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Extra-Machina: Carl

Carl

– ¿Qué tal en el nuevo trabajo, hijo? -preguntó Carl a través de la pantalla móvil.
– Bien, no me puedo quejar -respondió el joven-. ¿Tú cómo estás? ¿Va todo bien por allí? Espero que no te hayan mandado a China de nuevo.
– No hijo, no te preocupes. No puedo decirte dónde estoy, pero pronto volveré, y esta vez me quedaré unos meses por allí. Quizás podríamos ir algún día a ver un partido…
– Claro, papá, descuida.
– ¿Está tu madre por ahí?
– Sí, ahora te la paso. ¡Cuídate! -La cara de la pantalla desapareció y a los pocos segundos apareció la de una mujer de unos 40 años, con el pelo moreno, los labios finos y algunas arrugas que comenzaban a formarse alrededor de su ojos.
– Deb, ¿Cómo estás?
– Bien, Carl. ¿Y tú?
– Te echo mucho de menos Deb.
– Carl, ya hablamos de esto…
– Lo sé, Deb, lo sé. Pero quiero que lo nuestro funcione de verdad. Este va a ser mi último trabajo, te lo juro.
– Siempre decías lo mismo, desde que nació Sean todos han sido últimos trabajos. Ya no te creo. -El rostro de Deborah era firme, aunque la mirada, fija en la pantalla, parecía cansada.
– Esta vez es cierto. El trabajo en el que estoy metido es muy gordo, lo suficiente como para poder volver y montar mi propia empresa allí, contigo y con Sean. -Deborah cruzó los brazos y se mordió el labio superior intentando contener la lágrimas.
– Ya no me importa, Carl. No quiero volver a estar contigo, no quiero que vuelvas -dijo con la voz quebrada-. Cada vez que vienes me cuentas lo mismo, tu empresa, tus trabajos… y al final acabas yéndote a un sitio que no puedes decirme sin saber si…
– Cariño, mira… mírame -dijo Carl acercándose a la pantalla móvil-. No volverá a pasar, de verdad. Quiero estar contigo, quiero disfrutar de mi hijo…
– Tu hijo ya ha terminado la universidad, ahora trabaja y sólo viene los fines de semana -dijo secándose una lágrima de la mejilla.
– Deb, cariño. Por favor, no tomes decisiones precipitadas. Espera unos días a que llegue a casa y hablamos tranquilamente. -Deborah se terminó de limpiar la mejilla con un pedazo de tela que colgaba de la manga de la chaqueta que llevaba.
– No cambiará nada… -el rostro de Deb se desvaneció de la pantalla dejando de nuevo paso al interfaz de la misma.

Carl se dejó caer de nuevo sobre el asiento del coche. Deb tenía razón. Desde hacía más de veinte años había estado recorriendo el mundo trabajando para una empresa de seguridad, al principio protegiendo a empresarios y políticos en las zonas de conflicto, y después tras ganarse la confianza de los directivos de Kerberus, defender los intereses de aquellos a los que antes protegía. Empezaba a estar cansado de estar fuera del hogar. Antes necesitaba este trabajo. No podía aguantar más de dos meses encerrado en una misma ciudad, en una misma casa. Y más aún con un niño pequeño que no le dejaba leer el periódico, cocinar o realizar las prácticas de tiro tranquilamente.

El sol del medio día comenzaba a descender. Pronto debería ser la hora perfecta para llevar a cabo la misión. Durante varias semanas había estado estudiando a su objetivo. Conocía su rutina, sus costumbres. No había sido difícil, son gente sencilla. Durante años había hecho este tipo de misiones en las repúblicas de la antigua China. Cuando los trabajadores de una fábrica o una plantación comenzaban a rebelarse, él se encargaba de quitarles las ganas. No solía hacer daño a nadie, y menos a niños, pero era una jugada que nunca fallaba. Nadie es tan estúpido como para poner en peligro a sus hijos por un sindicato. Esa pandilla de vagos comunistas… Lo único que querían era trabajar poco y cobrar mucho, con seguros sociales, con pagas extra, beneficios de la empresa… Absorto en sus pensamientos, Carl encendió el coche y se dirigió hacia el camino que subía el pequeño monte. “Malditos vagos”, pensó mientras tomaba la primera curva.

La carretera ascendía atravesando un pequeño bosque y giraba unas cuantas veces. La mezcla de olores de la vegetación y el mar le hizo olvidarse por un momento de todas sus preocupaciones. Por un instante se olvidó de los 13 años que le quedaban de pagar de su hipoteca, de la deuda por la universidad de su hijo, de su mujer queriendo dejarle… Había trabajado muy duro para poder tener la vida que tenía. Su hijo tenía un trabajo gracias a la universidad a la que había ido, y gracias a su trabajo él y su mujer podían tener dos coches, una casa con jardín, y una pared de alta definición en la que disfrutar de los partidos de fútbol americano con sus vecinos y las series de televisión por las noches. No había sido fácil, pero se lo merecía. Tenía derecho a todo eso, y no quería menos.

El camino terminó a los pocos minutos en lo alto de un monte en el que se podía ver la silueta de una antigua fábrica. Por el momento decidió no acercarse más. Salió del coche y abrió el asiento trasero del que sacó una maleta de cubierta metálica bastante voluminosa. La abrió y de ella sacó un ornitóptero de cuatro hélices de unos 30 centímetros de diámetro. Este era de última generación, con control automático de posición, estabilidad, velocidad, altura, visión estereoscópica y sobre todo, muy silencioso. Además, este tenía la particularidad de ser totalmente transparente. Estaba hecho a base de polímeros plásticos y piezas electrónicas transparentes que hacían que en pleno vuelo fuese difícil de distinguir e identificar. En su parte de abajo tenía adherida una pistola de dosis inyectables convenientemente cargada, a modo de aguijón. Lo depositó en el suelo y tras recoger la maleta de nuevo se dirigió al asiento del conductor.

Carl extrajo de la guantera el chip de control del ornitóptero y lo pasó por el dorso de su mano. Al instante el aparato le identificó y se activaron las luces de comprobación en los extremos de los rotores. Cada uno de los cuatro rotores funcionaba independientemente, lo que le permitía, con la adecuada combinación de cada uno de ellos, hacer cualquier maniobra por imposible que pareciera con una precisión y estabilidad absolutas. Carl se puso las gafas semi-transparentes y comenzó a mover sus manos. Las gafas detectaban los movimientos de las mismas a través de los chips subcutáneos que llevaba implantados y mostraban una imagen de lo que el ornitóptero veía en tres dimensiones. Tras unos rápidos movimientos de configuración del instrumento, el aparato comenzó a elevarse en el aire suavemente y sin desprender el menos ruido.

Desde el interior del coche Carl lo veía todo como si estuviese allí mismo. Cuidadosamente se aproximó al muro que daba al patio de la antigua fábrica. Poco a poco ascendió hasta sobrepasarlo y pudo ver a Papa Oso caminando por el patio interior. Ese era el nombre que le había puesto al hombre que parecía ser el jefe de la comuna. Era grande y fuerte, y lucía una densa barba sin afeitar, propio de este tipo de gente. Cada vez que lo veía Carl no podía dejar de preguntarse qué es lo que lleva a un hombre se su edad a vivir como un mendigo en un edificio en ruinas. Podía esperar eso de un adolescente, de personas que habían perdido su trabajo, pero él parecía disfrutar de este estilo de vida. No podía dejar de sentir la ironía de que él estaba allí para poder pagar su casa y su futuro negocio y ese hombre ni pagaba hipoteca ni alquiler por ese lugar, donde vivía y mantenía un “negocio”. ¿De quién sería la fábrica? ¿Por qué razón dejaría ese alguien vivir allí a esa pandilla de hippies tanto tiempo a cambio de nada? De repente Papa Oso se giró y Carl descendió el ornitóptero con un rápido movimiento de sus manos. No quería levantar sospechas, así que decidió dar la vuelta a la parte trasera del muro y volver a observar la situación desde allí.

El ornitóptero ascendió por la nave central de la fábrica y planeó suavemente sobre las placas de metal ondulado que cubrían el tejado a dos aguas de la nave. Cuando hubo llegado a la mitad se volvió a asomar y vio a Papa Oso en el centro del patio mirando al muro fijamente. ¿Podría ser posible que le hubiese visto? No parecía probable. Quizás estaba sólo paranoico, ya se sabe como es esta gente… Con Papa Oso distraído en el patio interior podía tener más libertad para estudiar los movimientos en la parte trasera, así que giró y se dirigió al patio trasero, donde habían formado un huerto.

De nuevo, siguiendo la línea del muro exterior, el aparato escudriñó palmo a palmo el terreno. A través de las propias gafas podía escuchar el sonido que captaba el ornitóptero, utilidad que le había servido en muchas ocasiones anteriores.

– Ven aquí, Marie. No hace falta que le preguntes a Caffeine. Yo puedo decirte que sí. -La voz se percibía fuerte y clara, y parecía provenir de un pequeño porche que daba al huerto. Carl realizó una serie de hábiles giros con los que consiguió poner al ornitóptero en la posición correcta para ver la escena.
– Entonces, si hago los deberes, ¿aprenderé a arreglar robots? -La pequeña parecía que iba a terminar pronto sus deberes, y podría ser esta su gran oportunidad. Sabía que había un periodo de tiempo en el que su madre se iba a trabajar dentro de la nave en el que la niña se quedaba sola en el patio trasero, y Carl iba a aprovecharlo.
– Pues claro, cariño.
– ¡Vale! ¡Haré esta multiplicación y luego me iré a aprender cómo reparar robots! -Carl veía con total nitidez la escena. Se sentía extraño al no poder recordar ninguna ocasión en la que él y Sean hubiesen hecho las tareas del colegio juntos. Posiblemente sería mejor así. La educación había que dejarla en manos de los profesores, por algo eran profesionales y podían hacerlo mucho mejor que nosotros.

Al cabo de unos minutos la madre se levantó y la niña se fue corriendo a la parte trasera, más allá del pequeño huerto. La madre se quedó unos instantes mirándola, con una expresión de preocupación en la cara. Por fin, se dio la vuelta y entró en la nave central. Era el momento que Carl estaba esperando. El ornitóptero voló siguiendo de nuevo el muro hacia la parte más alejada del huerto, donde estaba jugando la pequeña. A su alrededor había un montón de chatarra, sucia, probablemente oxidada. ¿Qué clase de madre dejaría a su hija jugar en un lugar así? ¿Cuántas enfermedades y ratas habría? La niña no paraba de moverse de un lado a otro, cogiendo cosas del suelo, agachándose una y otra vez… Necesitaba que se sentase por un momento para no errar en la maniobra. Sabía que sólo tenía una oportunidad.

La pequeña entonces salió corriendo hacia la otra parte del patio. Allí, abrió una pequeña cabaña de chapa de metal. Podría ser un buen lugar también para inmovilizarla. El ornitóptero se puso en posición, encarando la puerta del trastero mientras la niña miraba en cuclillas las herramientas del suelo. Entonces, un ruido alertó a Carl. Era la puerta de la nave que daba al huerto. Con la rapidez de un rayo, movió los dedos y las manos describiendo un círculo en el aire hacia sí mismo, haciendo que el ornitóptero describiese una trayectoria hacia atrás girando sobre sí mismo y ocultándose de nuevo tras el muro exterior a una velocidad superior a la de cualquier pájaro. Una vez repuesto del susto, Carl ascendió para poder ver qué había pasado. En la cabaña había ahora un joven con la pequeña. Había tenido mucha suerte, ya que de haber sido descubierto, la operación podría haber sido abortada y él haber perdido el trabajo que le garantizaba su jubilación de la línea de fuego.

El joven y la pequeña salieron de la cabaña y entraron en la nave central. Parecía que hoy no iba a tener suerte de nuevo. Aun así, no se daba por vencido. Ascendió lo suficiente como para poder ver a través de los cristales de la nave. Había un grupo de gente en una mesa discutiendo y la madre parecía ocupada limpiando en el interior. La niña salía de nuevo al exterior, esta vez hacia el patio delantero. Allí iba a ser demasiado arriesgado intentar nada, y más aún con Papa Oso rondando con la mosca detrás de la oreja. Aún así ascendió por encima del tejado para poder tener controlada a la pequeña.

En el patio interior había una chica con la que su objetivo comenzó a hablar. Parecía que iba a estar un rato allí, así que hizo aterrizar el ornitóptero en el tejado. Durante un rato estuvieron moviendo cajas de un lado a otro y luego se pusieron a bailar. A los ojos de Carl parecían más monos saltando y girando que personas, aunque en el fondo le fascinó la habilidad que mostraba la pequeña. Pronto acabaría el tiempo para realizar la operación de forma segura y Carl estaba a punto de tirar la toalla un día más cuando entró una chica al patio. Ambas chicas hablaron durante un momento y la niña se volvió de nuevo hacia interior de la nave central. Mientras la pequeña cruzaba el patio pudo observar como las dos chicas se fundían en un largo y pasional beso. Carl no sabía que pensar, por un lado le excitaba ver a las dos chicas besándose de esa manera, pero por otra parte, ¿qué otra cosa podía esperar de la gente que iba a ese sitio? Seguramente ambas eran de esas que se acostaban con cualquiera, sin importar ni siquiera el sexo.

Tras un momento de confusión interna, volvió a poner en vuelo el ornitóptero y paso a mirar a través de los cristales de la nave central. No pudo ver a la pequeña. ¿Habría salido de nuevo al huerto? Con un rápido movimiento de sus dedos dirigió de nuevo el aparato a la parte posterior. Allí estaba, sentada tranquilamente al lado del muro, en la parte más alejada. ¿Tendría tiempo suficiente? Parecía que sí. Se le estaba agotando la paciencia con esta misión, así que decidió actuar.

El ornitóptero se aproximó con sigilo a la pequeña por detrás, casi rozando el suelo y sin levantar ningún tipo de sospecha. Era difícil de ver si se quedaba quieto en el aire y no producía ningún ruido. Cuando estuvo a unos metros de su objetivo y tuvo la seguridad de no errar el ataque, un certero embiste dirigido desde el coche al otro lado del muro acertó en la nuca de la niña inoculándole una dosis de sedante suficiente como para dejarla dormida en segundos. Ya estaba hecho. Con una orden automática, el ornitóptero volvió rápidamente al coche entrando por la ventana y el coche arrancó, aproximándose sigilosamente hasta el muro.

Una vez que hubo puesto el coche pegado al muro, salió de él y sacó del maletero una escalera extensible, se subió al techo del todoterreno y la puso al otro lado de la tapia. Su corazón latía fuertemente. Estaba acostumbrado a este tipo de operaciones, pero cada rapto era diferente. Cada hijo, campesino, novia o amante era diferente. Sabía que la madre no tardaría en aparecer, así que saltó el muro y cogió a la pequeña poniéndola sobre su hombro. Subió sin dificultad de nuevo el muro apoyándose en la escalera que, una vez arriba, derribó para no desatar la alarma inmediatamente. Una vez ya al otro lado del muro con la niña, arrojó por encima del muro el comunicador que le había dado el cliente y la metió con cuidado en el maletero. El trabajo estaba hecho. Ahora sólo había que esconderse y esperar.

Con un gran alivio entró de nuevo en el coche y comenzó a bajar la carretera que atravesaba el bosque de camino a Barcelona. Había tenido suerte, nadie le había visto. Estaba ya atardeciendo, por lo que cualquier acción de búsqueda de la pequeña se llevaría ya por la mañana, tiempo más que suficiente para llegar a su escondite. Cogió su pantalla móvil y llamó a su superior.
– Carl, ¿Cómo va el encargo? -se escuchó desde la pantalla.
– Acabo de recoger el paquete, James. Todo correcto.
– Perfecto. ¿Has tenido alguna dificultad?
– Ninguna. Ha sido un trabajo fácil, nada que ver con lo de Venezuela.
– Me alegro de que todo haya salido bien. Llámame cuando llegues al destino.
– Correcto. Hablamos luego.

Estaba apagando la pantalla móvil cuando un sonido estridente le sorprendió detrás suyo. Su reacción natural fue acelerar el coche al máximo e intentar salir de allí lo más rápido posible tomando la curva casi derrapando. Por el retrovisor pudo ver que una de las ventanas estaba rota. ¿Le estaban atacando? ¿O acaso se debía a una piedra que había saltado de la pista de tierra por la que bajaba? Era imposible que alguien le haya seguido hasta aquí, ni siquiera en una de esas bicicletas que tenían en la comuna. Por el retrovisor tampoco pudo ver a nadie siguiéndole. ¿Le estarían disparando? Eso también era imposible, ya que no podía verse la fábrica abandonada desde allí y había rastreado el lugar días antes en busca de puesto de vigilancia y francotiradores.

Debía ser una piedra. Una maldita y extraña casualidad de esas que se dan en años y que ocurre cuando menos te lo esperas. Siguió bajando por el camino sin disminuir la velocidad escuchando como la piedra que había entrado en el coche seguía moviéndose dentro de él y golpeando la maleta metálica del ornitóptero.

A los pocos minutos llegó al pie de la montaña y el camino de tierra terminó, uniéndose a una pequeña carretera que enlazaba a los pocos kilómetros con la carretera de circunvalación de la metrópolis de Barcelona. Pronto llegaría al punto seguro y entonces la rutina de siempre. Estaba cansado de hacer siempre lo mismo, pero incluso en ese momento pensó que lo llegaría a echar de menos tras este último trabajo, cuando estuviese trabajando en su propia empresa en Ohio, pasando las noches con Deb y viajando los fines de semana con Sean a pescar o a ver los partidos de fútbol.

Sigue aquí la serie Extra-Machina

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  1. 27/11/2011 en 1:00 pm

    Hola, me has enganchado y he disfrutado. Gracias.
    A veces escribo también. Por eso no me me quiero quedar sólo en lo del reconocimiento y la gratitud.
    Me gusta mucho cómo gestionas el tiempo y los narradores. Haces lo mismo que las cámaras en árco filmando simultáneas, cada una desde un ángulo y posición distintos. Perdona por el símil tan tosco. Al final consigues un efecto Matrix que comunica matices imposibles en una sola toma. Imposibles con un sólo narrador, a menos que enlentezcas el relato tanto con descripciones y reflexiones del narador único, que se haría infumable. El peso lo ahogaría para un lector medio.
    La experiencia que tenemos de la realidad, o la imagen de ella a falta de experiencia, se enriquece con cada barrido que das. Qué pena que la mayoría de los seres humanos nos cerremos tanto a re-ver o enriquecer lo que creemos haber vivido a través de los ojos de otro. Fijate que tuve que forzar el castellano para poder transmitir lo que quiero decir. Si el lenguaje no alcanza, es que no hay costumbre en ese tema, o se ha perdido. Bueno, esto es una disgresión del tema.
    Me gustó también la economía de medios con la que esbozas los personajes. Sé como son por lo que les veo hacer o decir. Igual pasa con la arquitectura del escenario donde sucede todo.
    Pero hasta aquí sobre la técnica y la forma. Otra cosa que me gusta es el fondo, el mensaje. La historia comunica muy bien lo que las grandes corporaciones están haciendo. Alerta de lo que puede suceder, si no lo hizo ya. Propone también un actitud o camino personal frente a ello.
    Tanto bueno junto me hace pensar que no eres un calquiera. No necesitas loas ni confirmar el camino recorrido.
    En fin, tio. No me dejes así 🙂 Te encontré de casualidad. Pero no me importaría convertir en costumbre el leer más de esta historia, de otras, o de ti. Más no te puedo decir.
    Saludo

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