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Extra-Machina: J

J

Llevaba un tiempo ya en el patio, escuchando, observando cualquier movimiento por imperceptible que pudiera parecer, pero no lograba verlo. J empezaba a pensar que era todo producto de su imaginación y de la paranoia que cualquier residente de una Extra-Machina llega a desarrollar por necesidad. Hacía unos días que llevaba escuchando el zumbido característico de los ornitópteros espías. Pequeñas máquinas con una gran capacidad de maniobra y que se utilizaban con propósitos muy diversos, desde el simple espionaje y control de las personas que acudían al recinto hasta para sabotaje informático mediante ataques en masa de enjambres de estos insectos cibernéticos.

Desde que llegó a esta fábrica en ruinas hace unos años había tenido temporadas de verdadero acoso por parte de diferentes flotas de helicópteros en miniatura, más parecidos a insectos que a verdaderas máquinas de guerra fría. Sin embargo, hacía unas semanas que no aparecía ninguno, o al menos, no a la altura suficiente como para poder identificarlos. Por un instante le pareció escuchar un zumbido detrás de él y volvió con rapidez su cabeza hacia el muro trasero, pero allí no había nada salvo el musgo que durante lustros había estado creciendo en la parte más alta de la pared de ladrillo. Estuvo a punto de entrar en la sala de servidores para advertir a Caffeine sobre el ornitóptero, pero ni siquiera estaba él mismo seguro de que hubiese uno, y si lo había, necesitarían varias decenas para tumbar la conexión, como pudieron comprobar la última vez.

Estaba J aún inmerso en el proceso de decisión sobre si tratar de buscar más a fondo la existencia de ese pequeño espía en los alrededores o decírselo a Caffeine cuando escuchó unas voces procedentes de la puerta principal metálica de la entrada que se abrió dejando ver a dos jóvenes que hablaban distendidamente. J reconoció a uno de ellos al instante y tras él venía otro joven. ¿Tendría alguna relación esta nueva visita con el ornitóptero que le parecía haber oído?

– ¡Alex! ¿Cómo estás? -Exclamó J desde el patio interior.
– ¡Hola J! ¿Cómo va todo? -dijo el primero de ellos adelantándose y estrechando la mano de J.
– Bien -Relájate J, pensó-. De hecho, estaba deseando que aparecieses. Uno de esos androides tiene problemas y no hay mucha gente que tenga tus manos con esos bichos.
– ¿Cuál es que se ha roto esta vez?
– El batería. Hoy viene un tipo y quiere a Paul, George y Ringo. Como no tenemos muchos que toquen la batería es el que más usamos…
– No te preocupes, J. Llevo a mi amigo a la biblioteca y le hecho un ojo a Ringo -dijo Alex mientras cruzaban el patio camino a la sala de servidores.

Al alejarse, J inspeccionó al joven intruso. Ropa de marca, unos cables a modo de falsos implantes desde la nuca al cuello, una cartera de tela verde, varios implantes subcutáneos en el dorso de la mano… Nada fuera de lo que se puede esperar de un universitario de unos veintipocos años. A veces olvidaba la primera regla de Extra-Machina: Nadie tiene pasado, sólo presente y futuro. Si la gente podía confiar en J, él debía poder confiar en cualquiera que se acercase a Extra-Machina a aprender y a compartir, pero los continuos ataques de las corporaciones habían hecho mella en la confianza de J. Decidió salir fuera y relajarse un poco, necesitaba tranquilizarse. Esta noche habría concierto y debía guardar fuerzas.

Con paso firme, se acercó a la puerta metálica exterior y salió. Tras los muros de Extra-Machina se podía ver el Mediterráneo. Estaban en un pequeño monte rodeados de un bosque en las afueras de la metrópolis de Barcelona. La primera vez que vino aquí estaba todo medio destruido. Anteriormente en Extra-Machina había una comuna okupa que mantenía liberado el lugar como un espacio de encuentro social, abierto a todos los públicos e intentando luchar, como él lo hacía ahora, contra el capitalismo de principios del siglo XXI. Pero incluso ellos habían desaparecido. Realmente había pocas diferencias entre los okupas de esa época y Extra-Machina, pero la mayor de ellas era el tiempo en el que les había tocado vivir.

Ni siquiera el movimiento okupa desde el punto de vista más tradicional había conseguido sobrevivir a la Máquina en los últimos 20 años. Él vino aquí con un propósito, una misión. A la vistas de todo el mundo él era un colono, un predicador, un activista. Un astronauta dispuesto a vivir en el vacío, fuera del ecosistema creado durante las últimas décadas por empresas que cada año se compraban unas a otras hasta llegar a ser todas propiedad de unos pocos, aunque con marcas y nombres diferentes para seguir confundiendo al ciudadano. La Máquina creada llegaba desde la alimentación, el agua, la música, el transporte, la vivienda hasta incluso la propia vida. Si pocos eran los que podían tener descendencia sin acudir a una de esas clínicas de fertilidad, no había nadie que pudiese vivir sin comprar agua, carne, tomates o casas a la misma gran empresa. Nadie, salvo los que vivían fuera de la Máquina, Extra-Machina. Pero sobre todo, y mucho más importante, tenía la misión de preservar el conocimiento fuera de las grandes empresas y evitar que estas se apropien de patentes cruciales limitando el desarrollo y vida de la raza humana. En eso se basaba la red a la que pertenecía y que le había mandado a crear este nodo en Barcelona.

J respiró profundamente con los ojos cerrados. El otoño se acercaba, pero aún podía sentir la cálida y salada brisa del Mediterráneo. Desde que era niño, sólo el olor del mar podía hacerle olvidar sus preocupaciones. Suspiró una vez más y se dio la vuelta. En frente suyo colgaba el cartel que él mismo hizo a imagen y semejanza del existente en todas las comunidades Extra-Machina:

EXTRA-MACHINA (Fuera de la Máquina)

1- EXTRA-MACHINA nadie tiene pasado, sólo presente y futuro.
2- EXTRA-MACHINA sólo tiene cabida lo que no es controlado por ella.
3- EXTRA-MACHINA la única moneda de cambio es tu tiempo y conocimiento.
4- Lo que nace EXTRA-MACHINA nunca podrá entrar en ella.

De nuevo, J entró en el patio y se dirigió a la gran puerta a su izquierda que daba a la nave industrial reconvertida en bar y centro social de Extra-Machina, donde se hablaba de los nuevos proyectos, se hacían talleres, se celebraban fiestas y donde todo el que venía a Extra-Machina terminada entrando para beber la famosa cerveza casera que J elaboraba.

Al entrar en el bar, vio a Caffeine hablando en una mesa con Alex y el nuevo amigo que había traído. Pensó que lo había juzgado mal al principio, y decidió darle una segunda oportunidad al chaval.

– ¡Hola de nuevo Alex! Veo que ya has encontrado a J -dijo mientras se aproximaba a la mesa-. Perdona por no haberme presentado antes -dijo dirigiéndose al nuevo y tendiéndole la mano-. Me llamo J.
– Yo me llamo Costas, Alex me ha enseñado el sitio. ¡Me parece increíble! -dijo apretando su mano efusivamente, momento que J aprovechó para inspeccionar si llevaba algún sub-imp que pudiera ser sospechoso.
– ¿De verdad? Cuéntame, ¿Qué es lo que más te ha gustado? -dijo mientras se sentaba con el resto del grupo.
– Estaba buscando unas distribuciones de sistemas abiertos para hacer unas pruebas en casa con bioelectrónica. Caffeine me ha pasado un par y un montón de tutoriales. No conocía que existía toda esa información, aún estoy flipando…
– ¡Tienes sobredosis de información, Bro! -le dijo Caffeine mientras le daba un golpe en el hombro.
– Todo lo que has podido ver es posible a gente como Caffeine, como yo, y como muchos otros en otras Extra-Machinas.
– ¿Cómo es posible que nunca haya oído hablar de esto? ¡La gente debe conocer toda esta información que tenéis aquí disponible!
– Bienvenido a Extra-Machina, Costas -dijo Alex sonriendo-. ¿Te imaginas lo fácil que sería todo si ese conocimiento estuviese a disposición de todo el mundo?
– ¿Y por qué no lo está? -preguntó Costas extrañado.
– Porque no quieren que la gente sepa hacer nada -contestó J relajándose por fin y echándose hacia atrás en la silla-. Si no tienes un sistema operativo libre, tienes que comprar uno, igual que si no sabes mecánica tienes que llevar el coche al taller o si no sabes cocinar tienes que comprar la comida hecha.
– Pero aunque sepa mecánica, es imposible abrir un coche hoy en día por ti mismo -dijo Costas.
– Cierto, así como es imposible encender la luz de casa sin pagar a la compañía eléctrica o comer patatas si no lo compras del supermercado.

En ese momento una mujer de unos 30 años se aproximó a la mesa. Era Irina, llevaba unos meses viviendo en Extra-Machina con su hija. J nunca le preguntó de quién huía, aunque estaba claro que lo hacía, ni de donde venía, aunque su acento francés la delataba.

– Hola Irina -dijo Alex-. ¿Tenéis soda?
– Lo siento, Alex, la soda se nos ha acabado. Pero tenemos zumo de tomate natural.
– ¡Perfecto! Me encanta el zumo que hacéis aquí.
– Es por las semillas -dijo J-. Las verduras y frutas que compráis en los supermercados son transgénicas, diseñadas para conservarse durante meses sin que se dañen en los camiones. Tienen acuerdos con las cadenas de distribución para sólo comprar de estos tipos, así controlan también la producción. En Extra-Machina somos de los pocos sitios que conservamos semillas no transgénicas. La mayoría de los agricultores ya no guarda ni cultiva ninguna porque no puede venderlas y no sale rentable.
– ¿Es eso cierto? -preguntó Costas incrédulo.
– ¡Claro brother! -dijo Caffeine-. Prueba un batido de estos, tío. ¡Vas a tener el primer orgasmo de lengua de tu vida!
– ¿Te pongo uno? -preguntó Irina.
– Sí, claro. ¡Este sitio es una caja de sorpresas!
– Ponme a mí otro, Irina, por favor -dijo J.
– ¿Caffeine? -preguntó la camarera.
– Yo quiero una cerveza. Después del día que llevo, me vendrá bien desconectar un poco…
– ¡Marchando! -dijo Irina mientras se iba de nuevo hacia la barra.
– ¿Así que cultiváis aquí vuestros propios tomates? -preguntó Costas extrañado.
– Los tomates, cereales, patatas, hortalizas… Todo lo que servimos es cultivado por nosotros o en ocasiones en comunidades Extra-Machina cercanas con las que hacemos intercambios.
– ¿Y a cambio qué conseguís? -preguntó de nuevo Costas.
– Brother, ¿te acuerdas de las monedas que te di antes? -interrumpió Caffeine.
– Sí, aquí las tengo… -dijo sacando las monedas de metal del bolsillo y poniéndolas encima de la mesa.
– Estas monedas, son tu tiempo -explicó J-. Cuando tú haces algo por alguien, lo que consigues no es dinero, sino una deuda. Entonces, esa otra persona puede hacer algo por ti a cambio o darte dinero para que otra persona pague su deuda. El dinero sólo tiene el valor que le damos, y en Extra-Machina ese valor es tu tiempo. Si vienes aquí, colaboras con Extra-Machina, enseñas a otros compañeros lo que sabes, compartes… Ganaras monedas que puedes utilizar en cerveza, zumos, o clases y talleres.

En ese momento Irina trajo las bebidas y cogió mecánicamente un par de ellas de la mesa. Cada uno eligió su vaso y tras brindar cordialmente bebieron.

– ¿Por eso en la entrada dice que la única moneda es mi tiempo y conocimiento? Ahora lo entiendo -dijo Costas saboreando aún el zumo de tomate.
– Eso es. De hecho, esta noche pensaba venir al concierto, por si hace falta ajustar a Ringo en directo -añadió Alex-. ¿Quieres venirte? Parece que habrá bastante gente.
– ¡Claro! Parece divertido.
– ¿Qué ha sido eso? -preguntó Caffeine mirando al techo.
– ¿Qué ha sido el qué? -le preguntó J de nuevo en alerta.
– Creía haber visto algo en el tejado.
– ¡Malditos ornitópteros! ¡Sabía que había algunos rondando! -gritó J levantándose de un salto de la silla.
– No era un ornitóptero, J. Era algo más grande -dijo Caffeine también algo alterado-. Será mejor que vaya a la biblioteca a ver si está todo bien.
– Ve y avísame si ha habido algo. Yo iré al huerto por si aún sigue allí -dijo J saliendo disparado hacia la puerta trasera del bar.

Al salir por la puerta J vio al final del huerto, al lado del muro, a Irina mirando desesperada hacia todos los lados.

– ¡Marie! ¡Marie, dónde estás! -gritó con los ojos enrojecidos mientras J se acercaba a ella sin entender nada.
– Irina, ¿qué pasa? -preguntó.
– Es Marie. ¡Se la han llevado! -dijo llorando mientras daba vueltas alrededor del huerto buscando a su hija.
– Pero ¿quién se la ha llevado?
– ¡Dónde está mi hija! -seguía sollozando Irina sin escuchar a J.

De repente, J vio en el suelo algo que no debería estar ahí. Una pantalla móvil. La cogió, pero estaba apagada. Llevaba uno de esos sistemas de reconocimiento con chip de proximidad. Debías tener implantado un chip especial bajo la piel para poder utilizarla. Le dio la vuelta para examinarla con más detenimiento cuando Irina la vio y de un rápido gesto se la arrebató de las manos. La pantalla transparente se activó al contacto con Irina. Sobre la pantalla, sólo un mensaje:

“Si quieres volver a ver a tu hija, devuélvenos lo que te llevaste. Recibirás instrucciones en este terminal.”

– Irina, creo que debemos hablar -dijo J mientras le quitaba la pantalla transparente de las manos-. Ven, vamos a sentarnos.

J llevó a Irina a una pequeña mesita donde aún había unos papeles y cuadernos de la pequeña con varias sumas y restas. Se sentaron los dos allí y J dejó la pantalla que habían encontrado encima de la mesa.

– Irina -comenzó-, sabes que por la primera regla nunca te he preguntado por tu pasado, pero ahora te pido que me expliques qué pasa. Si no conozco la situación no puedo ayudarte, y a Marie tampoco.
– Han sido ellos… -dijo aún sollozando con la mirada perdida en el infinito y la frente sudorosa.
– Irina, por favor, mírame. ¿Quiénes son ellos?
– Se la han llevado. ¿Qué le van a hacer a mi niña? ¿Dónde se han llevado a mi pequeña? ¡Es mi culpa! -gritaba Irina tapándose la cara con las manos y rompiendo a llorar de la desesperación.
– Irina -repitió J-. Tienes que calmarte, por Marie. Quiero ayudarte, quiero encontrar a Marie, pero tienes que decirme quién se la ha llevado.
– ¡Han sido J&D Labs! Antes trabajaba para ellos. Quieren que les devuelva unos análisis de agua que hice. ¡Creí que podría escapar, pero nos han encontrado!
– ¿J&D Labs? ¿Por qué secuestrarían a Marie por unos análisis? -J&D Labs era parte de una de las 3 compañías, aunque en realidad todas eran la misma, que controlaban los alimentos, sanidad y transporte a nivel mundial. Parecía muy raro que una empresa tan grande estuviese interesada en un simple análisis.
– ¡No lo entiendes! ¡El agua de París está contaminada por ellos! Ellos la envenenan y luego venden el agua embotellada en toda la ciudad. En los análisis que realizan para el ayuntamiento de París descubrí los puntos de infección del agua y el sabotaje. Lo pasé al ayuntamiento, pero la persona a quien se lo mandé también está en la operación de J&D, y me amenazaron para eliminar el informe.
– Y no lo hiciste…
– Me puse en contacto con un grupo de hackers que publican informes confidenciales. Al hablar con ellos me dijeron que tenían cierta información de que iban a intentar atacarme para eliminar el informe. Fueron ellos quienes me recomendaron huir utilizando la red de casas Extra-Machina y llegar a España. ¡No sé cómo me han encontrado!
– Tenemos que encontrarles antes de que le paso algo a Marie. ¿Tiene algún sub-imp de localización?
– No -dijo bajando la mirada y sacudiendo su cabeza-. El grupo de hackers me dijo que le quitarse todo dispositivo que facilitara su localización, ya que J&D son los que fabrican todos los sub-imps del mercado.
– Espero que Caffeine haya podido rastrear al menos la señal del coche en la que se la llevaron -dijo J levantándose para ir a la biblioteca.

Al girarse, apareció por la puerta Sonia, una de las chicas que regularmente acudía a Extra-Machina. Solía dar clases de saltos y artes marciales. Tenía el pelo revuelto, la cara sudorosa y la ropa rota y manchada de tierra. Todavía respiraba agitadamente cuando con una sonrisa de satisfacción dijo:

– Dile a Caffeine que rastree mi pantalla móvil. Vamos a cazar a ese hijo de puta.

Sigue aquí la serie Extra-Machina

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