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Un Enemigo Común

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– Hola Roy, soy tu hermano, Al. Te he llamado a casa y no estabas. ¿A quién te estás tirando?
– Si no fueses mi hermano, Al, te diría que a tu madre, pero era una santa.
– Oye, Roy… El tío Sam está bastante enfermo. Ha tenido una recaída y lo hemos tenido que llevar al hospital. Quiere verte.
– Así que ese viejo gruñón quiere volver a verme, ¿eh? El muy cínico… ¡Dile que dentro de un par de meses le veré en el infierno!

Roy colgó el móvil y lo tiró al suelo con rabia. La moqueta del hotel amortiguó el golpe pero la batería y la cubierta salieron volando en varias direcciones. Con un gesto de frustración, se agachó para buscar las partes del móvil de debajo de la mesa de la habitación. Este gesto hizo que sus pulmones se encogiesen y tuvo uno de esos ataques de tos punzante que venían desde el fondo de su pecho, acompañados últimamente con el sabor amargo de la sangre.

– ¿Se encuentra bien? -Los esfuerzos de Roy por respirar despertaron a la chica que había en la cama.
– ¡Perfectamente! -Dijo tratando de mantener la compostura-. Te he dejado la otra mitad en la mesilla. Ahora lárgate, por favor.
– ¿Necesita ayuda? -dijo la chica asustada al ver un rastro de sangre escapándose por entre los dedos de Roy.
– Si supieses de medicina no creo que trabajases en el club donde te encontré anoche. ¡Déjame en paz y lárgate! -Escupió mientras se sentaba en el suelo tratando de recuperar el aliento.

Una vez recuperado del ataque de tos, siguió buscando las diferentes partes del móvil a rastras por el suelo del hotel mientras la chica, de unos veinte años, rubia y con un nombre que a Roy nunca le importó, abandonaba la habitación, visiblemente ofendida, mientras se ponía los zapatos de tacón por el pasillo.

– Hay que joderse… ¡De todas las fulanas de la ciudad he ido a coger la que quería haber sido enfermera! -murmuró entre dientes desde el suelo.

Una vez que encontró la batería y el móvil la volvió a colocar en su sitio, se sentó al borde de la cama y lo encendió de nuevo. Al instante volvió a sonar un número oculto. Dudó por un momento, pero no podía negarse. Le encontrarían de una forma u otra.

– Hola Roy, soy tu hermano, Al. Te he llamado a casa y no estabas. ¿A quién te estás tirando?
– Si no fueses mi hermano, Al, te diría que a tu madre, pero era una santa.
– Roy, es importante. El tío Sammy está enfermo, la situación es bastante crítica. Ha preguntado expresamente por ti.

Roy no tenía ningún hermano. Y tampoco tenía ningún tío llamado Sam. Sin embargo, sabía lo que tenía que contestar palabra por palabra. También sabía desde dónde le llamaban y quién era ese tío suyo que siempre que respondía al teléfono estaba tan enfermo. Se lo habían enseñado en su primer año de instrucción a finales de los 60.

– ¿Y qué es tan importante para el tío Sammy como para robarme uno de mis últimos días por aquí? Prefiero pasar el tiempo con una ramera y asaltar el minibar del hotel que perder un minuto más por ese mal nacido.
– Lo siento Roy. Sé que es un momento muy difícil para ti…
– ¿Difícil? No tienes ni idea. Hace dos meses me dieron cuatro de vida, y por lo que dijo el médico, no debería contar con los dos últimos para divertirme a lo grande, no sé si me entiendes. No va a ser agradable, Al.
– Siento oír eso, Roy, pero si al tío Sam no le operan de urgencia puede que ni a ti ni a mi nos quede más de una semana por la ciudad.

Roy se echó para atrás dejándose caer sobre la cama. Había sido muy duro aceptar la noticia de la metástasis y el proceso que iba a tener que pasar antes de morir, al menos por causas naturales. Él contaba al menos con un mes y medio más para disfrutar del dinero que había ganado dedicando su vida al servicio de inteligencia, sacrificando incluso su vida personal en el camino.

– ¿Una semana?
– Así es. No te hubiese llamado si no fuese estrictamente necesario, y tú eres el mejor en esto. Ya sabes cómo son los jóvenes de ahora… Hacen un master y se creen el puto Maestro de Marionetas. Pero tú y yo, Roy… Hemos hecho cosas muy grandes por este… tío Sammy.
– Tengo que pensármelo.
– Piénsatelo de camino al hospital. Un coche te está esperando en la puerta del hotel. Nos vemos dentro de unas horas.

Roy colgó el teléfono. Parece que no había lugar para la negociación. Fue al baño y se lavó la cara, restregándose con fuerza para quitarse un hilo de sangre seca que le caía por la comisura de los labios. Cada vez que se miraba al espejo le parecía haber perdido un par de kilos. No estaba tan delgado desde que tenía treinta años, aunque el color de la piel y el aspecto eran totalmente diferentes. Dejó de comparecerse de sí mismo y decidió ver qué era lo que el tío Sam quería de él.

En el vestíbulo del hotel había un hombre con una camisa de cuadros y gafas de sol leyendo el periódico. Roy se acercó a él y sin decir una sola palabra el individuo se levantó y salieron juntos de la recepción. Ya en el coche, un sedán negro con las lunas tintadas como a los que estaba acostumbrado, Roy aprovechó para echar una cabezadita. Ni siquiera se molestó en preguntarle al hombre de la camisa de cuadros qué era tan importante o por qué habían recurrido de nuevo a él. Era un simple correo. Nunca les decían nada a los carteros.

Al cabo de unas horas el coche paró despertando a Roy en el asiento trasero. Habían llegado al hospital: la sede central del servicio de inteligencia. Su antiguo trabajo del que sólo le quedaba un montón de historias que nunca podría contar a nadie y una pensión que poder gastar relativamente bien durante sus últimos meses de vida. En la puerta estaba esperando Al, un irlandés de unos 50 años que había sido el último jefe de Roy en la agencia y quien firmó su jubilación. Se llevaban muy bien y habían compartido muchas noches de ron y whisky después del trabajo.

– Roy, me alegro de que hayas venido -dijo tendiéndole la mano.
– Hola Al, se te ve muy bien. Has perdido algo de pelo, ¡aunque ya era hora! A tu edad pocos conservábamos ya las canas.
– Siempre has sido un viejo gruñón, Roy -dijo sonriendo y dándole unas palmadas en la espalda de bienvenida que hicieron que Roy comenzase a toser de forma incontrolada y a escupir sangre.
– Eres uno de los pocos bastardos de esta agencia por los que podría desperdiciar unas horas sólo para decirte a la cara que me dejéis en paz -dijo Roy entre toses y tapándose la boca con un pañuelo que poco a poco fue manchándose de rojo.
– Vaya, no esperaba verte así. ¿Era cierto lo que dijiste por teléfono?
– Para ser el jodido servicio de inteligencia, pareces muy sorprendido. El médico de nuestra agencia de seguros me haya dicho que sólo tengo un par de semanas más para intentar tirarme a todas las strippers que pueda antes de que empiece a respirar a través de una máquina.
– Sabíamos que estabas enfermo -dijo mientras entraban en el edificio y se dirigían a los controles de seguridad-, pero no es lo mismo leerlo en un informe médico que…
– No te preocupes por la sangre, acabas acostumbrándote. Es como cuando tienes un coche viejo que pierde aceite. Prometo no mancharte el traje.

Tras pasar los escáneres entraron en uno de los ascensores y tras pasar la tarjeta por la banda lectora, marcó el piso 37.

– ¡Vaya, Al! El piso 37. Debéis de estar de mierda hasta las cejas. Recuerdo que sólo he estado en esa planta 3 veces en toda mi carrera -dijo Roy con aire divertido.
– Esta es posiblemente peor que cualquiera de las que has pasado -comentó Al mientras se mordía el labio inferior.
– ¡Venga, Al! ¡No puede ser peor que lo del Apolo con las cintas de vídeo quemadas! ¡Joder! Consiguieron mandar a esos tipos a la Luna y no cayeron en darles una cámara en condiciones, ¿Te lo puedes creer? Cerebritos…-Al no levantó siquiera la vista y contestó con un sonido gutural irreconocible.

Llegaron a la planta 37 y las puertas se abrieron. Esa era la planta en la que se creaban los comités de crisis internacionales. Estaba reservado para situaciones que años después, tanto si salían bien como si salían mal, aparecerían en los libros de historia.

La primera vez que Roy había estado allí llevaba sólo unos años en la agencia y era un veinteañero. Eran finales de los sesenta y la carrera espacial estaba en su punto álgido. Una de las misiones Apolo había llegado a la Luna y habían grabado todo. El problema fue que al comprobar la cinta en el propio trasbordador no pudieron ver nada. Al parecer los ingenieros no habían tenido en cuenta que la exposición directa a la radiación en la Luna sin atmósfera ni campo electromagnético velaría la película. Habían estado en la Luna, pero sin pruebas que enseñarle al mundo nunca estarían por delante de los rusos.

Roy en esa ocasión se ocupó casi de todo. De las grabaciones, la rueda de prensa, la presentación mundial, la campaña de difusión de las imágenes a todo el mundo… Incluso de generar los grupos conspiracionistas que daban aún más credibilidad a la versión que ellos mismos habían creado. A partir de entonces, consiguió un puesto de responsabilidad en la agencia ocupándose de campañas de más o menos importancia. Algunas de ellas capaces de derrumbar países como Haití, Colombia o más recientemente Argentina.

Habían cambiado la sala desde la última vez. Ahora estaba llena de pantallas enormes y cristales traslúcidos, pero la mesa era la misma de siempre. Al entrar pudo ver una media docena de personas de lo más diversas. No conocía a nadie de los allí reunidos, pero tampoco era probable que se volviesen a encontrar una vez terminada esa reunión.

– Señores, ya estamos todos -dijo Al mientras cerraba la puerta detrás de él-. Este es el hombre del que os hablé, Roy Watson.
– Supongo que una vez que se entra en esta sala no hay vuelta atrás -dijo Roy con resignación y con la impresión de haber sido arrastrado hasta ella en parte en contra de su voluntad-. En fin, ¿Qué tenemos aquí? -dijo señalando al resto de asistentes.
– Roy, este es Abraham Alder, del departamento de defensa y seguridad, John Lee Brown, del gabinete de presidencia de la Casa Blanca, Natalie Baker, de la NASA…
– ¿La NASA? ¡Vaya, Al! ¿Cuándo hemos vuelto a la carrera espacial? -dijo Roy con una gran sonrisa en su boca.
– Y estos son… -continuó Al señalando al resto de asistentes a la reunión.
– Me da igual quienes son el resto de cerebritos aburridos y muertos de miedo. ¿Quiere alguien contarme por qué estamos aquí?

Al y Abe, el representante del departamento de defensa se miraron de reojo y este comenzó a hablar.

– En los sesenta, en plena carrera espacial, se diseñó un programa a largo plazo. Se pensaba que a finales de la primera década del nuevo siglo habría ya colonias en la Luna y en Marte, y un golpe directo al corazón de Rusia podría desestabilizar sus colonias, hacer que se pusiesen de nuestro lado y controlar así todo el comercio entre ellas y la Tierra.
– Si no hubiese vivido en esa época pensaría que quienes idearon ese plan eran unos completos idiotas. ¿Colonias lunares y en Marte? ¡Cuánto daño hicieron los sesenta!
– El problema es que el proyecto salió adelante y se lanzó, y ha estado operativo todo este tiempo.
– ¿Qué proyecto? ¿Qué es lo que se lanzó? – Roy comenzaba a interesarse por la historia. En el fondo, le gustaban estas situaciones de salvar el mundo.
– ¿Está usted familiarizado con el mundo de la física, señor Watson? -saltó la mujer de la NASA, Natalie.
– En nuestras campañas no solíamos utilizar mucho la física, señorita Baker. Eso se lo dejábamos a los militares -dijo mientras hacía un gesto con la cabeza hacia Abe -. Y por favor, llámame Roy, que tampoco nos llevamos tantos años, guapa. -Natalie se sonrojó y bajó la mirada avergonzada. No estaba acostumbrada a que nadie le echase en cara ni su edad ni su condición de mujer en una reunión de trabajo, y mucho menos en una de tan alto nivel.
– El proyecto Cupido, como se le bautizó en su día, consistió en crear un objeto de una masa relativamente pequeña y acelerarla hasta una fracción de la velocidad de la luz, haciéndolo caer finalmente sobre una ciudad.
– Bueno, eso no parece un problema muy grande, ¿no? Si es relativamente pequeño…
– El objeto que se creó es un cono de acero con un núcleo de plomo para conferirle más masa -continuó Natalie-, todo ello dirigido por un pequeño computador, que calcula la trayectoria en tiempo real, y un motor de propulsión iónica.
– ¿Cómo de pesado es el trozo de metal?
– Sólo la punta de flecha tienen una masa de 150 toneladas.
– Bueno, podemos decir que es un meteorito. Eso siempre ha dado buen resultado.
– Creo que no lo entiende -interrumpió Natalie-, el proyecto Cupido acelera un objeto de 150 toneladas a una velocidad de 1000 kilómetros por segundo…
– ¿Estás diciendo que ese trozo de metal recorre la distancia entre París y Roma en un solo segundo? No soy un experto en física, pero ¿de dónde demonios habéis sacado el combustible para eso?
– El motor de propulsión iónica funciona expulsando iones de un gas a una gran velocidad. Esto crea una aceleración pequeña pero constante en el tiempo que al cabo de más de 30 años ha conseguido acercarlo a esta velocidad. Además, la flecha, como se la llama en el proyecto, está describiendo órbitas hiperbólicas entre la Luna, Marte y Venus, adquiriendo con cada una de ellas una aceleración adicional gracias a la atracción gravitacional de los…
– Vale, vale. Tenemos un trozo de hierro que viaja muy rápido. Si eso cae sobre Moscú, ¿Qué daño podría hacer? ¿Un par de manzanas? ¿Un barrio? ¿Algo como lo de Tunguska?
– Señor Watson -dijo Natalie mirándolo por encima de sus gafas-, este objeto ahora mismo tiene una energía cinética equivalente a 17,5 kilotones, algo así como la bomba que cayó sobre Hiroshima al final de la segunda guerra mundial, con el agravante de que antes de liberar el total de su energía, penetrará varios kilómetros en la corteza terrestre, lo que no sólo creará un cráter de varios kilómetros de diámetro, sino también un terremoto que destruirá todo lo que tenga más de un metro de alto en varios cientos de kilómetros a su alrededor.

En la sala se hizo el silencio. Roy miraba a su alrededor incrédulo y el resto de asistentes, salvo Natalie, miraban a sus papeles o al suelo intentando evitar la mirada de Roy al fondo de la mesa.

– ¿Pero en qué demonios estabais pensando? -dijo llevándose las manos a la cabeza.
– Señor -respondió con firmeza Natalie-, la agencia espacial en colaboración con el ejército y su propia agencia desarrolló este proyecto hace muchos años. Tantos, que ninguno de los que estamos aquí llegó a trabajar en él. Pero ahora nos toca a nosotros arreglar este problema de la mejor forma posible.
– Bueno, pues digámosle al ordenador del motor ese que lleva pegado la bomba que se desvíe y pase de largo -dijo Roy sabiendo que si fuese tan simple alguien lo hubiese hecho ya.
– A finales de los ochenta, con el fin de la carrera espacial y la caída inminente del muro de Berlín y la URRS se decidió dar por finalizado el proyecto Cupido y detenerlo, pero fue imposible.
– ¿Cómo que fue imposible?
– La ley de la relatividad que Einstein formuló dice que el tiempo varía dependiendo de la velocidad relativa a la que se mueven dos objetos. Cuando quisimos comunicarnos con el ordenador de abordo para mandarle la señal de abortar, había adquirido ya tal velocidad que su reloj interno no iba a la misma velocidad que el nuestro, y nos era imposible comunicarnos con él. Hemos podido crear un radar para captar la señal que emite actualmente, pero no podemos mandarle ninguna señal porque no conocemos su posición. Es tan pequeño y tan rápido que resulta virtualmente indetectable.
– ¡Vaya panda de cerebritos! Tenemos a nuestros presidentes firmando tratados de no proliferación de armamento nuclear y mientras vosotros os fabricáis una bomba como la de Hiroshima que puede caer sobre Moscú no se sabe cuando…
– En realidad sí que sabemos cuando, Roy -dijo Al interrumpiéndole-. Por eso estamos hoy aquí.
– ¿Ah, si? Y dime, Al. ¿Cuánto tiempo tenemos antes de tener el honor de comenzar la primera guerra nuclear de la historia de la humanidad?
– Tres días.

La sala entera enmudeció y alguno de los presentes pareció ponerse blanco por un momento.

– Tres días… -dijo Roy con visible decepción-. ¿No podrías haber esperado un par de meses hasta que me hubiese muerto tranquilamente de cáncer? ¡No! ¡Tenéis que matarme a mí y a medio planeta con una maldita guerra nuclear! El espectáculo es mucho más impresionante, ¡donde va a parar! ¿Camilla de hospital o explosión nuclear? ¡Mucho mejor ahora, caballeros! ¿Pedimos unas pizzas para cuando empiece la fiesta?
– Roy, ya está bien -le paró Al-. Estamos aquí precisamente porque hay que parar esto y que puedas morirte de una vez en tu maldito hospital y dejarnos tranquilos.
-Está bien… Veamos, ¿Es posible interceptar el objeto antes de que llegue a Moscú? Y aún más importante, ¿Por qué no hemos preparado esto antes?
– Sinceramente… -se adelantó Abe por primera vez en la conversación-, esperábamos que hubiese chocado con un asteroide o que los vientos solares inutilizaran el ordenador de a bordo, era lo más probable. Pero parece que no ha sido así. El proyecto estaba diseñado para mandar una señal cuando el módulo del propulsor se desprendiese de la cabeza de flecha. Esta señal ha sido recogida por uno de nuestros radares esta madrugada. Según nuestros cálculos, tenemos algo menos de tres días para que llegue a la Tierra.
– Contestando a su pregunta, señor Watson -dijo Natalie inclinándose sobre la mesa de madera-, no es posible detenerlo. Un objeto con esa energía simplemente atravesaría cualquier cosa que se pusiese en su camino. Seguirá su camino hasta perforar la corteza terrestre en el centro de Moscú.
– No sé vosotros pero yo necesito un café. Al, por favor, ¿puedes llevarme a la máquina? Seguro que la han cambiado desde la última vez que estuve aquí.

Roy salió de la habitación seguido por Al y Abraham, del departamento de seguridad y Defensa.

– ¿Qué hace éste aquí? -preguntó Roy a Al señalando con la cabeza al militar.
– Roy, no seas tan borde. Abe es de los nuestros -dijo con un tono de complicidad.
– No sé que vamos a hacer, Al. Tres días no es nada. Con lo del Apolo tardamos meses en preparar toda la campaña. Incluso ahora con Internet, las comunicaciones por satélite, los programas de software… Tardamos varias semanas en preparar la campaña de Argentina de hace unos años.
– Podemos desviar la atención sobre otros. Quizás tratar de culpar a Irán o a Pakistán y desestabilizar la zona. Eso incluso nos beneficiaría -dijo Abe.
– Con todos mis respetos, Abe, no creo que los rusos crean que los paquistaní son capaces de lanzar un objeto a 1000 kilómetros por segundo sin que antes les explote en las pelotas. Además, cuando comprueben que la explosión no deja restos de radiación Irán, Corea y Paquistán dejarán de estar en la lista de sospechosos. ¿Qué pasaría si deciden atacarnos?
– En teoría tendrían todo el derecho a hacerlo. En los 70 firmamos un convenio que nos impide crear este tipo de armamento orbital.
– ¿Y China? -dijo Al dubitativo.
– Los chinos nos tienen más ganas a nosotros que a los rusos -dijo Roy negando con la cabeza.
– Parece mentira que a estas alturas sigamos jugando a la Guerra de las Galaxias con los Rusos -dijo apoyándose en la pared Abe.
– ¿Qué has dicho? -dijo Roy entornando los ojos.
– Que me parece absurdo que después de tantos años y todos los esfuerzos diplomáticos que se han hecho, sigamos como en los sesenta y ochenta tirándonos cohetes y al borde de una guerra nuclear.
– No, no -dijo moviendo la cabeza-. Lo de la guerra de las galaxias… ¿Y si el misil no lo lanzase nadie desde la Tierra?
– ¿Y quién lo va a lanzar entonces? -dijo Al-. Si a los rusos les explota una bomba de 15 kilotones no creo que culpen a E.T.
– O quizás sí… -murmuró Roy-. ¡Necesito respuestas! -Dijo mientras entraba de nuevo en la sala de reuniones-. A ver, tú, la mujer de la NASA…
– Me llamo Natalie -respondió frunciendo el ceño y visiblemente enfadada.
– Lo que tú digas. ¿Cuándo comenzasteis con eso de escuchar a los alienígenas?
– Nosotros no hacemos eso -dijo Natalie con la cara desencajada.
– ¡Claro que lo hacéis! Eso de apuntar las antenas y escuchar por si encontráis señales extraterrestres.
– Supongo que se refiere al proyecto SETI. La NASA colabora hasta cierto punto, pero no es nuestro proyecto y…
– Sí, sí, bueno. ¿Habéis encontrado que pudiese remotamente parecer extraterrestre?
– En 1977 se detectó la señal WOW, pero no ha vuelto a aparecer. Pensamos que fue un error…
– ¡Me sirve! ¿Podéis introducir esa misma señal en las lecturas de los telescopios? Haremos algunas modificaciones. Yo os diré las fechas en las que deben aparecer y cómo.
– Tendría que consultarlo…
– No será ningún problema -dijo uno de los acompañantes de Natalie sentado junto a ella, un hombre joven con gafas gruesas y varios kilos de más.
– ¡Excelente! Sabía que había más de un cerebrito en la sala. -Roy comenzaba a sentirse por primera vez más vivo que en los últimos 10 años-. John, ¿Te llamabas así, no? – Dijo refiriéndose al hombre del gabinete de presidencia-. Necesito que nuestro presidente haga un comunicado.
– Señor, antes tenemos que estudiar el contenido del comunicado y hablar con el señor presidente…
– Si quieres hablar con tu jefe, hazlo. Pero dile que si no lee lo que vamos a preparar lo siguiente que leerá será la declaración de guerra que Rusia enviará en forma de misiles intercontinentales contra nuestras principales ciudades -dijo señalándole con el dedo-. Señores, vamos a crear un enemigo común. Una cabeza de turco que nos sirva para unir los intereses de toda la raza humana y evitar la madre de todas las guerras conocidas hasta ahora.

Ese mismo día por la tarde, el presidente de los Estados Unidos convocaba de urgencia a los medios de comunicación nacionales e internacionales para un asunto de la mayor trascendencia. La rueda de prensa iba a tener lugar en la Casa Blanca. Allí, minutos antes de la comparecencia las cámaras llenaban la habitación donde todos aguardaban esa gran noticia que estaba al caer.

A la hora anunciada, el presidente salió y todas las televisiones y radios de Estados Unidos y muchas de las internacionales transmitían el mensaje que Roy había redactado en aquella sala unas horas antes.

– Ciudadanos de los Estados Unidos de América, hermanos de Latino-América, Europa, África, Asia y Oceanía. Me dirijo a todos vosotros no como presidente de mi país, sino como un miembro más de nuestra especie humana, para anunciar públicamente que la Agencia Nacional de la Aeronáutica y el Espacio, NASA, en colaboración con varias universidades nacionales, ha conseguido identificar una señal de origen extraterrestre. Esta señal, tras haber sido estudiada y analizada cuidadosamente, se ha determinado que no proviene de ningún fenómeno natural, sino que al contrario, parece ser lanzada como aviso de la llegada inminente de una forma de vida inteligente a nuestro planeta proveniente de más allá de nuestro Sistema Solar -la sala comenzó a llenarse con murmullos de los periodistas-. En estos momentos pongo a nuestro equipo de científicos a la disposición de cualquier país del mundo que quiera contactar con ellos para estudiar conjuntamente las señales analizadas y convoco de urgencia una reunión extraordinaria de las Naciones Unidas con los presidentes de los países que la conforman para dentro de dos días, con el fin de determinar de antemano la relación y el protocolo de interacción con esta posible nueva especie, tanto si es amigable como si es necesario un acto de defensa de la raza humana conjunta.

Y diciendo esto, el presidente desapareció dejando atrás una nube de periodistas hambrientos de más información. En ese mismo momento, se ponía en marcha la maquinaria que Roy había mandado crear desde la sala de operaciones. Las señales se pondrían en la web para que cualquiera las pudiese analizar y viese una secuencia seudo-inteligente de señales lo suficientemente abierta como para ser interpretada de cualquier forma. Había series matemáticas, formas fractales e incluso la replicación de mensajes mandados anteriormente al espacio por los humanos con ciertas modificaciones no accidentales.

Además, había ya creadas varios sitios en la webs de movimientos en multitud de idiomas tanto a favor de los supuestos alienígenas como en contra. La semilla estaba sembrada, ahora había que regarla y verla crecer.

Al día siguiente no había otro tema ni en los medios ni en la calle. Había científicos que veían en este encuentro una oportunidad única de intercambio tecnológico, otras personas recorrían las calles con túnicas blancas esperando ser llevados a las naves, gurús mediáticos que anunciaban el fin del mundo y otros que hacían acopio de víveres para refugiarse en un búnker y preparar una resistencia armada ante la llegada de piratas interestelares. Todos y cada uno de estos movimientos habían salido de la cabeza de Roy todos. Todos daban por sentado que la señal era cierta y que algo iba a pasar.

Habían pasado toda la noche en la sala del gabinete de crisis monitorizando, escuchando y dando órdenes a los servicios de inteligencia para dirigir los movimientos que iban surgiendo, algunos programados y otros espontáneos. Roy conocía muy bien cómo funcionaba. Lo había vivido antes y siempre era igual. Al medio día ya nadie hablaba de otra cosa. Todas las televisiones del mundo, radios, periódicos, trataban de ponerse de acuerdo sobre cómo recibir a los alienígenas. Muchos de los medios hablaban de disparar antes de preguntar. Otros alertaban de la posibilidad de que fuesen más avanzados tecnológicamente que nosotros y por tanto, con un armamento más letal que el nuestro, por lo que abogaban por una paz con reparos. Las diferentes iglesias del mundo también recibieron la noticia de manera muy diversa. Desde ampliar su visión y aceptar que todas las criaturas son hijos de un mismo dios, hasta considerarlos los dioses de nuestros antepasados, los creadores de las pirámides o seres inmateriales que se comunicaban desde hace tiempo con iluminados telepáticamente.

– Es como una bola de nieve -dijo Roy pensativo-.
– ¿Crees que funcionará, Roy? -preguntó Al sentado al lado suyo en la mesa mientras la mayoría del gabinete de crisis dormía en unos bancos apoyados en las pareces de la sala.
– Espero que sí… Creo que sí -dijo asintiendo con la cabeza-. Parece que hemos vuelto a hacerlo.
– ¿Y qué pasará si no se lo creen? -preguntó Abe desde uno de los sillones-. ¿Qué ocurrirá cuando vean que no hay más bombas? ¿No será sospechoso?
– Si los rusos no se lo creen, será mejor estar cerca Nueva York –dijo Roy mirando desconfiado al militar-. Allí es donde va a estar el presidente ruso en la reunión de las Naciones Unidas.
– Tienes razón. Muy listo, Roy -dijo Al mirándole de reojo.
– Eso me lo enseñaste tú, Al. Ten a tus amigos al alcance de tu voz, y a los enemigos al alcance de tu espada –dijo sin dejar de mirar a Abe.
– Eso no es mío. ¡Es de un chino de hace un montón de años!
– Recemos para que todo el mundo piense que son los extraterrestres y no quieran jodernos, atómicamente hablando -dijo Abe volviendo a echar la cabeza hacia atrás para descansar.

El día transcurrió sin muchas más novedades y según la estricta hoja de ruta que habían marcado la noche anterior. Por la tarde, después de comer algo y lavarse un poco en los aseos, fueron llevados todo el gabinete de crisis a Nueva York, directamente al edificio de las Naciones Unidas. Llegaron por la noche. No se quedarían en ningún hotel, sino que hicieron un pequeño campamento en la sede de los Estados Unidos dentro del edificio, donde ya empezaban a llegar las delegaciones de los países. Al día siguiente sería la primera reunión extraordinaria para tratar el supuesto encuentro con los alienígenas, y casi todos los países que conforman las Naciones Unidas habían confirmado la asistencia de sus más altos mandatarios.

Por la mañana, tras dormir en unos colchones en el suelo de la sede, el gabinete de crisis al completo se levantó antes de las 7 de la mañana. En parte por la excitante situación de la que iban a ser presentes durante el día, y en parte porque Roy se había vuelto a despertar tosiendo y atragantándose con su propia sangre mientras trataba de respirar de nuevo.

La primera reunión plenaria del día tuvo lugar a las 10 de la mañana, y en ella el comité de expertos y científicos estadounidense explicó al mundo las señales que habían recibido y por qué estas parecían indicar un inminente contacto con una civilización inteligente en los próximos días. También comparecieron varios técnicos de la Agencia Europea Espacial, directores de centros de investigación de las más prestigiosas universidades y gente de reconocido prestigio en el mundo de la ciencia. Todos ellos avalaron la posibilidad de que las señales fuesen reales e, inspirados por una serie matemática decreciente en el tiempo que acompañaba a todas las señales, proclamaban la necesidad de llegar a un consenso mundial sobre cómo actuar ante esta nueva raza que iba a presentarse ante nosotros.

Desde la sala de la delegación de los Estados Unidos, Roy y todo el equipo veían, como si fuese una gran alfombra de piezas de dominó cayendo una sobre la otra, a los alienígenas que habían creado hace dos días y como comenzaban a ser tan reales que era difícil a veces volver a la realidad y saber que no existían.

Por la tarde, comenzó una ronda de consultas para conocer las diferentes opiniones de los países sobre la orientación de las relaciones que se mantendrían en los primeros encuentros. Nadie sabía donde iba a aterrizar la nave ni cuál iba a ser el país o loa países elegidos para tan importante acontecimiento. Si venían a compartir tecnología y conocimiento, a llevarnos como esclavos, a explotar nuestros recursos naturales, a estudiarnos como ratas en un laboratorio o se limitaría a una observación desde la distancia.

Cada país tenía un punto de vista diferente, aunque la mayoría de ellos eran demasiado ambiguos y no querían pecar de inocentes o desconfiados con una civilización tecnológicamente mucho más avanzada. Se decidió a última hora de la tarde, antes de cerrar la ronda de consultas, crear unos protocolos de actuación con el fin de que, en el momento en el que los alienígenas entraran en contacto con alguno de los países allí presentes, hubiese total transparencia y comunicación con el resto, de tal forma que en caso de amenaza, todos pudiesen actuar como una sola fuerza. También de esta forma se aseguraban que en caso de visita pacífica no fuese sólo una nación la que se beneficiase del intercambio tecnológico, rompiendo el actual equilibrio entre los poderosos y los países en desarrollo.

Esa noche nadie podía dormir. El edificio de las Naciones Unidas era un hervidero. En todas las sedes de los países estaban los dirigentes formulando y negociando con sus respectivos gobiernos las normas del futuro protocolo que estaban dispuestos a ceder y las que no. Sin embargo, en la sala donde se encontraba Roy nadie podía dormir. Todos sabían que en unas horas una bomba caería en Moscú sin que nadie sepa su procedencia. No dejará una estela visible, ni dará tiempo a nadie de refugiarse para salvar su vida. Llegará del cielo, recorrerá la distancia de la Luna a la Tierra en menos de 6 minutos y medio y creará un cráter donde ahora hay una ciudad llega de gente, familias, historias, vidas.

– ¿En qué piensas? -dijo Al a Roy sentado al lado suyo.
– Si esto sale bien, Al… Quizás esto no sea tan malo después de todo.
– ¿De qué estás hablando? Millones de personas morirán mañana y no hay nadie que pueda evitarlo. Lo que sí que podemos evitar que otros tantos millones continúen con vida dentro de un par de semanas.
– ¿Y si esto fuese el comienzo de una era sin guerras? Es posible que esas víctimas sean un sacrificio necesario para que el mundo deje de crear guerras inútiles de la nada. Guerras que sólo sirven para mantener viva una industria militar sedienta de sangre. ¿Y si ahora todo el mundo dedicase ese dinero en prepararse para la batalla contra los extraterrestres? ¿Y si por primera vez en la historia, gracias a un enemigo común, todos nos sintiésemos de una misma familia?
– Roy, aunque seas un maquiavélico macabro, en el fondo puede que seas un buen hombre.
– No… Si fuese un buen hombre me importaría algo la gente que está a punto de morir en Rusia. Todos morimos, Al. Tarde o temprano, pero al final todos moriremos. La diferencia es que ellos se irán unas semanas antes que yo, y que a mí antes de irme me conectarán a una máquina. Ellos ni se enterarán. Casi les envidio…
– Duerme un poco, Roy. Mañana será un día duro.

Nadie pudo dormir esa noche, salvo Roy. No fue por el ruido de los pasillos, ni por las eventuales toses de Roy al darse la vuelta. Nadie podía dejar de pensar en la gente que estaba a punto de morir y que sólo ellos sabían lo que iba a suceder, sin poder avisar a nadie para ponerse a salvo.

Al día siguiente la jornada comenzó a las 9 de la mañana. Todos los países se reunieron de nuevo para discutir los protocolos de actuación que tendría que seguir el país que entrara en contacto en primer lugar con los extraterrestres. Todos ellos traían maletines y carpetas llenas de papeles con sus anotaciones y propuestas.

El debate se mostró duro. Todo el mundo quería introducir sus cláusulas y objeciones. Hubo países que pedían examinar a los extraterrestres por posibles parásitos o bacterias nocivas para la raza humana. Otros querían capturarlos y quedarse con la nave para utilizar la tecnología que traían y explorar el universo con ella. Los más cautos, dieron una serie de recomendaciones sobre el personal que debería estar presente en el momento del encuentro. Desde un biólogo, un lingüista, un político de alto rango…

Pasadas las 12 de la mañana, hubo un repentino movimiento en los pasillos del edificio. Roy sabía que había ocurrido ya. Pusieron las diferentes televisiones que había y cambiaban constantemente de canal para ver cual era el primero en dar la noticia. De la delegación rusa, un grupo de gente corrió a donde estaba sentado su presidente y le dieron la noticia. Éste, visiblemente afectado abandonó la sala y se fue corriendo a su sede.

A los pocos minutos la primera de las televisiones lanzó un comunicado de texto sobreimpreso a la programación diaria: “Terremoto de gran magnitud barre Rusia. Millones de afectados”. A los pocos segundos el resto de televisiones del mundo especializadas en noticias copiada el titular. Unos minutos más tarde aparecía uno nuevo: “Comunicaciones cortadas con Moscú por terremoto”.

En ese momento, el presidente de Rusia salía de nuevo a la sala y pedía comparecer públicamente ante el resto de estados con carácter de urgencia. Delante de ellos comenzó su discurso:

– Estimados hermanos. Acaban de informarme de que la tierra ha estallado en las afueras de Moscú. No sabemos qué lo ha causado ni cómo ha sucedido. Nuestros satélites están mandándonos las primeras imágenes de lo ocurrido. Donde antes estaba la ciudad de Moscú, ahora sólo hay un gran cráter de cientos de metros de profundidad. Ruego a los estados aquí presentes que ayuden a mi pueblo en estos momentos de dolor y pérdida. Así mismo pido, y seré el primero en firmar la resolución que propongo ahora mismo, el fin de toda agresión y conflicto que pueda haber entre nosotros. Los alienígenas han demostrado que no vienen en son de paz, y su capacidad de destrucción es poderosa. Debemos pues, unir nuestras fuerzas para defender nuestro planeta y vengar a nuestros caídos.

Roy no podía creerlo. ¡Había funcionado! Rusia mismo estaba proponiendo una unidad mundial para acabar con esta nueva amenaza externa. Era irónico que un proyecto llamado Cupido y cuya intención era lanzar una flecha al corazón de la antigua URRS, hiciese posible una nueva era sin guerras, la primera en la historia de la humanidad. En su interior de repente algo se rompió. Algo que no esperaba sentir ya en lo que le quedaba de vida. Sintió que había hecho algo bueno. Que nadie conocería nunca su nombre, ni aparecería en los libros de historia, pero que gracias a él, miles de millones de personas dejarían de morir en el mundo gracias a la finalización de las guerras que se había iniciado en ese mismo momento. Roy entonces, lloró.

La televisión comenzaba a dar datos sobre lo que había ocurrido en Moscú. Las primeras imágenes comenzaban a llegar de la zona cero. Un gran cráter se extendía en el horizonte y sólo las tomas más altas desde los helicópteros eran capaces de hacer ver la dimensión de la catástrofe. Muchos de los miembros del gabinete de crisis no pudieron contenerse y rompieron a llorar, como si hubiesen sido ellos mismos los que habían lanzado la bomba. Natalie, la mujer de la NASA, estaba tirada en uno de los colchones en el suelo llorando desconsoladamente apretando la cara contra la almohada. Entonces, el suelo tembló durante varios segundos.

– ¿Habéis sentido eso? -dijo Roy.
– Sí -dijo uno de los cerebritos que acompañaban a la mujer de la NASA-. Posiblemente sea un movimiento sísmico proveniente de la explosión de Moscú. Las capas tectónicas han sufrido un fuerte desequilibrio, y necesitan reajustarse.

Entonces un los pasillos comenzaron a hervir con gente corriendo de allá para allá.

– ¿Qué está pasando? -preguntó Al a Roy-.
– Algo no está bien… ¡Mirad de nuevo las televisiones! -gritó Roy al grupo.

En ese momento comenzaron todos a buscar entre los canales sin saber exactamente qué es lo que debía aparecer. De repente, en uno de ellos un nuevo letrero apareció sobre las imágenes del cráter ruso: “Nuevas explosiones en varias ciudades de Estados Unidos y Europa”. En otra televisión se podía leer: “Gran nube sobre Washington. Cortadas las comunicaciones con la capital”.

– ¿Nuevas explosiones? No puede ser -dijo Al perplejo.

Roy miró incrédulo a Abe, el responsable del ejército y sin mediar palabra salió corriendo a la sala de reuniones y recorrió como alma que lleva el diablo los pasillos y escaleras hasta llegar a la sala del consejo. No podía creerlo. Quería verlo por sí mismo. ¿Quién de los allí presentes habría aprovechado la situación para hacer un ataque a nivel mundial? ¿Habrían sido los suyos? ¿Se habría atrevido el ejército a detonar bombas atómicas para hacer creer a los rusos que no eran los únicos atacados por los alienígenas? No podía creerlo. ¿Incluso en su propio territorio? ¿En su capital, Washington?

Cuando llegó a la sala, unas personas estaban dándoles la noticia al presidente de Estados Unidos y a los presidentes de Alemania, Francia, Polonia y Reino Unido. Le faltaba el aliento. No podía respirar. Comenzó a toser pero al intentar inhalar aire lo único que encontraba era el sabor salado de la sangre que escupía sobre la alfombra. Intentó levantar la vista y avanzar hacia su presidente para avisarle de la traición, pero por su expresión de sorpresa y conmoción ya parecía conocer la situación.

Entonces, Roy vio como el presidente ruso se acercaba al de Estados Unidos y le daba la mano. “En estos momentos lo más importante es permanecer juntos, como hermanos que somos, y prepararnos para la batalla contra los alienígenas”, le pareció oír mientras apretaban sus manos en señal de condolencia. Entonces, mientras se daba la vuelta para volver al atril con paso firme, a Roy le pareció ver una pequeña, casi imperceptible sonrisa de satisfacción en su cara.

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