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Extra-Machina: Sonia

Sonia

La música recorría su cuerpo. Todo movimiento, desde el vaivén de las manos a los giros que describían sus piernas en el aire estaba cuidadosamente sincronizado. Todo su cuerpo se movía al ritmo de la música que nacía de su pantalla móvil ahora en el suelo. La capoeira es así, la ginga misma, base de este arte de lucha no es sino una danza, un baile.

Podría cerrar los ojos y saber qué era lo que iba a hacer la niña que tenía enfrente suyo con la absoluta certeza de no alcanzarla nunca. Ella también bailaba al ritmo hipnótico de la música, combinando los tres o cuatro pasos que le había ido enseñando durante estas últimas semanas con una asombrosa frescura y habilidad. Juntas creaban un espectáculo único de danza y sincronización.

– ¡Sonia! Ya estoy aquí. ¿Cómo estás? -una chica morena y delgada atravesaba el patio de Extra Machina en dirección a donde estaban las dos bailarinas.
– Hola Amaia, mira esta es mi amiga, Marie -dijo recogiendo la pantalla del suelo y apagando la música.
– Hola Marie. Bailas muy bien, ¿lo sabías? -dijo arrodillándose para poner su cara a la altura de la de Marie.
– Gracias… -Marie de repente tuvo vergüenza. Le pasaba a menudo con la gente nueva que venía.
– Marie, vamos a empezar el taller de parkour -dijo Sonia-. ¿Quieres quedarte tú también?
– No, estoy cansadita. Me voy al huerto un poco. Mamá me va a llamar pronto para cenar.
– Vale guapa. ¡Dale un beso a tu mamá de mi parte!

La pequeña Marie se fue atravesando el patio de Extra-Machina para entrar por la gran puerta metálica que daba al bar del recinto. Una vez a solas, Amaia se acercó a Sonia y pasando su mano por detrás de su espalda la abrazó y le dio un largo beso en los labios.

– No sabes cómo te he echado de menos -le dijo al oído.
– Yo también… Me alegro mucho de que hayas venido -le dijo con una sonrisa y mordiéndose el labio inferior.
– Entonces, ¿vamos a hacer los saltos aquí? -preguntó Amaia mirando a su alrededor.
– Sí. Hoy empezaremos por algo sencillo. ¡No quiero que te rompas nada antes de empezar a pasartelo bien con esto!
– ¡Ja! Cariño, soy más dura de lo que tu te crees -dijo quitándose una camisa de tela que llevaba puesta y tirándola a los pies del muro,quedándose con una camiseta de tirantes -. Vaya, veo que ya tienes todo preparado.

Sobre el suelo y la pared había marcadas varias líneas con tiza blanca, además de varias cajas de madera de diferentes tamaños desperdigadas por el recinto.

– Espero que el paseo hasta aquí te haya servido para calentar. ¿Quieres que empecemos?
– ¡Claro que sí! Explícame, ¿de qué va esto?
– El parkour se basa en combinar diferentes movimientos y el uso de elementos del entorno con el fin de alcanzar alturas que de otra forma sería imposible. Hoy vamos a subirnos a este muro con un par de movimientos que voy a enseñarte.

Amaia miró a lo alto del muro y le pareció una hazaña imposible. Medía algo más de tres metros y por mucho que saltase, estaba segura de que sus brazos nunca alcanzarían esa altura.

– Sé lo que estás pensando -le dijo Sonia para tranquilizarla-. No te preocupes, no es nada difícil. Lo primero que vamos a hacer es hacer un doble salto. ¿Ves esa caja? Lo que vamos a hacer es dar un primer salto y después con las dos piernas, dar un segundo impulso sobre la caja.

Sonia hizó una demostración de lo que había explicado anteriormente alcanzando una altura que doblaba prácticamente su propia altura. Amaia casi no podía creer lo que había visto.

– ¿Así de fácil? -preguntó incrédula.
– Vamos, ¡prueba! Si no lo haces nunca lo sabrás.

Amaia cogió carrerilla, saltó primero sobre la caja y se impulsó posteriormente, tal y como le había dicho Sonia, con ambas piernas. El resultado no fue como el de Sonia, pero Amaia quedó sorprendida de la altura de su propio salto. Tanto que por un momento creyó perder el equilibrio en el aire, aunque logró reponerse y caer con seguridad.

– ¡Eso ha sido alucinante! Exclamó ya una vez en el suelo.
– Te lo dije. Es muy fácil, pero tienes que tener cuidado a la hora de aterrizar. Es muy fácil hacerse un esguince.
– Descuida -dijo sonriendo al ver que Sonia se preocupaba por ella.
– Vamos a hacerlo unas cuantas veces más, para ir cogiendo práctica.

Durante unos minutos estuvieron saltando utilizando cajas de diversas alturas y viendo como modificaba la altura y la distancia del salto. Con cada uno, Amaia se sentía más segura de sí misma y más disfrutaba de la sensación de ingravidez que proporcionaba cada uno de los saltos en el momento de llegar a los más alto de la trayectoria.

Una vez Sonia hubo decidido que Amaia ya tenía la práctica suficiente, pasó a explicarle la siguiente parte del entrenamiento.

– Ahora vamos a aprender a andar por las paredes.
– Guapa, tú ya sabes como hacer que me suba por las paredes -dijo Amaia con tono burlesco.
– ¡Pues vas a tener que aprender a hacerlo por este muro! Mira…

Sonia cogió un poco de carrerilla y saltó primero sobre una de las cajas. De allí, con un segundo impulso, llegó al muro, sobre el que puso su pie y dio un par de pasos verticales sobre el muro. Lo suficiente como para llegar con sus manos al borde del mismo. Una vez allí no tuvo más que ayudarse de la fuerza de sus brazos para sentarse sobre él.

– ¿Has visto qué fácil? -dijo orgullosa desde ahí arriba.
– Sí, es lo más fácil del mundo andar por las paredes como Spiderman -dijo Amaia con los brazos en jarra.
– Es más fácil de lo que piensas. Sólo tienes que… -algo distrajo la atención de Sonia por un instante. Algo que le pareció haber visto por el rabillo del ojo.
– ¿Qué pasa?
– Nada, posiblemente no sea nada… -dijo Sonia volviendo su cabeza más para gudizar su oído que para mirar a Amaia.
– Venga, baja. Vamos a ver si puedo hacerlo sin estamparme contra la pared -dijo Amaia echándose hacia atrás para coger carrerilla.

Sonia se levantó dispuesta a bajar del muro y entonces escuchó algo extraño. Era un sonido mecánico, similar a la puerta de un coche. ¿Un coche en Extra-Machina? Miró hacia la parte exterior del muro y pudo ver un coche oscuro aparcado. Era uno de esos coches todoterreno mitad eléctricos mitad gasoil. De pie, al lado suyo, un hombre metía en el maletero un niño pequeño. Por un momento la sangre se le heló a Sonia. Su cuerpo de quedó ríjido y un nudo sordo se cerró en la boca de su estómago. ¡Marie!

El hombre cerró el capó del coche y entró en el asiento del conductor. No tenía tiempo que perder. Sonia comenzó a correr por el borde del muro hacia la parte donde estaba el coche. No sabía qué hacer, salvo correr. En unos segundos saltó sobre el techo de la nave que hacía de bar y lo atravesó en una docena de poderosas zancadas y de un gran salto bajó de nuevo al muro, esta vez en la parte del huerto. Con un fugaz vistazo pudo comprobar que Marie no estaba y que el coche comenzaba a alejarse en dirección al camino de bajada del monte al que daba la espalda Extra-Machina.

Sin pensarlo dos veces, Sonia saltó del muro. Por unos segundos, y ya en el aire, su estómago le dio un vuelco. Nunca había hecho un salto tan grande ni de tanto recorrido. Podría partirse algo, incluso abrirse la cabeza si no lo hacía bien. Como pudo, balanceó su cuerpo en el aire con rápidos giros de sus brazos y cuando estuvo a punto de tocar el suelo de tierra flexionó sus rodillas dejándose llevar por la inercia y haciendo que su cuerpo diese una voltereta en el suelo. Sintió como algunas piedras de grava se clavaban en su brazo y en su costado, pero sin detenerse por un momento siguió corriendo tras el coche que en esos momentos bajaba ya por una de las curvas perdiéndose entre los árboles.

Sonia no se dio por vencida. Sabía que el camino daba varias vueltas a la colina, y si bajaba por el bosque podría llegar a interceptarlo. De un modo casi animal, Sonia comenzó a bajar entre los árboles, a veces esquivándolos y a veces usándolos como apoyo para sus saltos, cada vez más largos y rápidos. La adrenalina hacía que fuese consciente de todo a su alrededor. Sabía en qué piedra iba a pisar, qué rama coger, dónde agacharse, incluso a varios metros antes de llegar allí. En pocos segundos llegó al primer cruce con la carretera, aunque sólo para ver que el coche al que perseguía había pasado ya unos instantes antes que ella. No podía perder más tiempo.

Con la expresión en la cara de un depredador que persigue a su presa, Sonia se dirigió de nuevo a la maleza, sorteando y aprovechando de nuevo el entorno a su antojo. En uno de esos saltos, instintivamente cogió una piedra. No tenía ningún plan, salvo intentar detener el vehículo. A unos metros se podía ver la carretera y el coche que se aproximaba. No lo podía creer, iba a perderlo por segunda vez. No lo podía permitir. Saltó sobre uno de los árboles para coger impulso y dio un segundo salto con el que salió disparada hacia la carretera. Pudo ver como el coche pasaba justo delante suyo, a toda velocidad, y de manera casi instintiva, como un cazador intentando abatir a su presa, le tiró la piedra que llevaba en la mano. Hizo blanco en una de las ventanas, que se rompió al instante dejando un rastro de cristales sobre la carretera y haciendo que el coche acelerara aún más.

Debía conseguir detener ese coche que llevaba a la pequeña Marie dentro. Con el crujido de los cristales bajo sus pies, Sonia continuó bajando con toda la velocidad y la fuerza que le permitían sus piernas y brazos. Comenzaba a sentir que los tobillos y rodillas podían fallar en cualquier momento. Su espalda le abrasaba del salto del muro sobre la grava, pero debía continuar. No tenía tiempo de coger otra piedra del suelo, y sabía que el coche no pararía si se ponía delante suyo. En un momento de lucidez, sacó su pantalla móvil del bolsillo y la agarró con fuerza en su mano derecha. Sólo tenía una oportunidad. Siguió bajando, saltando de roca en roca y de tronco en tronco. Ya podía ver la pista y parecía que esta vez tenía más ventaja que el coche, ya que en ese momento giraba para encara ese tramo de la carretera.

Sonia llegó a la carretera y rectificó su dirección para ponerse en paralelo al coche cuando éste pasase por delante de ella. Debía asegurarse de que conseguía meter el móvil por la ventana que había roto anteriormente. El todoterreno se aproximó a una gran velocidad y Sonia comenzó a correr paralela a la carretera, apoyándose de nuevo en cualquier soporte que le ayudase a ganar velocidad. En el momento en el que el coche estaba a punto de pasar a su lado, se lanzó sobre una roca y dio un salto totalmente en horizontal que la puso a la altura del coche por un instante. Lo justo como para asegurarse de meter su pantalla dentro de él. El aterrizaje fue doloroso, pero ya no le importaba. Había una forma de encontrar a Marie.

Como pudo, se levantó del suelo. Comprobó que no tenía nada roto y comenzó a subir con trote ligero el monte para avisar a la gente de Extra-Machina de lo que había sucedido. Le costó un buen rato llegar, y cuando lo hizo Amaia estaba en la puerta esperándola.

– ¿Qué te ha pasado? -preguntó alarmada cuando la vio llegar en ese estado.
– No te preocupes, estoy bien -dijo aún alterada y abrazándola-. Tengo que entrar, es urgente.

Sonia atravesó la puerta y el patio adentrándose hasta la nave del bar. Allí estaban dos chicos de pie con cara de asustados.

– ¿Dónde está J? -preguntó nada más entrar por la puerta.
– Está en el huerto con Irina. No sabemos lo que ha pasado, pero está muy alterada. Creo que es algo de unos ornitópteros…-contestó.

Sonia salió corriendo por la puerta que daba al huerto. Allí estaba Irina sentada en una silla con la cara desencajada y junto a ella J.

– Espero que Caffeine haya podido rastrear al menos la señal del coche en la que se la llevaron -dijo J levantándose.

Al girarse, vio a Sonia en la puerta con el pelo revuelto, la cara sudorosa y la ropa rota y manchada de tierra. Todavía respiraba agitadamente cuando con una sonrisa de satisfacción dijo:

– Dile a Caffeine que rastree mi pantalla móvil. Vamos a cazar a ese hijo de puta.

Sigue aquí la serie Extra-Machina

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Categorías:relatos
  1. JoseRdrgz
    23/12/2013 en 3:07 am

    esta muy bueno el relato! :0

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