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Extra-Machina: Marie

MARIE

– Mamá, ¿puedo ir ya a jugar?
– Venga Marie, te queda sólo un ejercicio. Cuando acabes podrás ir a jugar un rato.
– Pero mamá, ¡es que es muy difícil!
– Venga Marie. Es igual que los anteriores. Hasta que no lo termines no podrás ir a jugar con tus muñecos.

La tarde transcurría a lo largo de un continuo tira y afloja entre madre e hija, ya tan rutinario que cada una sabía qué decir en cada momento. Todas las tardes desde que habían llegado a la casa habían sido iguales para Marie. Después de comer, tenía que leer, estudiar y hacer los ejercicios que le ponía su madre. Luego, una vez acabados, podía irse a jugar. Unas veces terminaba pronto y al final de la tarde estaba agotada de correr y jugar con la gente que venía a la casa. Otras, como esta vez, las matemáticas se le atascaban y hacían que el tiempo de juego disminuyese considerablemente.

– Mamá, ¿tú sabes arreglar robots? -preguntó Marie con el lapicero apoyado en la barbilla.
– No cariño. Mamá no sabe arreglar robots.
– ¿Dónde se aprende a arreglar robots?
– Antes de aprender a arreglar máquinas, debes saber multiplicar -dijo su madre.
– ¿Es verdad eso? ¡Se lo preguntaré al tito Caffeine! -dijo mientras se levantaba de un salto e intentaba salir corriendo mientras su madre la cogía por el brazo.
– Ven aquí, Marie. No hace falta que le preguntes a Caffeine. Yo puedo decirte que sí.
– Entonces, si hago los deberes, ¿aprenderé a arreglar robots?
– Pues claro, cariño -sonrió su madre viendo la batalla ganada.
– ¡Vale! ¡Haré esta multiplicación y luego me iré a aprender cómo reparar robots! -dijo Marie decidida.

Después de unos minutos de fruncir con fuerza su diminuto ceño de 8 años cubierto por un flequillo rubio heredado de su madre, algunos borrones en el papel y ayudarse bajo la mesa de los dedos para contar, Marie exhibía orgullosa el papel con el ejercicio acabado.

– Está bien Marie. Bien hecho. Puedes ir a jugar, pero cuando te llame para cenar no me hagas buscarte. Hoy va a haber concierto en el bar y tendremos mucho trabajo.
– ¡Vale mamá! -dijo mientras salía corriendo de la salita en la que estaban en dirección al huerto.

Allí, en uno de los rincones del huerto de Extra-Machina, la pequeña Marie había creado durante los últimos meses su rincón personal. Era el sitio donde guardaba sus juguetes, sus cuentos y los vestidos con los que se disfrazaba para jugar ella sola. Como no había ningún niño en Extra-Machina, Marie había decidido hacerse su propio amigo-robot. A una caja de madera le había puesto un balón viejo medio desinflado, unos hierros y los tornillos y cables que había sacado de uno de los androides del bar. Con todo ello, había algo que faltaba, a juicio de Marie, ya que esa colección de objetos inertes no terminaba de cobrar vida. Seguro que estaba roto. Tras comprobar que no faltaba ninguna de las piezas que había ido recopilando, decidió ir a la caseta de las herramientas para ver si alguna de ellas le podía ayudar a dar vida a su amigo robot.

Con un poco de esfuerzo, Marie retiró la puerta metálica del cobertizo y entró. Estaba oscuro y lleno de herramientas, hierros, tuercas y otras cosas que no reconocía. Se arrodilló para buscar en una caja de herramientas que había abierta en el suelo, cogiendo cada una de ellas y examinándola en sus diminutas manos, intentando entender para qué podría servir y desechándolas una a una para continuar con la siguiente.

– ¡Marie! ¿Qué haces aquí, pequeña? -dijo una voz desde la puerta. Marie se volvió. Era Alex, uno de los chicos que venían a la casa y ayudaban a J y a su mamá.
– Hola tío Alex. Estoy buscando una herramienta.
– Eso ya lo veo. ¿Cuál exactamente?
– Una -dijo Marie con un tono de obviedad en la respuesta.
– Hmmm… ¿Y está ahí la herramienta que buscas?
– No lo sé. Por eso la busco.
– A lo mejor puedo ayudarte. ¿Qué quieres hacer con esa herramienta?
– Quiero arreglar a mi amigo. Lleva todo el rato durmiendo y no quiere jugar.
– ¿Qué amigo?
– ¡Jo, Alex! ¡Tengo que explicártelo todo! -dijo volviéndose indignada.
– Bueno, no te enfades, Marie. ¿Me dejas que coja la caja de herramientas un momento? Cuando acabe te la devuelvo y puedes seguir buscando tu herramienta.
– Vale. ¿Puedo venir contigo? -es posible que viendo qué herramienta utilizaba Alex para arreglar los robots, ella pudiese arreglar a su nuevo amigo.
– Claro. ¡Ven! Ayúdame con esto -dijo tendiéndole un martillo.

La pequeña Marie le siguió hasta el interior llevando entre sus pequeñas manos el martillo. Alex se dirigió hacia el robot del que Marie había sacado las piezas del nuevo amigo que estaba construyendo. Tenía vergüenza de que Alex descubriese que había sido ella la que había roto el robot músico, así que dejó el martillo al lado de la caja de herramientas y salió al patio principal. Allí estaba Sonia. Una chica muy guapa que venía de vez algunos días y jugaba con ella.

– ¡Hola Sonia! -dijo desde la puerta del bar.
– ¡Hola Marie! ¿Has terminado los deberes de hoy?
– ¡Pues claro! Si no mi mamá no me deja salir a jugar.
– ¿Quieres ayudarme con esto? -dijo invitando a la pequeña con un gesto con la cabeza.
– ¿Qué estás haciendo?
– Estoy haciendo una nueva pista de obstáculos. Toma esta tiza. ¿Ves esa piedra en el suelo? Tienes que dibujar una línea que vaya de allí a la pared.

La pequeña, entusiasmada con su nueva tarea cogió la tiza y se pudo a dibujar una línea en el suelo tan concentrada que su lengua asomaba fuera de su boca. Sonia solía ir un par de veces a la semana a Extra-Machina. Desde hacía un par de años había creado un pequeño grupo de Parkour y ahora daba talleres de iniciación a de vez en cuando. El circuito que estaba preparando era para la clase de la tarde.

– ¡Sonia! ¡Mira! ¿Lo he hecho bien? -dijo Marie con la tiza en la mano orgullosa.
– Perfecto Marie. Ahora tienes que pintar una línea a la altura de tu cabeza desde allí hasta la esquina.
– ¡Vale! Pero si luego bailamos un rato.

La mente de la pequeña Marie era una esponja que absorbía todo lo que ocurría Extra Machina. Una vez había visto a Sonia hacer capoeira con otro de los chicos del parkour, y desde entonces había aprendido a hacer los pasos básico y algún que otro truco. Aprovechaba siempre que veía a Sonia para bailar y aprender nuevos pasos y cabriolas. Durante la siguiente media hora estuvieron pintándose de tiza la una a la otra y haciendo pasos de capoeira. A Marie le gustaba volver a tener amigos. No eran como los amigos del colegio a los que iba antes, pero estos sabían hacer cosas nuevas.

– ¡Sonia! Ya estoy aquí. ¿Cómo estás? -una chica morena y delgada atravesaba el patio de Extra Machina en dirección a donde estaban.
– Hola Amaia, mira esta es mi amiga, Marie.
– Hola Marie. Bailas muy bien, ¿lo sabías? -dijo arrodillándose para poner su cara a la altura de la de Marie.
– Gracias… -Marie de repente tuvo vergüenza. Le pasaba a menudo con la gente nueva que venía.
– Marie, vamos a empezar el taller de parkour -dijo Sonia-. ¿Quieres quedarte tú también?
– No, estoy cansadita. Me voy al huerto un poco. Mamá me va a llamar pronto para cenar.
– Vale guapa. ¡Dale un beso a tu mamá de mi parte!

Marie entró de nuevo en el bar y vio a Alex, Caffeine, J y a otro chico más en una de las mesas, mientras su madre limpiaba y ordenaba la barra por dentro. Aún no era la hora de cenar, así que se iría a jugar un rato con su amigo, con suerte igual conseguía que se despertase.

Salió del bar y atravesó el huerto hasta llegar a su rincón. Allí, al lado del muro se sentó y empezó a jugar con unas tuercas y unos relés intentando combinarlos para conseguir algo que se moviera como un robot. Estuvo un rato allí, en silencio, concentrada en su juego. Tanto que no se dio cuenta de que desde que se había vuelto a sentar allí no estaba sola. Una sombra la observaba desde lo alto del muro, inmóvil, dispuesta a saltar sobre su presa.

Sigue aquí la serie Extra-Machina

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