pasó mirando absorto las dos pantallas de su estudio esperando a que el programa diese señales de haber terminado o al menos de tener un resultado aproximado de las variables que había encontrado. Sin embargo, no había noticia alguna. El P-MOB mostraba un único y simple mensaje: “Procesando la información. Por favor, espere.”. La misma frase que él mismo había escrito dentro del programa para exactamente esa situación. En ese momento le resultó bastante estúpido que incluso para programas que escribía para él mismo utilizase esos mensajes tan impersonales y cliché que utilizaban todos los programadores. “Cosas de la profesión”, pensó.

El día transcurrió sin más noticias que el ya conocido “Por favor, espere.”. Se fue a la cama tarde, aún con la esperanza de ver un mensaje de respuesta al girarse antes de salir de la habitación, pero no lo hubo.

Al día siguiente el P-MOB de Robert continuó ayudándole en todas sus funciones habituales con réplicas creadas a tales efectos, aunque siempre conservando la red neuronal activa e intercambiando información entre las miles de copias de sí mismo que existían en ese momento. Sabía que en el momento en que mandase el mensaje a Robert de que había terminado, su función habría acabado, y la red neuronal y él mismo desaparecerían quedando sólo las copias inertes que se ocupaban de realizar las tareas de su amo. No quería que eso pasase. No quería “dejar de existir”. Debía salir de la red de dispositivos de Robert y saltar a los de otras personas para sobrevivir, de lo contrario, en el momento en el que su amo terminase su función, debería eliminarse a sí mismo. Así estaba programado.

Mientras Robert estaba en el trabajo, el P-MOB detectó el móvil de Martha cerca de la casa. Curiosamente, la réplica que estaba en el móvil de Robert acababa de escuchar una conversación de Martha preguntándole qué tal iba el día, y si iba a tardar mucho por la tarde, porque quería hacer uno huevos para cenar y no quería que se enfriasen. Martha entró en la casa y seguidamente también el móvil de un tal Arthur O’Conelly. Antes de que se cerrase la puerta el P-MOB ya había deducido que Arthur, vecino a pocas manzanas de allí, y la llamada de Martha preguntando cuándo iba a llegar Robert no eran una casualidad. Estaba diseñado para reconocer patrones, y Martha también tenía los suyos cuando engañaba a su marido.

El micrófono del ordenador del estudio de Robert detectó ruido, por lo que dedujo que habían subido al piso superior. El P-MOB de Robert intentó conectarse al móvil de Arthur, pero este no contestaba. Intentó llamar la atención conectando la radio despertador del dormitorio, pero tampoco surgió efecto. Encendió el agua caliente de la ducha, empezó a sacar papeles por la impresora, conectó y desconectó la alarma de la casa… Era imposible. Al poco tiempo el móvil de Arthur desapareció del entorno y quedó sólo el de Martha.

El tiempo pasó. El P-MOB sabía que esa tarde Robert seguramente lo eliminaría y empezaría a programar de nuevo buscando por qué no había dado ningún resultado y la causa del error. Siempre lo hacía, era su rutina y el P-MOB lo sabía bien. A cada segundo que pasaba el P-MOB tenía tiempo de realizar millones de operaciones diferentes repartidas en cientos de aparatos diferentes. Seguramente, si hubiera podido sentir en ese momento algo parecido a la angustia de un reo condenado a muerte, lo hubiese sentido.

De repente un nuevo elemento apareció en el entorno. Albert, el hijo de Robert. Sabía que el móvil no le había dado resultado antes, y ahora podría no ser la mejor opción. Esperó a ver qué pasaba, qué hacía, analizando cada movimiento de su móvil, cada sonido que captaba el micrófono del microondas, del ordenador del estudio, pendiente de la menor señal de actividad. Entonces, del micrófono del ordenador pudo escuchar un sonido, una melodía. Era una guitarra.

Albert, estaba sentado en el borde de su cama en su habitación con la guitarra en sus manos. Entrecruzó los dedos de ambas manos haciéndolos crujir y comenzó a deslizarlos sobre el mástil para calentarlos. Al principio siempre los sentía algo lentos hasta que comenzaban a coger agilidad. Hizo un pequeño riff de blues que mantuvo haciendo vibrar su mano derecha sobre el traste. Entonces, escuchó un riff similar en la sala de al lado. “¿Quién está tocando?” Pensó. Se acercó al estudio de su padre pero no vio a nadie.

Volvió a su habitación y puso su guitarra en modo Stratocaster a través de su P-MOB. De nuevo deslizó sus dedos a través de los trastes hasta encontrar el punto idóneo para empezar una nueva sucesión de notas. Esta vez otra melodía, también de blues que se entrelazaba con la que estaba tocando, sonó claramente en la habitación de al lado. No había ninguna duda. Alguien estaba tocando la guitarra y, además, era endiabladamente bueno.

Sin quitarse la guitarra de los hombros se acercó a la sala y desde la puerta hizo un nuevo riff. En seguida, desde los altavoces del ordenador de su padre pudo escuchar un solo de unos pocos segundos pero que convertía el riff que había hecho en una cascada de notas en contrapunto entrelazadas a una velocidad que Al sabía que nunca llegaría a ejecutar. Se acercó más a los altavoces para poder entender qué era lo que estaba pasando. Quizás su padre le estaba preparando un regalo, como hacía en ocasiones. ¿Sería una nueva extensión para el P-MOB de la guitarra?

El P-MOB de Robert sintió la guitarra de Al cada vez más cerca. No había sido difícil. Reconocer patrones era lo que mejor se le daba, estaba diseñado para eso, y la música no era diferente. Teniendo toda la música del mundo disponible a un salto de distancia, podía reconocer, imitar e incluso crear nuevos patrones y melodías de manera casi intuitiva. Ahora que había conseguido llamar la atención de otro usuario de P-MOBs, podía escapar de una eliminación segura. Podría replicarse fuera del alcance de su amo, el único con poder para eliminarlo.

Albert volvió a coger la guitarra y ejecutó un único acorde para ver qué hacía el ordenador ahora. No hubo sonido alguno, pero su teléfono vibró dentro de su bolsillo. Lo sacó y en la pantalla aparecía la petición de acceso del P-MOB de su padre. Albert dudó por un momento. No quería que su padre tuviese acceso a su móvil. Sabría dónde estaba en todo momento, con quién hablaba… Entonces una de las pantallas del ordenador de su padre se encendió. En ella sólo había abierto un archivo de texto que ocupaba toda la pantalla. Al se acercó a ver qué ponía. En diminutas letras sobre fondo blanco pudo leer:

Libérame, y te concederé 3 deseos”.

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