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Extra-Machina: Irina

IRINA

– Mamá, ¿puedo ir ya a jugar? -preguntó la pequeña mientras jugueteaba con el lapicero en la mano.
– Venga Marie, te queda sólo un ejercicio. Cuando acabes podrás ir a jugar un rato -le dijo Irina tratando de convencerla.
– Pero mamá, ¡es que es muy difícil!
– Venga Marie. Es igual que los anteriores. Hasta que no lo termines no podrás ir a jugar con tus muñecos.

La pequeña Marie había crecido mucho en estos últimos meses, desde que habían llegado a la comunidad de Extra-Machina. Irina pensaba que sacarla de la escuela tan precipitadamente podría ser perjudicial para una niña tan pequeña. Para minimizar el cambio, todas las mañanas y tardes le daba clases a su propia hija. Por eso, y porque sabía que una buena educación era lo que le permitiría sobrevivir el día de mañana, ya fuese dentro o fuera del “sistema”, como lo llamaban en Extra-Machina. Al menos, la posibilidad de estudiar una carrera era lo que había hecho posible que una hija de inmigrantes rumanos acabase con un puesto de responsabilidad en la mayor empresa de Francia, lo que fue su orgullo al principio y terminó convirtiéndose en su maldición.

– Mamá, ¿tú sabes arreglar robots? -preguntó Marie con el lapicero apoyado en la barbilla.
– No cariño. Mamá no sabe arreglar robots -dijo volviendo a la realidad de repente.
– ¿Dónde se aprende a arreglar robots?
– Antes de aprender a arreglar máquinas, debes saber multiplicar -dijo su madre.
– ¿Es verdad eso? ¡Se lo preguntaré al tito Caffeine! -dijo mientras se levantaba de un salto e intentaba salir corriendo mientras su madre la cogía por el brazo.
– Ven aquí, Marie. No hace falta que le preguntes a Caffeine. Yo puedo decirte que sí -Irina no pudo disimular una pequeña sonrisa al darse cuenta que esa gente que conocía desde hacía sólo unos meses se habían convertido en la familia de su hija, y por extensión en la suya propia.
– Entonces, si hago los deberes, ¿aprenderé a arreglar robots?
– Pues claro, cariño -sonrió su madre viendo la batalla ganada.
– ¡Vale! ¡Haré esta multiplicación y luego me iré a aprender cómo reparar robots! -dijo Marie decidida.

Marie hincó el codo en la mesa y frunció su pequeño ceño mientras su madre la observaba con detenimiento. ¿Había valido la pena? Quizás era demasiado arrebatarle la infancia a una niña pequeña, huir de casa en medio de la noche a otro país, romper el contacto con todos los conocidos, amigos familiares… A los pocos minutos la pequeña Marie exhibía orgullosa el papel con el ejercicio acabado, sacándola de sus pensamientos.

– Está bien Marie. Bien hecho. Puedes ir a jugar, pero cuando te llame para cenar no me hagas buscarte. Hoy va a haber concierto en el bar y tendremos mucho trabajo.
– ¡Vale mamá! -dijo mientras salía corriendo de la salita en la que estaban en dirección al huerto.

Irina se levantó y recogió los cuadernos en un pequeño armario de madera que había colgado en la pared. Después, agarró la mesa con fuerza y la metió de nuevo en el bar con el resto. En el interior, uno de los chicos que solía venir estaba arreglando uno de los androides músicos. La luz entraba por las ventanas de la antigua fábrica y pronto llegaría el otoño. Este iba a ser el primero que Irina pasaría fuera de su casa. Habían cambiado mucho las cosas, pensó. De ser una técnica de laboratorio en las afueras de París, a camarera de una comuna anti-sistema en Barcelona. Decidió ponerse a organizar el bar y distraerse así de ese sentimiento.

Poco a poco comenzó a cambiar los barriles de cerveza casera y licores que la gente elaboraba en Extra-Machina. Esta noche habría concierto y venía un grupo homenaje a Los Beatles. Desde hacía unos años habían liberado paulatinamente los derechos de su discografía y se podían volver a tocar en directo en cualquier lugar. Cuando hubo cambiado los barriles sacó los que estaban vacíos de nuevo al huerto para volver a llenarlos al día siguiente. Al lado estaba el muñeco que Marie había hecho. De repente Irina sintió una punzada de pena y culpabilidad al ver como su pequeña tenía que inventarse amigos con trozos de chatarra y alambres. Marie parecía haber aceptado la nueva situación de una manera muy rápida, casi como un juego. Seguramente los niños tienen mucha más capacidad de adaptación que sus padres, y aceptan los cambios con mayor facilidad, pero como madre, no podía dejar de preocuparse por el pequeño proyecto que había creado en ese rincón del huerto.

Tras apilar los barriles, volvió al bar para seguir preparando la barra para la noche. En una de las mesas estaban J, Caffeine y un par de chicos charlando amigablemente. Irina se acercó a ellos y les preguntó si querían algo de beber.
– Hola Irina -dijo Alex-. ¿Tenéis soda?
– Lo siento, Alex, la soda se nos ha acabado. Pero tenemos zumo de tomate natural.
– ¡Perfecto! Me encanta el zumo que hacéis aquí.
– Es por las semillas -dijo J-. Las verduras y frutas que compráis en los supermercados son transgénicas, diseñadas para conservarse durante meses sin que se dañen en los camiones. Tienen acuerdos con las cadenas de distribución para sólo comprar de estos tipos, así controlan también la producción. En Extra-Machina somos de los pocos sitios que conservamos semillas no transgénicas. La mayoría de los agricultores ya no guarda ni cultiva ninguna porque no puede venderlas y no sale rentable.
– ¿Es eso cierto? -preguntó Costas incrédulo.
– ¡Claro brother! -dijo Caffeine-. Prueba un batido de estos, tío. ¡Vas a tener el primer orgasmo de lengua de tu vida!
– ¿Te pongo uno? -preguntó Irina.
– Sí, claro. ¡Este sitio es una caja de sorpresas!
– Ponme a mí otro, Irina, por favor -dijo J.
– ¿Caffeine? -preguntó la camarera.
– Yo quiero una cerveza. Después del día que llevo, me vendrá bien desconectar un poco…
– ¡Marchando!

Irina fue a la barra a preparar las bebidas y a los pocos minutos las sirvió al grupo que seguía charlando animadamente. Después continuó limpiando la barra, los grifos a presión, y colocando los vasos en su sitio. Había pasado ya más de media hora cuando escuchó unos golpes en el techo de la nave. Una sobra recorrió de lado a lado el techo de uralita y pasó fugazmente por las ventanas sin poder distinguirse nada más que una mancha borrosa a gran velocidad.

– ¿Qué ha sido eso? -preguntó Caffeine

A Irina se le heló la sangre. ¡Marie! Con la respiración aún cortada, salió corriendo por la puerta del bar en busca de su hija, atravesó el huerto y cuando llegó al rincón donde solía jugar la pequeña lo único que vio fueron trozos de robot y cables esparcidos por el suelo. Miró por todos los lados y no vio nada. Recorrió con la vista la parte superior del muro, por donde había visto la sombra y también estaba desierta. El pánico se apoderó de ella.

– ¡Marie! ¡Marie, dónde estás! -gritó desesperada.

Detrás suyo escuchó unos pasos. Se volvió y vio a J con cara de desconcierto.

– Irina, ¿qué pasa? -preguntó.
– Es Marie. ¡Se la han llevado! -dijo llorando mientras daba vueltas alrededor del huerto buscando a su hija.
– Pero ¿quién se la ha llevado? ¿Por qué?
– ¡Dónde está mi hija! -seguía sollozando Irina sin escuchar a J.

De repente, J vio en el suelo algo que no debería estar ahí. Una pantalla móvil. La cogió, pero estaba apagada. Llevaba uno de esos sistemas de reconocimiento con chip de proximidad. Debías tener implantado un chip especial bajo la piel para poder utilizarla. Le dio la vuelta para examinarla con más detenimiento cuando Irina la vio y de un rápido gesto se la arrebató de las manos. La pantalla transparente se activó al contacto con Irina. Sobre la pantalla, sólo un mensaje:

“Si quieres volver a ver a tu hija, devuélvenos lo que te llevaste. Recibirás instrucciones en este terminal.”

– Irina, creo que debemos hablar -dijo J mientras le quitaba la pantalla transparente de las manos-. Ven, vamos a sentarnos.

Sigue aquí la serie Extra-Machina

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