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Extra-Machina: Alex

ALEX

Alex salió de la biblioteca y cruzó de nuevo el patio de Extra-Machina. Esta vez se dirigía hacia una gran puerta metálica que en otro tiempo podría haber servido la entrada o salida de mercancías, y que ahora disimulaba el óxido con gruesas capas de pintura roja. Al abrirla, las bisagras rechinaron dando paso al interior diáfano de una antigua fábrica.

Una hilera de grandes ventanales iluminaba el interior del recinto, dejando ver en uno de los extremos una barra de bar con unas sillas y mesas y al otro lado un pequeño escenario con un abultado contenido oculto por una sábana. Alex ya sabía lo que tenía que hacer.

Con paso firme se dirigió al escenario y retiró la tela, dejando al descubierto tres androides en el suelo, varias guitarras, amplificadores, una batería y otro androide más tras ella anclado a una silla.

– Si no me falla la memoria, tú debes ser Ringo -dijo dirigiéndose al androide batería.

Se colocó tras él y le quitó la peluca y el traje. Aunque la cara era de silicona y gel, lo que le daba apariencia humana, el interior estaba completamente desnudo y podían verse los bio-circuitos y la mecánica que daban vida noche tras noche a este ciber-Ringo. A primera vista, Alex no pudo ver nada fuera de sitio, así que sacó su pantalla y la apuntó hacia el androide. A los pocos segundos pudo ver a través de la pantalla transparente la configuración y las opciones que ofrecía, algunas de ellas incluso las había programado él.

El test inicial daba alguna alarma en la mecánica, lo que podría causar el problema. Desgraciadamente, J no le había dicho exactamente qué era lo que le pasaba, así que hizo lo que solía hacer con Ringo: hacerle tocar Helter Skelter y ver cómo respondía. Buscó la canción en la biblioteca de material liberado de Extra-Machina y se la mandó al androide.

Al instante una serie de espasmos incontrolados sacudieron a Ringo. De no haberlo desnudado al principio podría haber resultado casi humano, viéndolo agitarse y retorcerse con esa cara de gel y silicona que reaccionaba a las corrientes eléctricas haciéndole gesticular de una forma grotesca.

– ¡Vale, Ringo! ¿Demasiadas drogas en los 60? -dijo Alex mientras lo volvía a desactivar con su pantalla-. Creo que tendremos que operar.

Alex bajó del escenario y se fue hacia uno de los laterales del bar donde había una pequeña puerta de servicio. Al otro lado se encontraba el huerto de Extra-Machina, donde se cultivaba la comida, se alimentaba a los animales de la pequeña granja que tenían e incluso se fermentaba la cerveza en grandes barriles que luego se consumiría en el bar.

Al lado de la puerta por la que Alex había salido había un pequeño cobertizo de chapa metálica, donde solían guardar las herramientas y útiles para el huerto. Entró y se encontró a una niña de unos 8 años rebuscando en la caja de herramientas.

– ¡Marie! ¿Qué haces aquí, pequeña? -dijo Alex con una sonrisa en la cara.
– Hola tío Alex. Estoy buscando una herramienta.
– Eso ya lo veo. ¿Cuál exactamente?
– Una -dijo Marie con un tono de obviedad en la respuesta.
– Hmmm… ¿Y está ahí la herramienta que buscas?
– No lo sé. Por eso la busco.
– A lo mejor puedo ayudarte. ¿Qué quieres hacer con esa herramienta?
– Quiero arreglar a mi amigo. Lleva todo el rato durmiendo y no quiere jugar.
– ¿Qué amigo?
– ¡Jo, Alex! ¡Tengo que explicártelo todo! -dijo volviéndose indignada.
– Bueno, no te enfades, Marie. ¿Me dejas que coja la caja de herramientas un momento? Cuando acabe te la devuelvo y puedes seguir buscando tu herramienta.
– Vale. ¿Puedo venir contigo?
– Claro. ¡Ven! Ayúdame con esto -dijo tendiéndole un martillo.

La pequeña Marie le siguió hasta el interior llevando entre sus pequeñas manos el martillo. Una vez dentro, Alex se puso a repasar los circuitos de la columna de conexión de Ringo. Algunos se habían soltado y otros hacían contacto donde no debían. Las consecuencias de una vida androide dedicada a la batería, pensó Alex poniendo cada cable en su lugar.

– Lo ves, Ringo. Si te hubiese dedicado a la trompeta o a la guitarra no tendrías estos problemas de espalda -dijo bromeando mientras se levantaba-. Bueno, a ver qué tal ahora…

Volvió a mandar a través de su pantalla la canción al androide y este comenzó a mover la cabeza y golpear los platillos al ritmo de la canción, continuando por un redoble que recorrió todos y cada uno de los timbales hasta terminar con la caja y el bombo universalmente reconocibles de este tema.

– ¡Heavy, Cerveza, Mata a tu vieja! -gritó alguien desde la entrada.
– ¡Caffeine! ¿Ya habéis terminado? ¿Qué te ha parecido, Costas? -dijo volviéndose hacia su amigo.
– Hey, ¿qué tal si charláis mientras os invito a unas cervezas? -dijo el bibliotecario haciendo un gesto hacia una de las mesas cercanas a la barra.

Sigue aquí la serie Extra-Machina

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